El loco estaba en el centro de la ciudad, con dos banderillas controlando un tráfico inexistente, su seguridad y seriedad daban la sensación de que era un ente de un universo alterno atrapado en nuestra realidad. Pasé por su lado con curiosidad, tenía su piel tostada por el sol o simplemente oscura por capas de mugre acumuladas en semanas de abandono. Pocos días antes había escuchado un programa donde decían que todos somos locos, solo que unos no le son útiles a la sociedad, esos eran los marginados de las calles o los inquilinos de los manicomios. Este parecía ser inútil para nuestro mundo pero primordial para donde sea que estuviese puesta su mente.
El sol era radiante en
esa mañana de verano, los carros inundaban las calles y gente presurosa se dirigía a sus trabajos. Era mi día libre, quería visitar los abuelos
que vivían en un alejado pueblito en la cordillera a unas pocas horas de la
sofocante ciudad
Los pájaros en los
árboles que rodeaban la ruta de salida estaban extrañamente alterados, con el
bullicio propio de las horas previas al amanecer, una algarabía multitonal que
hacía juego con nubes danzantes de mosquitos y abejas sobre el asfalto cual si
fuera un acto teatral hipnótico. No fui el único que reparó en aquel extraño comportamiento
animal; el conductor de un camión estaba parado en medio de la carretera contemplando
estupefacto esa escena, mientras una cola de autos, que en vez de pitar de
manera desenfrenada como sería lo usual en una situación semejante, simplemente
observaban, ya no tanto a los animales sino al barrigón hombre con la mirada
puesta en la vereda: reflexivo, inerme, apático a todo lo que le rodeaba. Nadie quiso sacarlo de su trance, bordearon (y
bordeamos) el inmenso camión y continuamos nuestro recorrido. Sentí un escalofrío al ver por última vez su
imagen en el retrovisor, era el presentimiento de que algo nada bueno ocurriría
en ese lugar.
Al llegar a una pequeña
bomba de gasolina dejé que el islero llenará mi tanque sin tan siquiera cruzar una palabra.
Cuando terminó, encendí el carro
y reanudé mi camino, el hombre con una gorra sucia que lo protegía de un sol
indiferente continuó su labor con otros autos que llegaban, de manera
automática, la misma manera con la que yo había salido sin pagar, y mientras
los kilómetros se sumaban me preguntaba extrañado por qué no me había cobrado y
aún más, por qué yo no había pagado, era consciente que aquello no debía
ocurrir, pero no sentía ninguna culpa, no había percepción de algo malo en
ello, algo semejante a cuando se cometía un delito en un sueño y el despertar restauraba
la tranquilidad.
Sentí miedo, detuve el
carro y bajé para despejar mi mente; algo no estaba bien, las montañas aunque
seguían siendo las mismas desprendían girones de nubes hacia el cielo
asemejándose a las pinturas de las salas
de espera, el aire se respiraba inmaculado, con esencia de flores fecundadas
por abejas y aromas de frutas desconocidas. Era como si me estuviese adentrando
en el Edén bíblico ya no protegido por el ángel de la muerte. Todo parecía tender hacia la perfección,
hasta notaba que la molesta presbicia prometía mayor claridad visual.
Seguí mi camino, a mi
lado el río Magdalena turbulento mecía champanes con hombres de cuerpos peludos
sujetando con firmeza sus redes repletas de peces, - bocachicos – susurré, (gracias a mi nuevamente, excelente visión)...los
mismos que desde hace años no crecen en estas aguas.
Luego de horas de viaje
sin cansancio paré en un pequeño puerto, había un desfile de carrozas acuáticas
con mujeres desnudas coronadas con plumas multicolores que saludaban con besos
mientras lanzaban dulces de pata a un pequeño grupo de mujeres con reboso y faldas
largas que las ovacionaban en la orilla.
¿Qué me pasa?, pregunté, - esto no puede ser real - el viaje era eterno, el día una continua
mañana, al cuerpo le era indiferente el cansancio y lo peor de todo, aquello no me resultaba extraño.
- Me dieron burundanga- fue la explicación más lógica, pero todo era
tan simple y real que lejos estaba de ser un delirio psicotrópico.
