latecleadera

miércoles, 23 de junio de 2021

La llorona

 


Al caer la noche, cuando las criaturas del bosque duermen y los campesinos descansan en sus camas luego de un arduo día de  labores;  sobre el murmullo que se levanta de las corrientes de los ríos puede escucharse el lamento largo y triste de una mujer,  un cantico lánguido y tenebroso, un grito que hiela la sangre y se disipa en las ramas de los árboles.

Es la llorona,  un espectro que durante siglos ha recorrido las orillas de los ríos y lagunas buscando desesperadamente un preciado tesoro.

Cuenta la leyenda, que hace muchos años una joven y bella mujer, buscando esconder el fruto de un romance prohibido, se perdió en la espesura del bosque en una noche de tormenta.  Corriendo desenfrenadamente entre arbustos con su pequeño hijo  que pocas horas antes había nacido, presa del miedo o de la locura, creyendo que con escapar resolvería todos sus problemas, recorrió la orilla de un caudaloso rio que con sus aguas embravecidas  y en un instante de descuido de la desesperada mujer, arrebató de sus brazos al bebe.  Ella al ver la creatura desaparecer en lo profundo de las aguas se lanzó en su búsqueda,  nunca más volviendo a salir a la superficie.  Poco tiempo después, los campesinos de la zona decían ver un espectro con forma de mujer flotando por las orillas de los ríos y lagunas,   llevando en sus brazos un atado y llorando desesperadamente mientras buscaba con ansias algo entre las rocas. 

Quienes la tuvieron frente a frente, dicen que solo era un esqueleto cubierto con ropas desgarradas,  en cuyo regazo llevaba un hermoso bebe, al cual solo le faltaba la punta de uno de sus deditos…  ese es el tesoro que tanto anhela este ser;  el ultimo huesito de su desaparecido hijo que le permitía enmendar su gran error en este mundo y viajar en paz al más allá.


La muelona

 


Cuenta la leyenda que hace muchos años, tantos que nuestros bisabuelos aun eran niños,  una hermosa mujer que había llegado de España buscando mejor   suerte en estas tierras,  montó su negocio en una concurrida población de la región.  Pero su actividad era algo particular;   se dedicaba a leer las líneas de las manos, a vaticinar el futuro con las cartas y a otra suerte de artes prohibidas que poco a poco fueron llenando sus bolsillos de dinero,  no contenta con esto,  su lujosa casa se convirtió en un sitio de parranda y desorden  donde muchos jóvenes perdían su inocencia y donde muchos señores olvidaban  los votos de fidelidad que habían hecho  el día de su matrimonio.

Una noche de invierno, cuando  ya los años de hermosa juventud se le estaban terminando, el señor don diablo llegó a su negocio y al parecer hizo  un trato con la mujer,  pero las cosas no se dieron como ella suponía, posiblemente trató de engañar al señor del mal como lo hacía con sus frecuentes clientes, y este, siendo el maestro del engaño no comió cuento y la castigó por su insolencia.  Una rara enfermedad apareció en su piel, y a los pocos días la llevó a la muerte.

A su funeral nadie pudo asistir, pues de su cuerpo se desprendió un olor insoportable y contaban algunos chismosos que se asomaban por las ventanas que de su boca salían infinidad de murciélagos. 

El cuerpo desapareció, la casa se derrumbó y ella se transformó en un espectro;  una mujer de hermoso cuerpo  que tras un velo ocultaba un horrible rostro,   cuya mayor característica era una boca llena de innumerables colmillos con los cuales podía devorar a hombres pendencieros e infieles y mujeres  desordenadas y vulgares que tuviesen la mala suerte de encontrarla  en los solitarios caminos entre poblados de la región en las horas   previas a la media noche.

 


El mandingas (en su acepción como diablo, no como etnia y mucho menos como actor porno)

 


El mandingas

Dicen que el príncipe del mal, aburrido de estar todo el día sentado en su trono,  por allá en los confines del infierno,  decidió un viernes por la noche abandonar su puesto de trabajo y recorrer el mundo de los vivos para disfrutar de los placeres prohibidos, esos mismos que tantos clientes le llevan a sus dominios.

Frente a un espejo mágico como los que salen en los cuentos de hadas,  se limó sus cuernos hasta hacerlos casi imperceptibles,  se cortó sus largas uñas,  se afeitó la barba rala que cubría su prominente quijada y con mucho cuidado recogió su delicada cola de tal manera que le quedara oculta en un pantalón.

