latecleadera

domingo, 15 de marzo de 2015

El demonio sobre el tejado, mi diablo personal



Hace unas  noches  soñé con el diablo.  Me encontraba en la casa vieja del pueblo, en escenarios completamente oníricos, entre planicies inmensas y bosques merodeadores bañados  por la luz de la luna llena parcialmente cubierta de nubes; una luz de medianoche, una luz de perros en silencio y grillos indiscretos, en un lapso de tiempo que bien podrían ser las horas previas  al eterno preámbulo del amanecer, cuando las estrellas preparan su incipiente agonía y el tremor de los rayos solares aun ajenos pero si inminentes anuncian su llegada. 

Por terroríficas y mundanas razones que no van al caso, mi yo imaginario había decidido subir al techo de la casa, buscando con rabia aquello que de forma  silente  acechaba mi familia durmiente y no daba tranquilidad a su descanso.  De pie sobre las viejas láminas de zinc lo vi.  En un principio como algo difuso, enmascarado en el fondo silvestre que se extendía tras él.  Mis ojos algo encandilados por la luz cetrina que desprendía el astro de la noche,  solo lograron distinguir su forma cuando los nubarrones pasajeros descubrieron la cara de Selene y su brillo de misterio cayó sobre nosotros.  Era un figura alta, desgarbada, encorvada, piernas flacas con extrañas incongruencias anatómicas, brazos que llegaban hasta sus rodillas y de los cuales unas manos estilizadas y con garras se aferraban al aire, una cola serpenteante bailaba al compás de las melodías de los grillos y una sombra sobre su espalda -bien podrían ser sus alas o una capa cubriendo su desnudo cuerpo-  se movía al antojo de la brisa nocturna.  Su cuerpo no era de color negro, era oscuro,  y al notar mi presencia giró su cornuda cabeza  hacia mí.  No existía una cara, solo había un agujero de tinieblas delimitado en una fileña silueta, dos brasas ardientes hacían las veces de ojos  y desde ellos me lanzó una mirada mezcla de odio, sorpresa y finalmente indiferencia.  Fue una situación semejante a cuando se  sorprende un gato en el tejado y este planta su mirada ante la nuestra instantes previos a escapar.  De igual forma, este ser, el señor del mal, tal vez buscando un instante de silencio, un momento de soledad o simplemente molesto por la presencia de un simple mortal, decidió desvanecer  su presencia en los sonidos, aromas y visiones que la noche carga y raudo como un ventarrón se abalanzó sobre los techos de las casas vecinas para perderse finalmente en los bosques lejanos.  Yo me quede allí, perplejo,  había visto al mismísimo diablo y vivía para contarlo.   Luego desperté.


 
Muchos podrían considerar esto una pesadilla, yo no, para mi había sido un sueño raro.  ¿Quién era ese ser? – Obvio, el diablo- me respondí.  Pero ¿Quién es el diablo?
Tratar de dar una personalidad específica a este personaje es una empresa  difícil y casi que imposible;  odiado por unos, amado por otros, temido por muchos e ignorado por otros tantos, sobre el  recayó todo aquello que la humanidad desechó, todo aquello de lo que se siente avergonzada;  fue la segunda pesa en la balanza del universo dual de los hombres y la excusa perfecta para justificar todas sus irracionalidades.

Pretender explicarlo inevitablemente llevara a derroteros metafísicos, cabalísticos, esotéricos, psicológicos y hasta sociales, y sobre temas tan espinosos que divaguen los que saben, yo me limitare a buscar el rastro de mi diablo personal, el diablo del tejado.


