Soy aquello que queda del recuerdo de José Eustasio Rivera. Soy el símbolo de la tierra ardiente y la insignia de la gente que habla y canta; pero también soy la retórica vacía de mis verdugos, la estrofa que resuena en las paredes de la escuela y se pierde en el aire que hablan los pupilos indiferentes a su tradición.
Me marcho, a lo lejos veo su cauce, su dichosa furia líquida.
Capítulo
II
Es el grávido río más turbio y pesaroso, sin espuma ni águila, con un sol liviano en su audaz oleaje. No hay bogas pero un mohán indiscreto me lleva a lo largo y ancho de la noche, la luna asoma por la cordillera y las luciérnagas escasas entonan luminosos bambucos.
Los guaduales susurran secretos que pálidas garzas arrastran en sus alas,
El viejo indio descansa sus huesos en la tierra. Y el veneno que otrora destilaba la flecha ahora se levanta energúmeno en paredes de piedra.
Solo el felino de la
selva sagrada, en su ancestral sabiduría ha negado al río para vivir como
mortal fantasma en las montañas coronadas de nubes tormentosas.
Nuevamente el sol está en el cenit. El bochorno sofoca y mis viejos perros entre extrañas piruetas esperan mi llegada luego de percibir el aroma de los lirios, una fugaz mariposa por el monte revuela, pasa, sin menor sombra que sus alas de seda.
Capítulo
III
El río me ha abandonado, la montaña, se aproxima a mí.
Estoy en la tierra que
llena mi seña, piedras escritas con figuras ruedan a mis pies,
conjuros del remoto pasado que sigilosos guardan el sueño del gigante coronado
de nieve y fuego.
Ahora soy viento y
águila, los zorros se esconden en las cuevas y en la soledad del frío de la
cima colosal, levanto mi vista y las
estrellas siguen guardando su dominio, a
lo lejos, el gigante nido de luciérnagas titilantes y móviles destella, rodeado
de pequeñas nebulosas en un entramado de telarañas. No quiero descender. Este es mi sitio y mi
hogar.
Capítulo
IV
La Pampa vacía de potros
está.
Más allá del pantano, por
sobre los arreboles de verano, embriagada por los diálogos de las ranas y
siguiendo las pisadas del minotauro que muge a su manada, yace la selva de hombres torvos bajo la
sombra del caucho.
No quiero más muerte, no
quiero sollozos ni lamentos, solo deseo
escuchar de esa boca sonriente y calentana los bambucos viejos que retumba en
las paredes de la casa vetusta de carcomidas vigas.
“Me borrara la noche mañana
otro celaje;
¿Y quién Cuando yo muera consolará
el paisaje?










