latecleadera

lunes, 9 de mayo de 2016

Recordando a mis amigos "los profes"


En mi primer día de clase -me imagino que fue un lunes de febrero- como solía suceder a menudo en mi pueblo, las mañanas eran frías con una densa niebla cubriendo los techos de las casas y desparramándose por la calles sin pavimentar o en el mejor de los casos acompañada de una llovizna tenue y vitalizante.  Ese día no solo hacía frio, sino que la niebla espesa que había retrasado el amanecer  traía consigo la lluvia  con la fuerza suficiente para empaparlo todo y desprender las hojas del samán del parque para luego dejarlas correr en los arroyuelos que se formaban a los costados de las calles. Por suerte mi tía había alcanzado a llevarme al kínder antes que el chapuzón cayera y allí en compañía de otros niños con miradas perplejas y algo despistados, posamos temerosos ante las cámaras y las miradas de no sé cuántos padres de familia que orgullosos acompañaban a sus hijos.  

Esa mañana este introvertido personaje sentado en un pequeño asiento de madera, confundido por aquel alboroto,  llamó la atención de una mujer de sonrisa amable, ojos pequeños y pómulos grandes,  quien pensando que yo estaba a punto de desparramar las primeras lagrimas me entregó un muñeco de tela con forma de chimpancé,  relleno de algodón y con un esqueleto de metal. Lo tomé y lo abracé y en mi curiosidad empecé a buscarle la parte dura que estaba en su interior, de algún modo le saqué un alambre, lo cual me asustó,   cuidadosamente  lo dejé en un rincón mientras con precaución me alejaba del sitio del delito.  Ese fue mi primer contacto con una profesora. Ella era la profesora Nohora, la que se encargaba de los niños más pequeños del preescolar -en los cuales yo no clasificaba- pero que de todas formas había buscado el método para alegrarme el rato. 
Mi profesora era una monja italiana de la orden  del “divino amor”, se llamaba (o llama) Vicenzina, o al menos así le decíamos; a pesar de su carácter fuerte era  cariñosa y amable con sus pupilos, le gustaba el orden y con voz firme lo hacía cumplir, pero también reía  cada rato y puedo jurar que disfrutaba el verse rodeada de mocosos no mayores de 7 años.  Era alta (todos los eran) y tras sus gafas, su velo  y su hábito blanco cubierto con un delantal azul celeste,  ocultó su edad, bien podría estar en sus veintitantos o en sus treinta y muchos o posiblemente en sus cuarenta y pico, un completo misterio,  me imagino que ese es un regalo que  da el dios cristiano a sus sirvientes, el don de la edad indeterminada. 




Para ser monja tenía una maravillosa afición por la música y el baile.  Aunque solo fue un año de kínder  y por razones que se explican en procesos cerebrales complejos sobre percepción temporal,  aquel año fue  un enorme lapso de tiempo, como toda una vida dentro de la vida, la cual  disfrute a no dar más.  Se empecinaba en  enseñarnos cualquier variedad de coreografías  de vals y no sé qué más ritmos europeos, embutiéndonos en trajecitos coloridos ajustados al cuerpo, dando salticos con aros en las manos en unos círculos de color amarillo que había dibujado en la cancha; girando, saltando de derecha a izquierda, adelante y atrás, solo o en compañía de la niña de ojos verdes y cabello rubio,  cada día, todos los días… que suerte tuve que en aquel entonces el reguetón solo era una hipotética pesadilla futurista  y que la monjita poco sabia de ritmos tropicales, cuál hubiese sido mi sufrimiento con cumbias, bambucos, guabinas o  Wisin y Yandel.  Sé que la memoria es poco fiable, pero recuerdo que me enseñó los números hasta el catorce (me percaté de ello cuando en una tarea de matemática descubrí que todas las sumas de 7 +  7 daban lo mismo, ¡era increíble!) también  de su mano descubrí que al pintar la bandera de Colombia, si no se tenía cuidado al repasar con tempera los bordes amarillos y azul aparecería el verde, era como magia.  Posiblemente fue la monja más activa de la comunidad; era la encargada de administrar el preescolar, tocaba el viejo órgano de la iglesia inundando el templo con sonidos graves y sostenidos que despertaban las golondrinas del techo, organizaba el coro de la parroquia  y así como a nosotros nos ponía planas de matemática,  a las señoras les ponía a practicar el canto y trascribir los himnos  de la misa, a nuestro señor Jesucristo se le cantaba bien, bonito y con fuerza. La navidad la engalanaba con todas las de la ley;  guirnaldas y bolas de cristal reluciente, pesebres coloridos, panderetas, moños, villancicos y tunas…si tunas en un pueblo perdido en las montañas.  De algún lugar  sacó un montón de tambores, triángulos, trompetas y trajes coloridos, con los cuales uniformó a los adolescentes del colegio y creó la banda de guerra, al día de hoy no sé cuántas melodías se entonaran, pero la que ella armó, la que organizó en escuadrones de a cuatro, con la marcha de dos pasos adelante y uno atrás, siempre fue la misma,   ceremonial y contundente,  dos o tres melodías repetitivas y vitales como los latidos del corazón; con ella se le daba el toque de importancia y sobriedad a cuanto suceso se desarrollase en el pueblo, desde la celebración de las fiestas patrias hasta la siembra de un árbol.   Lo último que supe de ella fue que viajó (o fue enviada) al Perú, no sé si aún está allí, si aún vive o ya murió.