Al parecer nuestro anoréxico amigo tuvo sus inicios en la región  mesopotámica, por allá en los años 7000 a.c, cuando su figura se diluía entre la infinidad de divinidades sumerias, acadias y caldeas.  Estas formaban parte de la trinidad cósmica: lo de arriba, lo del medio y lo de abajo, y en cada uno de los niveles, estos seres protodemoniacos tenían su espacio de acción. ¿Y de dónde venían ellos? tal vez de la explicación mágica que dieran los hombres a los fenómenos naturales que los acechaban a cada paso, y principalmente al suceso que  marcaría la diferencia entre el hombre y el animal, la conciencia de la muerte.  Luego sería necesario enmarcar dichas ideas en una historia coherente, algo que diese sentido a la explicación primigenia, y nacería la religión.



Antes de la tierra, cuando todo se tramaba en el campo celestial, el señor de todo lo creado ya tenía a su alrededor su hueste de sirvientes, todos ellos luminosos y poderosos: ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y  serafines.   Luego de una deífica semana,   algo monótona, el Señor decidió matar el tedio creando la tierra y cuanto bicho andase sobre ella. Al final  de una ardua jornada de trabajo llegó exhausto a casa y mientras se quitaba sus zapatos tomó algo del barro que había recogido en sus suelas, empezó a jugar con el haciendo bolitas y palitos, estornudo y ¡santa madre! nació el primer hombre.  Dios impresionado por esta improvisada creación, y haciendo uso de su conocido sentido del humor, convocó a todos sus sirvientes y en tono socarrón se los presentó; ahí tenían a el hombre, mitad animal mitad ser celestial y solicitó se arrodillasen ante él.  Muchos que conocían el genio cambiante del  patrón y acostumbrados a sus ataques de locura le siguieron la corriente, excepto Lucifer o Luzbel  o siendo más exacto Iblis,  quien era el encargado de las artes y la música celestial, aparte de ser el más apuesto de todos los presentes y según algunos el más poderoso. (El nombre lucifer derivo de un juego de palabras de una de las muchas traducciones  de libros bíblicos al latín cerca del siglo V dc. en un principio todos estos seres celestiales eran a su vez luceros, astros,  luces estelares sempiternas e inexplicables, de ahí su nombre Luzbel o lucifer -el portador de luz o quien lleva la luz-) Para él esa bromita ya se estaba pasando de la raya y  se lo hizo saber al Creador.  Este que no gustaba que le llevasen la contraria entró en cólera y lo desterró del reino celestial.



Lucifer orgulloso hasta el tuétano, prefirió el destierro a la humillación,  y bajó a la tierra a hacer de las suyas.(es en este punto donde al parecer se transforma en Satanás, el enemigo, el rebelde, el revolucionario, sin que haya que confundirlo con un satán que vendría siendo como un acusador, aunque algunos afirman que Lucifer y Satanás son dos entes distintos, el primero  un concepto o principio del mal y el ultimo un demonio sanguinario y cruel)  Y vaya sorpresa cuando se encontró con la primera pareja de humanos,  Adán y Lilith, (esta fue la primera mujer de Adán,  hecha del mismo barro  y por lo tanto con los mismos derechos.)   Aprovechó los problemas maritales que surgieron entre estos, (Lilith fue la primera feminista, cada vez que tenía relaciones con Adán le increpaba el  por qué tenía que quedar ella debajo si ambos habían sido hechos de la misma materia,  y como este no cedía,  no se dejó subordinar más,  lo mando al carajo, pronuncio el nombre secreto de Dios, se convirtió en espíritu y se fue del paraíso (si hubiese tenido madre  habría dicho “me voy para donde mi mamá, y no me busque”)  en los terrenos áridos fuera del edén se encontró con el maligno, Satanás o mejor dicho, Samael, la serpiente;  este,  como la canción- la vio bien buena-  y ella  despechada … como el dicho: el solo, yo sola, la casa sola…  de esta unión al mejor estilo de  los conejos, nacieron infinidad de demonios, que posteriormente Dios se encargaría de aniquilar.   Adán aparte de solo, cornudo, se quejó ante el creador, este le dio 100 mg de propofol, 5 mg  de midazolan y 300 mg de tiopental.   Con un bisturí N° 20 hizo una incisión medio lateral izquierda, y a punta de gubia y sierra de gigli le sacó una costilla, cerró con vicryl 2.0  y prolene 3 -0,  lo dejó al cuidado de unas bestias salvajes pero inteligentes  (pues tenían conocimientos médicos para la recuperación) y en su taller  celestial  con  segueta y martillo formó a Eva.  Espero que Adán despertara y se la dejó al lado -aquí te entrego la Mujer, moldeada de tu costilla-  hay que decir que Dios todo lo hace bien, de modo que ya se pueden imaginar a Eva, y ni que decir Adán, que algo adolorido ya estaba pensando que hacer para que en los trotes amatorios no se le reventaran los puntos, y es más, algunos textos dicen que si con una costillita pequeñita había salido tremenda mujer, que no podría hacer el Señor con las restantes 24,  tenía pensado negociar con el creador para su próximo cumpleaños a que intentara sacarle otros cuantos huesos  que no eran absolutamente indispensables, pero las cosas no salieron como él quiso.   Esta es una de las razones teológicas de la infidelidad masculina, aun cargamos la culpa de las ideaciones eróticas de Adán.



