latecleadera

domingo, 30 de julio de 2017

Teresa y luis



Luis coronado vivía  con su hermana Teresa en una casa maltrecha al borde de una pendiente a la salida del pueblo.   Era (o es) una casa  de bahareque, anden  alto  para poder sentarse en él y ver pasar los días, una sala pequeña y limpia  con piso de cemento pisado, marrón y brillante, dos habitaciones alejadas de mi innata curiosidad infantil  y un solo corredor con piso de barro no mayor a tres metros, terminando en un rincón  oscuro y negro de hollín donde quedaba la cocina con su horno de leña.  Los baños a pocos pasos de allí hacían equilibrio al borde del barranco - como toda la casa-.  Era una panorámica extraña: una labranza de café, cacao y plátanos,  con árboles inmensos dispersos donde los pájaros y las cigarras hacían de las suyas.  al parecer vivía alguien más con ellos, otro hermano, creo que  el más joven, el más versátil,   y si la memoria no me falla murió cuando yo  era un adolescente.  olvidé su nombre... Solo lo recuerdo alto…como todos los adultos a la mirada de un niño. 

Mi tía  me enviaba allí  a comprar las yucas que Luis cultivaba en aquella pendiente  o por hierbas para algún remedio o  a dejar algún tipo de presente cuando mi tío traía comida de más a la casa.  en ocasiones me mandaban  con la sopa que había sobrado del día o cosas por el estilo,  la mayoría de las veces me recibía Teresa, una mujer un poco mayor que mi tía, tal vez rondando los 60 o más años, de corta estatura, delgada pero de contextura fuerte, cubierta con vestidos de tela con bordados de flores, la mayoría de ellos de tonos oscuros; cabello negro largo peinado a la mitad y recogido en una moña sencilla, y unos pies planos y cuadrados con un callo en el talón de varios centímetros de grosor, no recuerdo nunca haberla visto calzada.  Hablaba rápido y suave con un toque nasal, se alegraba al verme y me comentaba y preguntaba montones de cosas de la vida cotidiana que yo no sabía y que ella misma en un susurro se contestaba mientras me servía una taza de café negro y frío y un trozo de pan.  Caminaba por las calles del pueblo  hablando con cuanto paisano encontrara  y era la surtidora de escobas de monte para la casa, allí llegaba con las mejillas rojas y escurriendo gotas de sudor por la frente luego de una jornada de arrancar maleza en los potreros para formar una escoba de hierbas con la cual se barría la casa, dejando un aroma a monte, a montaña, algo exquisito. 

Pero hay dos situaciones particulares por las cuales recuerdo a esta mujer; la primera,  cuando ya me había graduado como médico  y en uno de aquellos arrebatos de altruismo y bondad compraba  mercado para llevarle.  En una de esas oportunidades, una tarde de sábado, llegué a su casa,  y entrando sin golpear, como era lo usual si la puerta estaba abierta,  pasé directo a la cocina donde la sorprendí preparando un caldo insulso para la cena. La saludé y le entregué el paquete sin mayor protocolo, ella sonrió, sacó cosa por cosa mientras decía para que le servirían  y las iba guardando en tarros y calderos,  luego para  mi sorpresa, tomó una olleta de la hornilla, sacó un vaso algo sucio del lavadero, lo limpió con su mano y con un trapo de dudosa higiene, sirvió en el algo de aguadepanela  (más agua que panela)  y de uno de aquellos calderos hizo aparecer  una bolsa con el único pan de 200 pesos que  le quedaba, me lo pasó, y no me dio  opción de rechistar.  Fue un gesto de desinterés y humildad que me conmovió.   

