latecleadera

jueves, 30 de julio de 2026

CÁTEDRA RIVERIANA

 

Capítulo  I

Soy aquello que queda del recuerdo de José Eustasio Rivera.  Soy el símbolo de la tierra ardiente y la insignia de la gente que habla y canta; pero también soy la retórica vacía de mis verdugos, la estrofa que resuena en las paredes de la escuela y se pierde en el aire que hablan los pupilos indiferentes a su tradición.

 Soy José Eustasio Rivera y hoy estoy aquí, nuevamente, frente a la criatura que yace en el valle triste levantando destellos bajo el sol de verano, dejando escapar un bullicio de proto metrópoli en ebullición.

 Estoy cansado, el peso del nombre sin  historia agota, la arrogancia erudita que se enquista en los anaqueles fatiga.

Harto me siento de ser motivo en discurso sin tener causa plena,  prefiero el silencio sincero al griterío declamativo de aquel que lleva su vacío en la sombra de mi ser.

 Me marcho,  a lo lejos veo su cauce,  su dichosa furia líquida.

 

Capítulo II

 Es el grávido río más turbio y  pesaroso, sin espuma ni águila, con un sol liviano en su audaz oleaje. No hay bogas pero un mohán indiscreto me lleva a lo largo y ancho de la noche, la luna asoma por la cordillera y las luciérnagas escasas entonan luminosos bambucos.

 Los guaduales susurran secretos que pálidas garzas arrastran en sus alas,

¿Dónde están los patos que nutren la pétrea piel del Caimán? ¿Qué alas agitan  el aire que se arremolina en las orillas?

 El viejo indio descansa sus huesos en la tierra. Y el veneno que otrora destilaba la flecha ahora se levanta energúmeno en paredes de piedra.

¿Qué será de ti mujer de pechos turgentes? ahora que tu hombre solo es tierra del camino.

Solo el felino de la selva sagrada, en su ancestral sabiduría ha negado al río para vivir como mortal fantasma en las montañas coronadas de nubes tormentosas.

En mi diáspora fluvial  un hombre curtido de sol, desde la orilla me ofrece un pez tornasol. Lo tomo y quiero pagar precio justo por él; no hay dinero, los muertos lo dejan todo con el barquero. El hombre me mira y su espanto reflejado en mi cara hace las veces de justo pago ante los dioses del río.

 Nuevamente el sol está en el cenit.  El bochorno sofoca y mis viejos perros entre extrañas piruetas esperan mi llegada luego de percibir el aroma de los lirios, una fugaz mariposa por el monte revuela, pasa, sin menor sombra que sus alas de seda. 

Capítulo III

El río me ha abandonado, la montaña, se aproxima a mí.

Estoy en la tierra que llena mi seña,   piedras escritas con figuras ruedan a mis pies, conjuros del remoto pasado que sigilosos guardan el sueño del gigante coronado de nieve y fuego.

Ahora soy viento y águila, los zorros se esconden en las cuevas y en la soledad del frío de la cima colosal,  levanto mi vista y las estrellas siguen guardando su dominio,  a lo lejos, el gigante nido de luciérnagas titilantes y móviles destella, rodeado de pequeñas nebulosas en un entramado de telarañas.  No quiero descender. Este es mi sitio y mi hogar.

 

Capítulo IV

 

La Pampa vacía de potros está.

Más allá del pantano, por sobre los arreboles de verano, embriagada por los diálogos de las ranas y siguiendo las pisadas del minotauro que muge a su manada,  yace la selva de hombres torvos bajo la sombra del caucho.

No quiero más muerte, no quiero sollozos ni lamentos,  solo deseo escuchar de esa boca sonriente y calentana los bambucos viejos que retumba en las paredes de la casa vetusta de carcomidas vigas.

  Como diría un poeta:

“Me borrara la noche mañana otro celaje;

¿Y quién Cuando yo muera consolará el paisaje?

 Ejercicio pedagógico sobre la mitológica y esquiva cátedra Riveriana.