Volviendo al cuento, cuando el maligno, que por ahora llamaremos la serpiente Samael, que muy al estilo de rin rin renacuajo,  andaba lo mas de arreglado, caminaba y tenía manos (solía estar tentando aquí y allá) engañó a Eva e hizo que la pareja fuera desterrada del paraíso. En este punto  la cosa vuelve y se complica, Samael no contento con ver la pareja  desterrada,  decide hacer uso de sus poderes y vuelve y concreta una cita con la Eva, que por muy desterrada que estuviese y con las hojitas de parra cubriendo sus partes nobles cada día estaba  más sexy.  Este la sedujo y de su unión nació Caín (o al menos eso cuentan las malas lenguas) Abel nacería de la reconciliación de Adán y Eva y pues ya sabemos en qué termino el cuento.  Pasaron generaciones y la serpiente,  ya animal rastrero, seguía haciendo de las suyas, instituyó la envidia, el odio,  el asesinato y más.  Siglos después, el señor de los cielos dejó  la creación al cuidado de  un grupo de seres celestiales, decidió que también tenía que actuar en las altas esferas.   Estos seres eran los encargados de velar para que las estrellas siguieran su rumbo, el sol y la luna aparecieran cuando tocaba, los vientos corrieran por donde era, en fin, labores domésticas.   Nuestro perverso personaje,  como recuerdan había sido uno de los más bellos y por ende sabia de las artes de la belleza y la moda;  tomó unas cuantas mujeres,  les rasuró las axilas, les dejó el afro (la moda lampiña es de estos tiempos) insufló sus pechos a una talla 36 b, moldeo caderas,  corrigió sonrisas y les enseñó a estas señoritas el arte de la seducción y el glamour. Los vigilantes del cielo,  llamados de ahora en adelante egregores,  vieron estas chicas y por algún desconocido mecanismo sintieron deseo sexual (eran solo espíritu, que se les paró es un misterio) y 200 de ellos bajaron a la tierra y se unieron con ellas (¿Cómo?, ni idea, una posible teoría seria la hipercondensacion del aire circundante del espectro, junto a una dislocación cuántico gravitatoria de los bosones angelicales) copularon y copularon y de esta orgia fantasmo paradójica nacieron los nefilim, gigantes caníbales y brutales.