Después de graduarme con honores en el kínder ingresé a la escuela “Camilo Torres” un nombre algo revoltoso para un pueblo de godos, pero según tenía entendido me matricularon allí porque las profesoras eran mucho más amables y pacientes que las estrictas y amenazantes  de la escuela “Daniel Castro”, y eso para mí fue un alivio,  ya tenía información de los reglazos y coscorrones que uno se podía ganar si no hacia las cosas como se debían, y eso no me simpatizaba en absoluto.  Además en la “Camilo Torres” enseñaba la hermanita Rosalba, una monja amiga de la familia y quien sería la encargada  del primer grado. 

El título de hermanita se lo había ganado por ser un alma de dios;  de voz suave, gestos conciliadores y sonrisa de mujer culta y jovial.  Y claro, además era una monja, de eso me enteré después, por algún razón casi nunca utilizaba hábitos, a lo mejor era como “la novicia rebelde” o “la monja voladora” que yo veía en la tv.

Al parecer nunca fui bruto, me iba bien en la escuela, aprendía las cosas rápido, por lo cual nunca me gane un regaño ni nada que se le asemejase, solo en una ocasión nos castigó, cuando cinco de nosotros  decidimos volarnos de la escuela luego que ella se  demorara  en llegar a clase,  tomamos rumbo a las afueras del pueblo, al vivero municipal, a pescar renacuajos y peces en un lago que allí se encontraba.  También un día dio una extraña lección de justicia cuando después del recreo, y ante las acusaciones de los niños de que ciertas niñas tenían piojos, nos hizo hacer fila y uno a uno nos revisó la cabeza para ver qué tan cierto era todo lo que decíamos, al final quedaron dos grupos, en un lado el de las niñas, al cual no le había encontrado ni un bicho y el grupo de los niños el cual estaba infestado de liendras y piojos,   todos nos quedamos callados… ahora que lo recapitulo,  me doy cuenta que hubo gato encerrado.

Esta  monjita, o mejor hermanita, sería quien me iría inculcando el amor a los libros, fuera de la escuela me regalaba unos pequeños cuentos de color amarillo, de no más de 8 hojas en las que estaban resumidas muchas de las obras de la  literatura clásica: Gulliver, Aladino, algunas fabulas y cuentos todos ellos apretujados en un formato  de 10 x 10 cm con   dibujos incluidos.  Volvería a ser mi profesora de religión en el colegio, y en el mundo de la estupidez del adolescente y la mentalidad de provincia, un día poco antes de terminar el bachillerato nos llevó   al templo y en uno de sus sencillos discursos nos dijo que ante todo había que luchar por nuestros sueños… murió pocos años más tarde, no recuerdo de qué, tal vez de vieja, tal vez tenía más años de los que demostraba, tal vez su amor a la vida la había tenido en pie por siglos y siglos.

