latecleadera

viernes, 28 de noviembre de 2025

El loco (cuento)

 

El  loco estaba  en el centro de la ciudad, con dos banderillas controlando un tráfico inexistente, su seguridad y seriedad daban la sensación de que era un ente de un universo alterno atrapado en nuestra realidad.  Pasé por su lado con curiosidad,   tenía su piel tostada por el sol o simplemente oscura por capas de mugre acumuladas en semanas de abandono.   Pocos días antes había escuchado un programa donde decían que todos somos locos, solo que unos no le son útiles a la sociedad, esos eran los marginados de las calles o los inquilinos de los manicomios.  Este parecía ser inútil para nuestro mundo pero primordial para donde sea que estuviese puesta su mente.  

El sol era radiante en esa mañana de verano, los carros inundaban las calles y gente presurosa se dirigía  a sus trabajos.   Era mi día libre, quería visitar los abuelos que vivían en un alejado pueblito en la cordillera a unas pocas horas de la sofocante ciudad

Los pájaros en los árboles que rodeaban la ruta de salida estaban extrañamente alterados, con el bullicio propio de las horas previas al amanecer, una algarabía multitonal que hacía juego con nubes danzantes de mosquitos y abejas sobre el asfalto cual si fuera un acto teatral hipnótico. No fui el único que reparó en aquel extraño comportamiento animal; el conductor de un camión estaba parado en medio de la carretera contemplando estupefacto esa escena, mientras una cola de autos, que en vez de pitar de manera desenfrenada como sería lo usual en una situación semejante, simplemente observaban, ya no tanto a los animales sino al barrigón hombre con la mirada puesta en la vereda: reflexivo, inerme, apático a todo lo que le rodeaba.  Nadie quiso sacarlo de su trance, bordearon (y bordeamos) el inmenso camión y continuamos nuestro recorrido.  Sentí un escalofrío al ver por última vez su imagen en el retrovisor, era el presentimiento de que algo nada bueno ocurriría en ese lugar.

Al llegar a una pequeña bomba de gasolina dejé que el islero llenará mi tanque sin tan siquiera cruzar una  palabra.  Cuando terminó,  encendí el carro y reanudé mi camino, el hombre con una gorra sucia que lo protegía de un sol indiferente continuó su labor con otros autos que llegaban, de manera automática, la misma manera con la que yo había salido sin pagar, y mientras los kilómetros se sumaban me preguntaba extrañado por qué no me había cobrado y aún más, por qué yo no había pagado, era consciente que aquello no debía ocurrir, pero no sentía ninguna culpa, no había percepción de algo malo en ello, algo semejante a cuando se cometía  un delito en un sueño y el despertar restauraba la tranquilidad. 

Sentí miedo, detuve el carro y bajé para despejar mi mente; algo no estaba bien, las montañas aunque seguían siendo las mismas desprendían girones de nubes hacia el cielo asemejándose a  las pinturas de las salas de espera, el aire se respiraba inmaculado, con esencia de flores fecundadas por abejas y aromas de frutas desconocidas. Era como si me estuviese adentrando en el Edén bíblico ya no protegido por el ángel de la muerte.  Todo parecía tender hacia la perfección, hasta notaba que  la molesta presbicia  prometía mayor claridad visual.

Seguí mi camino, a mi lado el río Magdalena turbulento mecía champanes con hombres de cuerpos peludos sujetando con firmeza sus redes repletas de peces, - bocachicos – susurré,  (gracias a mi nuevamente, excelente visión)...los mismos que desde hace años no crecen en estas aguas.

Luego de horas de viaje sin cansancio paré en un pequeño puerto, había un desfile de carrozas acuáticas con mujeres desnudas coronadas con plumas multicolores que saludaban con besos mientras lanzaban dulces de pata a un pequeño grupo de mujeres con reboso y faldas largas que las ovacionaban en la orilla.

¿Qué me pasa?, pregunté,  - esto no puede ser real -  el viaje era eterno, el día una continua mañana, al cuerpo le era indiferente el cansancio y lo peor de todo,  aquello no me resultaba extraño. 

- Me dieron burundanga-  fue la explicación más lógica, pero todo era tan simple y real que lejos estaba de ser un delirio psicotrópico.