Dios cuando regresó se quedó aterrado por lo que veía, se puso la mano en la cara y se dijo que quien lo había mandado a jugar con barrito y más porquerías, que eso le pasaba por dárselas de artista, que el verraco de Lucifer tenía razón y que ahora este mismo hijuemadre le estaba volviendo la vida un ocho.  Se armó la de Troya en el cielo, los egregores fueron capturados junto con la serpiente (aunque parece que esta recibió indulto o se escapó)  y arrojados a un abismo en espera del juicio final.  A los nefilim  decidió ahogarlos a todos, junto con todas las creaturas de la tierra, pero como el Señor es misericordioso, decidió salvar una pareja de cada especie.  Llamó a un tipo de nombre Noé, le costeó la carrera de arquitectura e ingeniería civil, una vez graduado lo mandó a construir un arca, empaco cuanto animal cabía, y desato el diluvio.  En esta catástrofe murieron los gigantes, además de los dinosaurios, y cerca de unos cuantos millones de especies que Noé no alcanzo a recoger –los designios del señor son inescrutables-

De toda esta masacre quedaron  las almas  de los gigantes bastardos,  entes  llenos de odio y venganza, merodeando por todos los rincones de la tierra; acababan de nacer las legiones de espíritus malignos. 

De modo que hasta aquí quedamos con: Samael por un lado con su sequito de ángeles leales  (no se fue del cielo solo, el como todo buen líder tenía sus adeptos;  entre los más representativos estarían Asmodeo  demonio de la lujuria,  en ocasiones esposo de Lilith en otras uno de sus hijos, y según chismes de la negra candela padre del mago Merlín. Amon, el demonio vidente,  que ve el pasado y el futuro, probablemente una deformación del dios egipcio Amón. Astaroth el fétido, como su nombre lo indica olía a feo, posiblemente porque era el demonio  de la pereza, la vanidad, la codicia y la economía algo así como un político en campaña,  una posible deformación de la diosa  fenicia Astarté o Ishtar.  Belcebú, el dios de las moscas, una macabra degradación del dios filisteo del trueno y la lluvia Baal. (El Thor filisteo).  Belial el corrupto, personificación del orgullo y la arrogancia.  Mastema el ángel exterminador, el sicario de Dios, el homicida por excelencia. Mammon el demonio de la codicia o más exactamente la codicia como tal.  El leviatán,  el dragón marino, otro de los inventos de Dios en sus ratos de ocio. 

Por otro lado tenemos a los egregores o ángeles vigilantes que fueron encarcelados en el abismo hasta el día del juicio.
 
Los espíritus de los nefilim,  hijos de los egregores y las mujeres humanas prediluvianas. 

Los hijos de Lilith la primera esposa de Adán, y por ultimo algo que se me escapaba, las almas de los muertos que yacían en el inframundo, reino en un principio de las diosas primitivas de la fertilidad y la noche, el cual  solo era un sitio de espera, para después ir evolucionando a un reino de penumbra y castigo que sería territorio y potestad del maligno en sus distintas representaciones.

Durante algún tiempo el señor del mal mantuvo un bajo perfil, aunque sus obras e influencias siempre estaban a la orden del día: enfermedades incurables, pestes arrasadoras, la muerte indiscriminada, reinos de injusticia, venganzas, envidias, temores. Todo aquello que  formaba parte de ese aspecto  inconfesable del humano, fue achacado a  los dioses primitivos, el hombre astuto como siempre  expiaba sus culpas y responsabilidades en el señor del mal.



Curiosamente el maligno nunca fue tan poderoso como lo consideramos hoy, por encima del rey celestial nadie estaba, y en algunos momentos formó parte de la burocracia divina, su labor se centró en los trabajos sucios, se convirtió en el acusador, en el fiscal divino,  literalmente era el satán (acusador o enemigo) de los hombres, quien les buscaba la caída, y le demostraba día tras día a su señor que nosotros no éramos ninguna  perita en salsa.