Como los recuerdos con el paso de los años tienden a ser confusos, creo que a partir del segundo año dos o más profesoras se encargaban de un grado, de lo contrario no encontraría explicación para la imagen que tengo de seis de ellas distribuidas en 4 años. 
En el segundo grado llega a mi memoria la profesora Elcira, mujer que a mi parecer de aquellos días, ya contaba con sus años encima, pues mostraba  la misma edad que mis tíos abuelos, además se expresaba como ellos y hablaba como ellos, con el característico acento huilense, un hablar cantado y fuerte que en ocasiones terminaba en una sonora carcajada. Nos dio pocas clases, no guardo muchos anécdotas de ella, solo que mi compañerita de pupitre era su sobrina;  una niña de cabello rubio, ojos verdes con la esclerótica aun azul como la de los bebes,  nariz fina y minúsculas  venitas azules que surcaban su estilizado rostro en los días que el frio aumentaba. 




Es también  en ese año cuando recibí clases de la profesora Elvia, de la cual decían mis compañeros,  nunca dejaría que yo perdiera  pues era la esposa de un tío, por lo tanto vendría siendo tía mía, aunque yo no lograba encuadrarla bien en mi organigrama familiar,  los roles que cumplían la multitud de tíos que me rodeaban estaban  bien definidos  en mi cabeza.  Era una mujer de hablar calmo, no recuerdo haberla visto enojada,   de ella me quedan pocas imágenes escolares,  quedó en mi mente como la mamá de mi primo Euler, quien sería uno de mis mejores amigos en todos los años  de colegio, durante mi carrera universitaria y algunos años después,   luego cada uno  formaría familia, tendría hijos y nuestras esposas acapararían el tiempo que bien podríamos invertir sentados en alguna esquina tomando cerveza o hablando paja.  

Cuando viajo al pueblo en ocasiones la veo cruzar alguna calle, en ocasiones la saludo, en ocasiones me pregunta por mis padres. Fue  quien me dio mi primer libro de texto, una cartilla de lectura llamada “globito mágico”, donde erróneamente la firmó como John Fredy -como aun algunos me llaman-.  La cartilla a pesar de los años aun esta en mi poder, algo maltrecha, le faltan algunas páginas y tiene algunos garrapiños, pero cuando me queda tiempo  leo nuevamente sus lecciones de español para niños y me diluyo en sus ilustraciones de acuarelas  de predominante color verde, recreando las historias  de Jairo Aníbal Niño o recitando la ronda de los enanos o el poema de la mariposa que gira y gira junto al milagro de blanca rosa del escritor Eleazar Libreros.




Es en este año o en el siguiente -no podría asegurarlo- cuando aparece la profesora  Argenys, una mujer de corta estatura como todas las de su familia, quien por alguna extraña razón me encaminó por el mundo de la literatura,  puede que la memoria me falle pero fue ella quien me entregó como material extra escolar una edición en papel  barato de los cuentos de Rafael Pombo, con dibujos en acrílico o temperas algo toscos, pero que inevitablemente me llevaron a leerlos y recitarlos por iniciativa propia una y otra vez, cuanto desearía tener hoy uno de aquellos cuadernillos, pero al finalizar el año mi tía me dijo que tenía que devolverlos.   La última vez que se dirigió a mi como una maestra de escuela fue a los pocos años, cuando me encontró ensimismado en uno de los juegos de mesa de arcade  “batalla espacial” en el negocio que administraba mi papá frente al parque central, rodeado de varios adolescentes y niños mayores que no eran precisamente una buena influencia.  Me miró y me preguntó si mi papá me dejaba estar allí, yo le respondí que sí, con la mayor tranquilidad del mundo, era el año 89 pues para esas épocas nacería mi hermano Jorge, y fue de los trabajos de papá que más disfrute…tenía un negocio de juegos electrónicos.