La segunda situación por la cual la recuerdo fue cuando mi tía murió, ese sábado en la tarde  después de  llegar en el carro de la funeraria, depositamos el ataúd en la sala, había pocas personas; mis abuelos y dos vecinas: doña Rosalba y luz Dary,  la noticia aún no se había regado, por lo que no había curiosos y visitantes,  las flores las traía mi esposa que llegaría en unas horas de Neiva.  Y allí, en un atardecer como tantos, con el sol  a punto de caer sobre las montañas y el canto de unos pocos pájaros en los naranjos, apareció Teresa por la puerta, pequeña, con su cabellera cana, susurrando para sí como siempre,  se acercó al ataúd, vio a mi tía en él, soltó unas lágrimas mientras decía

“nos dejó mi amita, lástima que se fue mi amita”

y dejó un pequeño manojo de flores moradas que había recogido del camino o de algún potrero lejano, como lo hacía con las frondosas escobas que años atrás llevaba,  esperó unos minutos mientras rezaba algo inentendible y salió.  Murió poco tiempo después, las causas y los pormenores no los supe, me enteré uno de los tantos fines de semana en los que visitaba a los abuelos en el pueblo.  Aún tengo pendiente llevarle un pequeño ramo de flores moradas a su tumba.



Luis  siempre fue sordo por virtud, hombre de caminar pausado, rasgos indígenas francos,  con una piel blanca percudida por el sol, tenía ojos pequeños y vivaces  y una sonrisa tatuada en el rostro, hablaba y hablaba aún más que su hermana, solo que este lo hacía a ritmo lento, era común verlo entrar por el portón de la casa, saludarme con un efusivo “hola hijo” y sentarse en uno de los taburetes de la cocina a charlar y charlar en compañía de un buen café.    Hombre trabajador  de manos callosas, entregado a la tierra, de pensamiento simple pero práctico.  Presenció el decaer de mis tíos, y aun en los últimos días se le veía entrar en la casa  o si no,  golpear estruendosamente la puerta para entregar una de las dos yucas que había cultivado con esmero. 


Cuando  la casa estuvo sola, yo en ocasiones llegaba un fin de semana y veía el patio pulcramente desyerbado, había sido Luis,  alcancé a pagar tres o  cuatro  veces su trabajo, pero luego se perdió, pregunté por él y me contaron que lo habían llevado al ancianato para que terminara sus  días en  tranquilidad y comodidad.  Semanas después mi abuela me comentaba que  ya no estaba allí, que no lo soportaban, el encierro había despertado esa parte rabiosa que estaba guardada en algún lado, de modo que no veía ningún problema en darle con un palo a las monjas que lo cuidaban o escupirle cualquier palabrota inentendible al personal del asilo, al final optaron por dejarlo libre, como siempre había querido estar.  

Los años le cobraron factura,  además de sordo se estaba quedando ciego,  no recuerdo si tenía los ojos claros per se  o  las cataratas le daban ese color.  Seguía yendo a su labranza a cultivar no sé qué, comía donde los vecinos o en ocasiones en el ancianato (cuando el mal genio que le evocaba el lugar se lo permitía) y dormía en su casa  al borde del barranco.    En ocasiones lo veía pasar frente a la casa o me lo encontraba en la calle,   en otros tiempos era él quien me saludaba alegre, ahora tenía que ser yo el que me le paraba en frente, para que detuviera su marcha y me reconociera, o le tocaba el hombro para que enfocara sus ojos blancos pequeños y vivaces.  Sonreía sinceramente y en su jerigonza inentendible solo lograba acertar un “hola hijo” y “Neiva” o “niño” yo a todo respondía que sí, suponiendo que preguntara por mi trabajo y mi hijo. Se despedía efusivamente de mano, y seguía su camino con paso pausado y tranquilo.   Murió un día del 2013, luego de rodar por la pendiente que tanto había querido,  lo encontraron al borde de la carretera malherido, fue llevado rápidamente al hospital del pueblo donde en una camilla dejó escapar su último aliento.  El mismo terruño que durante años le dio su sustento fue el mismo que tomó su vida a cambio.  ¿Cuantos años tendría?  ¿80?  Si no hubiese caído, posiblemente hubiese llegado a los 100.