Los siglos pasaron y los humanos se extendieron a lo largo del mundo, mezclaron sus culturas, nacieron civilizaciones y Samael, la serpiente, Satanás o Lucifer se amoldaron a ellas. Bastante había hecho por la humanidad. Junto a los ángeles vigilantes  había formado parte de la asociación de entidades espirituales civilizadoras y culturizadoras, algo así como un cruce entre el  SENA  y Colciencias.  A los hombres les enseñó el arte de la metalurgia, algo de minería, algo de literatura,  algo de óptica, algo de química, algo de moda, algo de medicina, algo de magia, algo de adivinación en fin  algo de todo.  Y ya estaba harto de que lo  dejaran a un lado, en el puesto de un simple demonillo sin trascendencia, un macho cabrío cualquiera retozando en los bosques,  espíritu de las cosechas o la fertilidad o flautista afeminado.  El merecía mucho más, esos insignificantes mortales debían postrarse ante su poder.  Y retomando los viejos aires mesopotámicos cuando los espíritus  o dioses  eran representados como imponentes toros alados,   empezó a fraguar su próxima presentación.   No tuvo que esperar mucho, un pueblo de locos diseminaba sus ideas por el medio oriente protegidos por su antiguo señor, el cual le había dado la espalda, se había tornado mezquino y en ocasiones tan letal como él (o más). Ya no quería ser más su satán, quería de nuevo ser Satanás.  Y llegó el momento que tanto había esperado, en una extraña paradoja, su enemigo (Dios) se rebajó a la condición humana, en una noche de desértico  verano se acercó a él y le propuso un negocio, de antemano sabía que no lo iba a aceptar,  pero quería conocer esa nueva condición de la divinidad,  había pasado cuarenta días a su espera y seguía siendo el mismo viejo incomprensible e impredecible de antaño.  Lo dejó a su suerte,  lo que había visto  le causo agrado, había llegado su venganza. El cristianismo nació, se extendió por el medio oriente y el mediterráneo y se afianzó como la religión oficial del imperio dominante,  un imperio de política, dinero y poder, curiosamente ideas estas que eran atributos  de muchos de sus leales súbditos.  El imperio en su afán de riqueza anatemizo todo aquello que fuese en su contra, en un solo saco arrojó todos los pequeños dioses y espíritus de la naturaleza- benévolos y malévolos-  los grandes dioses del pasado fueron rebajados a cuentos infantiles, y sus poderes disueltos en el aire.  El nuevo rey tomó lo que quiso de ellos,  cubrió su  cuerpo maltrecho con túnicas de oro y entronizó la cruz sobre un pedestal de dinero y armas. El maligno sonrió, que tonto había sido Dios, se había rebajado a la condición humana, y él, desde los inicios de los tiempos le había estado advirtiendo de la fragilidad de los mortales,  pero Dios era un viejo terco y loco, y hacia lo que quería, y sin pensarlo, (o tal vez pensándolo muy bien) le había dado la oportunidad de reclamar lo suyo, y  no la desaprovecharía.  Después del siglo III dejó de ser satán el acusador y se convirtió en el griego diábolo el difamador,  aunque  sabía que guardaba más semejanza con el deiwos, tan semejante al theos  o deus con el cual calificarían a su enemigo, y latinizándolo, sería el diablo:  el señor del mal, el príncipe de las tinieblas, el rey del inframundo, el ínferos, el infierno, tal como lo postulaba el zoroastrismo  y el maniqueísmo, él era la contraparte del creador, la otra cara de la moneda, la igualdad de la ecuación cósmica.  Él era el mal, la muerte y la destrucción, y aunque parecía que el dios único aún conservaba su antiguo poder, que probablemente el fuese su creador (la pérdida de la memoria podría ser una de las consecuencias del aniquilamiento de su pasado) ahora había sido entronizado como el príncipe del mundo, la Tierra era suya, y  se ensañaría con sus creaturas preferidas.