 

¿Será que morí y aún no me he dado cuenta? Como ocurría en esas películas de ficción que tanto me gustaban.  Pero al traer todo a mi memoria,  no había vacíos que pudiesen explicarlo.  Quise llamar a mi casa e inconscientemente busque algo sólido y plano en mi bolsillo, no encontré nada, y tampoco comprendí muy bien por qué había realizado ese movimiento; - cosas para llamar - expresé en una frase vacía y sin sentido, y sin entender muy bien todos esos rituales de manos en los bolsillos decidí seguir la ruta en espera de llegar pronto a mi destino, mientras en mi mente una y otra vez se repetía la palabra célula... ¿célula de qué o para qué?

Finalmente la tarde fue llegando, a lo lejos vi mi pueblo natal, no pude evitar que los ojos se me aguaran, las montañas azules cubiertas con bosques de niebla desprendían luces que luego se transformaban es serpientes doradas voladoras y aladas que jugueteaban bajo los arreboles de un sol en lontananza.

Las calles eran las mismas, las paredes de las casas viejas seguían pintadas con la misma cal que acumulaba siglos de polvo, perros callejeros discutían en alguna esquina y los naranjos de los patios desprendían un aroma que saturaba con frescura hasta el último rincón de mis pulmones.

Llegué a casa de los viejos y allí, en el patio externo que antaño servía para secar el café o el cacao, decenas de personas reían y hablaban desparpajadamente sentados en taburetes de cuero. Mis abuelos estaba dentro ocupados en los quehaceres de la cocina. Quien rápidamente notó mi presencia fue la vieja Bonifacia, la madre de mi abuelo, de quien solo guardaba un vaporoso recuerdo: un rostro demacrado en un ataúd de madera.  Me saludó con alegría, con sus toscos dedos acarició mi cara y me recomendó que dejara tanta trasnocha, que eso envejecía a la gente. Al momento mi abuela me saludó y puso en mis manos  un pocillado de aguapanela con un trozo grande de pan aliñado.

Ahí estaban mis padres, mis abuelos, los abuelos de mis abuelos y los hijos de estos con sus hijos y las esposas de ellos con toda su progenie traviesa.  No tenía la menor duda, estaba muerto, en qué momento no lo sé, pero eso era lo más cercano a la idea del cielo que siempre había guardado con esperanza.  Con discreción abandoné la casa y recorrí las calles que tantas veces había cruzado en mi niñez, tropezando de vez en cuando con algún trompo extraviado, para llegar finalmente a las puertas del templo parroquial...no había sido un buen creyente, y ahora lo menos que podía hacer, y recordando los sermones de algún cura, era agradecer a mi Diosito que a pesar de toda mi licenciosa vida no hubiese terminado en los calderos del infierno.

Entré y un frío me recorrió de cabo a rabo, en el lugar donde esperaba encontrar al cristo crucificado estaba la imagen hiperrealista rodeada de flores coloridas y cirios de exquisito aroma del hombre loco que había visto en la mañana.  No supe que hacer, quedé en algo parecido a un shock. Una mujer morena de hermosa cabellera se levantó de una banca cercana  y con voz calma me sacó del estupor.

- No,  no estás muerto, tampoco bajo los efectos de ninguna droga,  está es la realidad, la única y verdadera.- 

Hice una mueca de incredulidad. Y ella con paciencia lo explicó todo

En la mañana de ese día a eso de las 8 am Dios había descendido de los cielos y se había encarnado en un vulgar vagabundo que parado en un cruce de calles, en todas las ciudades del mundo, había iniciado su función de controlador de tráfico.  Tan bueno había sido su trabajo que fue condecorado por el alcalde y luego por el gobernador, (en nuestro caso particular, pues cada región del planeta lo documentaba semejante mas no igual) dónde paso a ser parte de su gabinete, desde allí, a eso de las 9 am dirigió la oficina de asuntos insectarios y pajareros, lo que le mereció una reunión extraordinaria con el presidente y sus ministros, los cuales al unísono, lo nombraron presidente eterno, y cuya primera ley fue el subsidio completo de la gasolina y la extensión de los caminos sin peajes, con su respectivo festival acuático según el trayecto.  A eso de las 3 pm recordó que había sido crucificado por otros humanos de otra época en otros  tiempos y temiendo que lo volvieran a linchar, se  declaró amo y señor definitivo de la creación.  El resto ya era deducible;  finalmente y para gusto de millones de creyentes, estábamos en el reino de Dios...pero aquello no era necesariamente bueno.  Como muchos herejes, apóstatas y proscritos en siglos y siglos de rebeldía lo habían sospechado, hoy precisamente se había confirmado lo que tanto se temía…Dios estaba completamente loco.

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