Se vistió con sus mejores galas, y aprovechando el tener todas las riquezas mundanas posibles,  emprendió su faena de parranda y jolgorio a lo largo y ancho de toda la región.  

Eso fue hace muchos años,   pero según parece, el hecho de salir de parranda le gustó tanto al señor de averno,  que desde entonces no desaprovecha ocasión para subir a la tierra y hacer de las suyas en las fiestas tan frecuentes durante todo el año en el país.

Por eso las abuelas lo  recuerdan recorriendo los caminos de herradura montado sobre una briosa mula,  fumando un largo tabaco, con sombrero alón gigante y ropa de paño,   visitando los pueblos en las fiestas reales,   gastando dinero a borbotones y engatusando a los más desprevenidos.   Por eso también nuestros padres lo recuerdan cuando dicen haber escuchado de él, apareciendo en la mitad de la noche en las discotecas de moda, elegantemente vestido, apuesto, seductor y solitario, enamorando alguna desprevenida jovencita, que luego de no escuchar la recomendación que él mismo diera,   viera sus pies no como los de cualquier mortal, sino como dos negras y pulcras pezuñas con las cuales bailaba como un trompito de madera.

Hoy en día casi no se sabe de él.  Dicen los entendidos en el tema que evita las multitudes por aquello de los celulares y las  redes sociales,  a pesar de ser el señor mandingas le queda muy mal eso de aparecer como una nota o imagen viral que lo convierta en un meme.   Al parecer  su última pasión son las apuestas,   por lo que se le ve en compañía de tahúres de dudosa reputación;  ellos apostando su alma por algunas monedas de oro, que con un malévola sonrisa el señor del mal les deja ver con la promesa de riquezas a cambio de su obediencia en el más allá.


El tunjo de oro



 ¿Te imaginas ir cabalgando por   el bosque en una noche de verano y escuchar el llanto de un niño al lado del camino? ¿Qué harías? Lo correcto sería averiguar qué es lo que pasa y brindar ayuda.  Puede que  hayas encontrado a un bebe abandonado,  y puede que tú seas el ángel guardián que le salve la vida.

Pero ¿qué pasaría si  al levantar con cuidado aquel bebe desnudo, este, con una sonrisa te dijera “mira, ya tengo dientes”, para luego brotar una llamarada de su boca?

Esto es lo que cuentan algunos abuelos que ocurría al encontrarse el tunjo de oro.

¿Y qué es el tunjo de oro?

Antes que llegaran los españoles,  los indígenas adoraban  muchos dioses,  al parecer uno de ellos era representado como una pequeña estatua de oro,  tal vez era un dios del bosque, o un dios de los juegos infantiles o un dios de la buena suerte,  pero una vez llegaron los conquistadores, en uno de los muchos saqueos que realizaron, mientras llevaban los tesoros robados en los lomos de sus caballos,  el pequeño ídolo cayo de una de las alforjas  quedando  perdido en la espesura del bosque,   en ese momento se convirtió en espectro y desde entonces   habita  los cruces de caminos o las orillas de los senderos,  en ocasiones se convierte   en un niño de carne y hueso, a la espera de un caminante que  cuide de él,  porque curiosamente es de los espantos que aunque asusta no causa daño, sino todo lo contrario, trae riquezas a quien lo tome.  Aunque claro, no todos se lo llevan,   muchas personas  presas del pánico salen corriendo despavoridas, y más aún cuando ven que el niño al perseguirlos se les monta en las ancas de su caballo o sobre sus hombros,   solo quienes conocen  el truco, toman el niño en sus brazos y antes que diga cualquier palabra y desencadene el hechizo, le hacen con saliva la señal de la cruz en la frente  y justo en ese momento se convierte en estatuilla de oro;  pero esta no se vende como cualquier guaca, se lleva a casa y allí se deja en una cajita cómoda y segura, donde a diario se le debe dar comida, (unos  granitos de cereal que crecen en las montañas de los andes),   en retribución  la figurita todos los días dará un pequeño bollito de oro.  Lo único que exige es que todos los días se le dé de comer, se le consienta y se le limpie su cajita, porque de no hacerlo, invocará lluvias y tormentas que inundaran el hogar donde se encuentra para liberarlo y llevarlo nuevamente a  los senderos a la espera de un nuevo afortunado.