En este punto ya no quiso ser más una serpiente parlanchina, tampoco el galán de  los años primigenios;  adquirió las cualidades de todos aquellos dioses, duendes, espíritus y temores que hasta ese momento habían poblado la tierra.  Abandonó su estampa de toro majestuoso y optó por  una figura más caprina, sus cuernos  se convirtieron en su corona, las viejas alas emplumadas y sobrias entraron en otoño quedando dos arabescos de murciélago, la cola de felino terminada en serpientes broto de su trasero,  cubrió de oscuridad su cuerpo, sus manos transformadas en garras,  sus pies en pezuñas, quiso ser la amalgama de todos  los dioses del pasado, quiso al mejor estilo de su nuevo gran enemigo  ser  único, y haciendo uso de su poder ancestral y primigenio, absorbió todos los atributos de su entorno,  alargó su verga para ser el señor de la fertilidad, afianzó su tridente señal del poder sobre los mares, el vino y la riqueza fluyeron bajo su sombra, dador de pestes y hambrunas, amo de la suerte, desencadenante de la tormenta, y en su grotesca figura descendió a las profundidades de la tierra, hogar de las almas de los muertos, y en ella construyó su reino, señor del averno, regente del inferno, juez y verdugo de las almas impías que habían sido olvidadas por su dios.  Ya tenía su ejército, ya tenía su reino, ya tenía su poder.  Que gracioso, la misma obra que el creador en su condición humana había institucionalizado lo había entronizado como señor del mal, como antítesis del creador, como el enemigo máximo.  Nuevamente había torcido los proyectos de su señor.



Aunque no tenía  el don de la omnipresencia, ideo el mecanismo para estar en casi todo lado, diluyó su ser en las múltiples creaturas que lo habían acompañado, y el mejor vehículo que pudo encontrar fue la misma mente de los humanos, aquella que con tanto ahínco había cultivado en los principios de la creación, aquella que Dios había mostrado en el momento de la jugarreta, cuando puso ante si aquel monigote de barro.  Él,  como el mayor de los seres celestiales había comprendido su naturaleza y por ello había preferido el destierro a su subordinación,  en ese momento lo había entendido todo, y ahora, cuando las circunstancias lo había llevado a aquel desenlace, utilizó aquel conocimiento para ser casi semejante a Dios, ubicuo y omnipresente, en cada mente  de cada humano, en lo más recóndito de esos seres   había sembrado su semilla, aquello que ellos llamaban indiscriminadamente mal;  su idea, su esencia, la rebelión en su estado puro, la no aceptación del orden creador.  Así fue como se convirtió en venganza y sortilegio, en rabia y fuego, en pasión y abundancia, en duda y razón.   Luego  decidió recorrer de nuevo la superficie de la tierra. Ya desecha su figura primordial, tomó prestada la envoltura de sus súbditos, y bien pudo ser la tormenta que azotaba las cosechas, el fuego que consumía las aldeas, el filo de la espada del conquistador, la bestia alada que aullaba en la noche, el incubo que violentaba  esposas insatisfechas o el súcubo de jovencitos solitarios,  disfruto los aquelarres orgiásticos al amparo de la luna llena, mientras sus devotas le besaban su culo. Bebió la sangre que le ofrendaban sus discípulos aristócratas en busca de la eterna juventud, repasó y corrigió cada texto y letra de los eruditos bajo la luz de una vela, y finalmente, en el colmo de la banalidad se convirtió en canción entre luces y guitarras estridentes. Igual que importaba, él era el señor de la tierra.


Una de las mejores referencias de este ser, puede ser tomada de la cosmogonía Tolkiana, cuando Hurin es llevado prisionero ante el trono de Morgoth: “yo soy el rey mayor: Melkor, el primero y más poderoso de todos los Valar, que fue antes que el mundo y lo creó. La sombra de mis designios se extiende sobre Arda y  todo lo que hay en ella cede lenta e inexorablemente ante mi voluntad. Y a todos los que tú ames, mi pensamiento los cubrirá como una nube fatídica, y los envolverá en oscuridad y desesperanza. Dondequiera que vayan, el mal le saldrá al encuentro. Cada vez que hablen, sus palabras provocaran malentendidos, todo lo que hagan se volverá contra ellos. Morirán sin esperanza, maldiciendo a la vez la vida y la muerte”  (los hijos de Hurin- J.R.R Tolkien) aquí la maldición que profesa el Valar no pretende  ser una invocación o un clamor ante un poder superior, sino que él, pretende provocar la ruina de su enemigo mediante la fuerza de su propia voluntad.

