La calle de mi abuela es una calle larga. Inicia en el borde de un pequeño barranco de la carretera que conduce a las veredas de la alta montaña; como el recreo y Juancho, y termina en un costado de la cancha del polideportivo municipal. El sitio en donde vive mi abuela es el punto donde la calle empieza a ser empinada, es el punto plano, la meseta de todo el lugar, porque después de la tienda de don Luis Monje se inicia un suave descenso hasta la cancha. Personalmente siempre he pensado que la calle como tal empieza desde la esquina de las tienda de Luis Monje y Luis Polo (este último ya no está, pero aún sigue ahí un supermercado). Esa calle me gusta porque cuando salgo de casa y voy a visitar mis abuelos, desde esta esquina se puede ver a lo lejos un armónico paisaje, uno de los costados del cerro que queda cerca cae abruptamente y se pierde tras las copas de algunos árboles cercanos de casas vecinas y a lo lejos se extiende una planicie rodeada por pinos y pequeñas montañas sobre las cuales, en uno de sus vértices se ven brillar los techos de las casas de Valencia de la Paz, tras ellas las montañas se hacen más grandes más azules y más misteriosas. Justamente cuando uno pasa esa escena y da un giro de noventa grados para tomar los últimos metros antes de llegar a donde mis abuelos, la brisa que baja de la montaña golpea el rostro y el cuerpo, trae la vida de los bosques altos en compañía del arrullo de la quebrada grande que recorre discreta a uno pocos cientos de metros. Esa calle me gusta porque si levanto mi mirada veo dos hileras de casas amontonadas, las de la izquierda encaramadas en altos andenes, las de la derecha por debajo del nivel de la calle. Todas son casas de varias décadas, algunas posiblemente cercanas a la centuria, casas humildes, modestas, pequeñas, de techos de zinc oscuro por el óxido y el humo.
Dependiendo de la hora del día se
tiene una percepción distinta de lo que sucede, en las mañanas de entre semana
por ella bajan los estudiantes con sus uniformes limpios, en grupitos de dos o
tres, riendo a carcajadas o susurrándose cosas al oído, siempre hay niñas
bonitas que salen de esas altas casas, y si es fin de semana por ella bajan los
señores del campo con sus morrales al hombro, bien sea a vender sus productos o
a hacer mercado. El sol siempre está
atrás, y las montañas de la cordillera despiertan las nubes que reposan en sus
cimas. Al medio día hay silencio, el sol
cae perpendicular y a lo lejos se escuchan los televisores transmitiendo alguna
novela, ocasionalmente atraviesan la calle mujeres hacendosas llevando cosas
entre vecinas. Las tardes son cálidas,
algo estuporosas; en temporadas algunos sacan la cosecha de café y la extienden
en el suelo para que se seque, es usual escuchar el rastrillo de madera
removiendo los granos de café para que el sol los seque, al fondo, en un callejón que se descuelga
hacia la parte baja, el pino que durante toda mi vida he visto y que según
tengo entendido era de don Juan, un señor ciego que todas las noches iba a
misa, con saco y sombrero de tela y que se sabía todas las oraciones, se mueve
lentamente de un lado para otro al compás del viento. Cuando
ya es tarde, cerca de las cinco, el bullicio aumenta, algunos niños juegan con
un balón, se ven caballos amarrados a los postes, esperando que sus dueños
descarguen el producto del día y los lleven a sus potreros a descansar, y
también es usual ver salir el humo de muchos techos y dispersarse un aroma a
grasa frita o asada, un aroma que despierta el apetito. La noche es extraña, esta trae una brisa impetuosa,
más que en cualquier momento, a lado y lado los grillos cantan y su sonido hace
eco para formar un silencio mayor, a tal punto que se puede escuchar con
claridad el rumor de las aguas de la quebrada.
Esta calle siempre esta iluminada, un camino de luz que asciende hasta
llegar a una cruz burda de madera que algún creyente devoto construyó cerca del
barranco. En un principio las luces eran
de un tono blanco azulado, una luz que no ocultaba las estrellas, luego, fue
cambiada por bombillas amarillas encandilantes, pero aun así, no deja de ser
hermoso.
Cuando era chico, esa calle no
había sido pavimentada; según dicen las malas lenguas, yo me la pasaba midiendo
calles, pero no recuerdo mucho más allá de la casa de Carmen. Sabía que vivían muchas personas y niños más allá,
pero la memoria no alcanza esos años.
Por las fechas de aquel sueño era temporada de verano, pequeños brotes de hierba crecían en la calle polvorienta, y yo en algún momento disfruté de ellos utilizándolos como escondite para los juguetes que Felio tenía: un grupo de soldados e indios de plástico. Recuerdo que debajo de una de aquellas hojitas sobre el suelo de polvo seco puse a un indio de color rojo, coronado de plumas y con sus brazos extendidos en actitud fiera mientras en uno de ellos llevaba un hacha. Mi abuela nos observaba desde el oreador de la casa y es probable que nos dijera que no nos enmugráramos.
Luego vino el sueño, soñé que estaba en esa calle, de noche bajo la luz de las lámparas, había indios debajo de las hojas de hierba, posiblemente estaban de cacería o preparando algún ataque, iban de un matorro a otro con cautela esperando no sé qué. Yo los veía perfectamente, los detallaba, pues era como un gigante omnipresente y etéreo, y la visión que tenía era la que se obtiene cuando uno se arrodilla y coloca la cabeza en el suelo seco, cierra un ojo y con el otro desde esa perspectiva ve toda la escena. Como siempre mi abuela estaba cerca y algo me decía, no debía ser de importancia pues poco lo recuerdo. Luego todo cambio, ya no había indios, el verano continuaba y el calor pobremente se disipaba con la escasa brisa que llegaba, estaba con Felio y mi abuela, y de un momento a otro las luces se apagaron, Felio tomó rumbo hacia lo alto de la calle, penetrando en una espesa oscuridad, yo lo seguí, pero antes de llegar a la casa de Carmen me detuve y no quise seguir, tenía miedo, le dije a Felio que no lo hiciera, que regresara, él se acercó a mí y con tranquilidad me dijo que no había problema, que allí arriba, donde terminaba la calle había un tren, un hermoso tren, que no pasaría nada, que él quería verlo, que lo acompañara. Yo no quise, esa oscuridad no me generaba confianza y al final del camino no veía más que casas. Felio me dio la espalda como si nada y penetro en la oscuridad. Le grité, le dije que regresara y entre sollozos volví a casa a contarle lo sucedido a la abuela, tras de mi la calle ya no era estrecha, era una planicie del tamaño de varias canchas de futbol que en suave pendiente se perdían en la oscuridad. Mi abuela me tomó de la mano y me calmó, me contó algo sobre el tren y sobre él porqué Felio iba allí, yo no entendí, solo quería verlo aparecer en lo alto de la calle. Luego sonaron unas campanas y por la carretera que lleva a las altas montañas unas luces aparecieron, era un tren iluminado con muchos bombillos a tal punto que parecía un árbol de navidad, no supe por dónde llegó ni como ingreso al barranco, tampoco pude ver si Felio estaba ya allí, tan solo vi un tren luminoso, tocando campanas de sonido seco, que tras un breve momento de calma, sonó su pito y arrancó nuevamente tomando el camino por donde había venido, Felio se había ido, y yo no sabía a donde ni cuándo regresaría.
**fragmento de una historia inconclusa de un anónimo libro inexistente***


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