¿Será que morí y aún no
me he dado cuenta? Como ocurría en esas películas de ficción que tanto me
gustaban. Pero al traer todo a mi
memoria, no había vacíos que pudiesen
explicarlo. Quise llamar a mi casa e
inconscientemente busque algo sólido y plano en mi bolsillo, no encontré nada,
y tampoco comprendí muy bien por qué había realizado ese movimiento; - cosas
para llamar - expresé en una frase vacía y sin sentido, y sin entender muy bien
todos esos rituales de manos en los bolsillos decidí seguir la ruta en espera
de llegar pronto a mi destino, mientras en mi mente una y otra vez se repetía
la palabra célula... ¿célula de qué o para qué?
Finalmente la tarde fue
llegando, a lo lejos vi mi pueblo natal, no pude evitar que los ojos se me
aguaran, las montañas azules cubiertas con bosques de niebla desprendían luces
que luego se transformaban es serpientes doradas voladoras y aladas que
jugueteaban bajo los arreboles de un sol en lontananza.
Las calles eran las
mismas, las paredes de las casas viejas seguían pintadas con la misma cal que
acumulaba siglos de polvo, perros callejeros discutían en alguna esquina y los
naranjos de los patios desprendían un aroma que saturaba con frescura hasta el
último rincón de mis pulmones.
Llegué a casa de los
viejos y allí, en el patio externo que antaño servía para secar el café o el
cacao, decenas de personas reían y hablaban desparpajadamente sentados en
taburetes de cuero. Mis abuelos estaba dentro ocupados en los quehaceres de la
cocina. Quien rápidamente notó mi presencia fue la vieja Bonifacia, la madre de
mi abuelo, de quien solo guardaba un vaporoso recuerdo: un rostro demacrado en
un ataúd de madera. Me saludó con alegría,
con sus toscos dedos acarició mi cara y me recomendó que dejara tanta
trasnocha, que eso envejecía a la gente. Al momento mi abuela me saludó y puso
en mis manos un pocillado de aguapanela
con un trozo grande de pan aliñado.
Ahí estaban mis padres,
mis abuelos, los abuelos de mis abuelos y los hijos de estos con sus hijos y
las esposas de ellos con toda su progenie traviesa. No tenía la menor duda, estaba muerto, en qué
momento no lo sé, pero eso era lo más cercano a la idea del cielo que siempre
había guardado con esperanza. Con
discreción abandoné la casa y recorrí las calles que tantas veces había cruzado
en mi niñez, tropezando de vez en cuando con algún trompo extraviado, para
llegar finalmente a las puertas del templo parroquial...no había sido un buen
creyente, y ahora lo menos que podía hacer, y recordando los sermones de algún
cura, era agradecer a mi Diosito que a pesar de toda mi licenciosa vida no
hubiese terminado en los calderos del infierno.
Entré y un frío me
recorrió de cabo a rabo, en el lugar donde esperaba encontrar al cristo
crucificado estaba la imagen hiperrealista rodeada de flores coloridas y cirios
de exquisito aroma del hombre loco que había visto en la mañana. No supe que hacer, quedé en algo parecido a
un shock. Una mujer morena de hermosa cabellera se levantó de una banca cercana y con voz calma me sacó del estupor.
- No, no estás muerto, tampoco bajo los efectos de
ninguna droga, está es la realidad, la
única y verdadera.-
Hice una mueca de
incredulidad. Y ella con paciencia lo explicó todo
En la mañana de ese día
a eso de las 8 am Dios había descendido de los cielos y se había encarnado en
un vulgar vagabundo que parado en un cruce de calles, en todas las ciudades del
mundo, había iniciado su función de controlador de tráfico. Tan bueno había sido su trabajo que fue
condecorado por el alcalde y luego por el gobernador, (en nuestro caso
particular, pues cada región del planeta lo documentaba semejante mas no igual)
dónde paso a ser parte de su gabinete, desde allí, a eso de las 9 am dirigió la
oficina de asuntos insectarios y pajareros, lo que le mereció una reunión
extraordinaria con el presidente y sus ministros, los cuales al unísono, lo
nombraron presidente eterno, y cuya primera ley fue el subsidio completo de la
gasolina y la extensión de los caminos sin peajes, con su respectivo festival
acuático según el trayecto. A eso de las
3 pm recordó que había sido crucificado por otros humanos de otra época en
otros tiempos y temiendo que lo
volvieran a linchar, se declaró amo y
señor definitivo de la creación. El
resto ya era deducible; finalmente y
para gusto de millones de creyentes, estábamos en el reino de Dios...pero
aquello no era necesariamente bueno.
Como muchos herejes, apóstatas y proscritos en siglos y siglos de
rebeldía lo habían sospechado, hoy precisamente se había confirmado lo que
tanto se temía…Dios estaba completamente loco.

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