latecleadera

martes, 9 de octubre de 2018

Día dieciséis. Buda, Cristo, María y un dinosaurio.




Él es buda,  todos los budas de esa época eran  gordos y de color negro,  no representaban ningún tipo de idea religiosa ni mucho menos una filosofía, solo eran amuletos de la buena suerte;  generalmente se les pegaba una moneda de cualquier denominación en su base y se colocaban en algún rincón de la casa.  Este en particular tenía una moneda de 25 centavos (que ya no está) y su lugar era una pequeña barra de madera que quedaba detrás de la nevera.  Era una figura intrigante -a pesar de ser una porcelana barata de malos acabados-  el hecho de estar oculta, con cierto significado mágico la convertía en un objeto misteriosamente interesante.

El cristo crucificado llegó a la casa hace muchos años, tantos que no me acuerdo, creo que fue un regalo de uno de los muchos curas que pasaron por el pueblo.  Me imagino que fue bendecido, pero no entronizado  porque nunca me dejaron jugar con él.  Hubiese sido un buen juguete:   con su cuerpo delgado,  su cabeza grande y su rostro de muerto resignado habría  servido de mil maravillas para algún personaje malévolo.  Pero no,  su puesto estaba encima de la cómoda de la habitación principal, al lado de los frascos de perfume y los regalos lujosos y minúsculos.  Por años acumuló polvo hasta que la cómoda se deshizo producto de la carcoma  y terminó en la mesa de madera incorruptible de mi habitación,  para luego pasar a otra habitación, a un nochero que a pesar del gorgojo se niega a desaparecer,  allí esta, paciente, con su cruz de  madera frágil, tan frágil que parece que se deshace con solo tocarla.  Hace unas semanas mi hijo menor lo tomó y como buen niño quiso  jugar con él, probablemente estrellándolo con algún carro;  como era de suponerse  yo le dije que eso no era un juguete y que lo dejara en su sitio.  Por la expresión de preocupación resuelta del rostro del mesías judío, creo que me agradeció esto.



El fósil pequeño lo obtuve de Marlio en épocas de la escuela posiblemente producto de algún trueque.  Marlio tenía la ventaja de tener en su casa montones de cosas raras que ni por las nubes encontraría en la mía, y entre esas figuraban los fósiles.  Recuerdo que eran tres, uno se perdió, debe estar en la casa, enterrado en algún sitio esperando otros tantos millones de años para que algún niño curioso lo descubra y practique técnicas incipientes de comercio con él.   Como dato curioso el tercer fósil que tuve  era el fósil más espectacular de todos los tiempos, tan espectacular que no he visto uno semejante en toda mi vida; lo encontramos con mis amigos de escuela cuando andábamos por las calles revueltas y en proceso de pavimentación del pueblo, escarbando en los arrumes de piedras que había por todos lados y que servían  como material que le agregaban al cemento.  Cómo terminó siendo mío no lo recuerdo, posiblemente mis amiguetes pasaron por alto la importancia de aquella piedra que cabía en la palma de mi mano, de color negro y de consistencia mucho más dura que las piedra corrientes, en la cual,  sobre uno de sus lados tenía la figura de un puerco espín; con su cabeza, su dorso lleno de púas, su cola larga y dos patas...  asombroso, como si hubiese sido tallado no por indígenas o cavernícolas sino por extraterrestres.   Sobrevivió a mi infancia, sobrevivió a mi adolescencia y aun en épocas de universidad recuerdo haberlo visto como soporte de algún tallo torcido de un geranio, luego desapareció.  Cada vez que levanto alguna piedra, cambio  la tierra de alguna matera o revuelco algún basural de mi casa, guardo la esperanza de encontrar aquella fabulosa piedrita.

El fósil de mayor tamaño no era mío, era de mis tíos, los cuales no sabían qué era un fósil.  Ellos decían que era “una piedra de la virgen”  según me contaron,  en uno de sus viajes fuera del pueblo, (que hacían con frecuencia cuando estaban jóvenes)  habían visitado un lugar donde según decía la gente, se le aparecía la virgen María a una niña -en este preciso momento se me escapa el nombre del lugar, pero creo que quedaba en el cauca.-   Y la parte de la montaña (porque era una zona rocosa) donde la madre de Dios posaba su etérea humanidad y de vez en cuando caminaba, estaba formada por ese tipo de roca (que ellos tenían guardada en una barra de madera cerca al buda negro.)  No la habían recogido, la habían comprado, pues los fieles devotos que acompañaban y protegían  a la niña vidente, a todos los peregrinos  les permitían llevar un trozo de reliquia del lugar a un muy justo precio.  

Cuando la tuve en mis manos, mis tíos ya dudaban del poder milagroso de la piedra y empezaban a creer que habían sido estafados;   cuando ya estuve más grandecito, les expliqué que eso no era una piedra corriente, aunque tampoco milagrosa,  era la vértebra de un animal prehistórico,  ellos asintieron sin entender muy bien a que me refería con eso de los dinosaurios, me imagino que pensaron que era una de las muchas cosas locas que yo decía.  Igual,  después de décadas estaban completamente seguros que habían sido estafados.



La figurita de la virgen y el niño venía en un velón que nunca se encendió pues era el  regalo de una odontóloga muy allegada a la casa,  como era tan delicado, terminó en una mesita de centro, que terminó arrumada en mi habitación y que servía como receptáculo de hojas y hojas con dios sabría qué cosas  escritas o dibujadas por mí  en los buenos años.  El velón sigue ahí, en la mesita, pero ya sin papeles encima.

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