¿Y dónde quedo mi diablo del tejado?

Este solo fue uno de los tantos que nacieron bajo el  ardiente  sol tropical americano.  Fue el demonio que sobrevivió a las naos de los negreros, que a diferencia del etéreo diablo bíblico y medieval, si poseía cuerpo y en su cuerpo un corazón fuerte que palpitaba al ritmo de los tambores.   Fue el diablo que sobrevivió a la viruela y a los perros caníbales de los españoles, el diablo que se bañaba en oro, y proveía abundantes cosechas de maíz y papa, el que no exigía sangre de vírgenes y niños sino festivales y orgías de chicha.  Fue el diablo letárgico, el que evitó la filosofía  raicera de los eruditos milenarios y opto por andar día y noche por los caminos reales y de herradura, sobre un rocín negro, en compañía de un perro de fuego,  lavando sus mulas en los ríos correntosos de las montañas y valles andinos en  los días santos, para luego dejarlas ejercer su antiquísima profesión de putas de feria en los caseríos dispersos. 


Curiosamente, su antiguo enemigo, después de desembarcar en las costas de América,  decidió enclaustrarse en sobrias edificaciones de piedra y adobe, aletargado por el aroma del incienso y obnubilado por las luces de las multitudinarias velas y cirios,  dejando sus criaturas a la deriva.  Nunca comprendería su antiguo señor y su extraño sentido del humor negro y la ironía.  De modo que tratando de dar un poco de orden a tanto caos, optó por implementar una incongruencia ideológica,  se convirtió en el castigador de las malas acciones, en el ejecutor de las condenas sacras.    De suceso en suceso, de aparición en aparición, de relato en relato, se convirtió en leyenda y de leyenda se convirtió en guardián, guardián de las buenas costumbres;   todo campesino libertino y adultero terminaría raptado a mitad de la noche, en los caminos solitarios mientras regresaba a su abandonado lecho marital, elevado por los aires, arañado por todos lados, congelado con risotadas de búho para que aprendiera que nunca debería traicionar a su mujer.  Al borrachín  gustaba clavarle sus uñas y mostrarle sus filudos dientes sentado en  la gualdrapa de la silla de montar,  a tal punto que la beodez se fuera al piso y entre plegarias y letanías jurase nunca más tomar licor. A aquel jinete que osara cabalgar en semana santa lo retaba a duelo, que de antemano ya lo sabía ganado, y lo desperdigaba en las selvas y llanuras vírgenes para nunca ser encontrado.   Finalmente decidió dejarse ver como un gigante pulcramente vestido, con sombrero alón que tapase su rostro, siempre fumando un grueso tabaco, apostado sobre cualquier esquina, a  altas horas de la noche, en calles solitarias a la espera de algún infractor, y cuando no había nada que hacer simplemente optaba por entrar a las discotecas,   galante como en sus inicios, coqueto y conquistador, para finalmente dejar ver sus pezuñas y desvanecerse en una nube de azufre.  



Tal vez simplemente quiso nuevamente torcer los caminos de su contrincante y hacer lo que se supondría no debería hacer.  El mal, como era de esperarse nunca desapareció, ese trabajo ya se había resuelto, era algo propio de la naturaleza humana.   Y fue este diablo, el diablo tropical, el que está en los picaportes de las puertas de madera  de las casas viejas, el que estuvo aquella noche onírica sobre mi tejado, viendo el horizonte, preguntándose qué nueva artimaña tendría que ingeniar para complicarle la vida a su contendiente, mientras llega el día tan anhelado del encuentro fatal.  Ese demonio escueto, el rebelde ancestral, era el lar de mi casa, mi diablo personal.



por ultimo, y por políticas de la mesa directiva de latecleadera, agradezco cualquier "me gusta" "like"  o comentario que dejen por estos lares, y si no les gusta... también.