Los años tercero y cuarto estarían a cargo de la profesora Carmen y la profesora Mariela. Lo bueno de crecer en un pueblo pequeño, es que a pesar  de que dicen  “pueblo chico infierno grande”  también se comporta como una gran familia;  los compañeros de clase serán los mismos con los cuales se jugará en la calle y en vacaciones,  y encontrarlos disponibles para cualquier travesura será cuestión de solo caminar una o dos cuadras,  lo otro es que los padres de algunos de ellos sean nuestros profesores, de modo que no contentos con verlos en clases, también los encontraremos cerca de nuestra casa o en el mejor de los casos en sus mismos hogares haciendo la tarea que ellos mismos han ordenado.  Ese era el caso de la profesora Carmen, era la mamá de Marcela Andrea, una de mis compinches de colegio, aunque en las épocas escolares no fue mi amiga pues iba un año más adelante y por alguna desconocida razón en ocasiones los hijos de maestros y especialmente las hijas se las dan de mucho café con leche. Así que la profe Carmen pasó a ser lo mismo que la profe Elvia, la mamá de una de mis amistades, y para completar, una de esas amistades adolescentes.  Nunca se tuvo que preocupar por mí, yo siempre fui el típico “buen amigo” (friendzone la llaman hoy en día) tal vez por eso cada vez que me veía soltaba una risita, esa que uno debe soltar cuando ve un ñoño por ahí dando vueltas.  Como vive en la “zona rosa” del pueblo cada tanto la saludo, así sea solamente levantando la mano cuando paso en el carro de salida, sentada frente a su casa,  puedo  jurar que todavía suelta esa risita que uno debe soltar cada vez que ve un ñoño dando vueltas por ahí.

Con la profesora Mariela la cosa era diferente, tenía el honor  de ser la más brava de la escuela y como tenía un problema en una pierna siempre andaba con un bastón, cosa que enfatizaba su reputación, no quisiera uno sacarle el mal genio y terminar con ese palo en la cabeza.   Era quien más fuerte hablaba de todas, y a la que se le caminaba finito, uno no se hace la  fama porque si, a tal punto que en una evaluación se me acercó para revisar lo que estaba haciendo, un frio recorrió mi espalda, pero con su voz aguda me felicitó  y me dijo que estaba bien y siguió su camino, desde entonces comprendí que mucho de lo que hablaban eran solo cuentos para asustar.  Algo curioso con ella es que parecía no envejecer, luego que yo dejara la escuela, el colegio y la universidad siempre la veía igual, tal vez era por el hecho de ser soltera, eso debe tener sus ventajas a largo plazo, pero hace pocos meses la vi por las calles de la ciudad y debo confesar que en esta ocasión no la vi tan joven como creía que estaría.

El grado quinto seria de nunca olvidar, primero por el hecho de ser el último año de escuela, y segundo por todo aquello que aprendí, mi maestra fue la profe Deicy (pueden pasar los años pero un profesor siempre quedara con el pronombre de “profe”) una mujer blanca como la luna, de nariz grande y cabello oscuro que creaba un marcado contraste con su piel,  tenía una voz fina, casi infantil y una paciencia infinita,  y lo digo porque fue en ese año cuando,  en palabras de mi tía abuela “nos abrieron los ojos muy pronto”.  Fue la encargada de dar respuesta a la tenebrosa pregunta “¿de de donde salen los niños?”.  No sé ahora cómo se explicara esa vaina, y eso que ya tengo un hijo que en pocos años entrara a la adolescencia, pero  que cuenta con el conocimiento suficiente de biología para que en determinado punto de respuesta a todas sus inquietudes de ámbito natural, a tal punto que ya tiene  claros conceptos sobre evolución y adaptación de especies, de modo que eso de la educación sexual y el tabú que ello conllevaba  ya deben ser cosas del pasado, y de no serlo espero que mi esposa sepa dar buena respuesta a ello.  Pero en aquellos años, los fundamentos biológicos y demás eran nulos, y cuando digo nulos son nulos. 

Yo nunca me comí el cuento de la cigüeña ni la lavandera ni nada eso, no era pendejo, era
claro que los niños estaban en la barriga de la mamá (tengo bastante hermanos) y  tenían que salir por algún lado; postulé todos los orificios del cuerpo pero no me cuadraban los diámetros, me imaginé que el ombligo,  aparte de guardar mugre,  tenía que cumplir alguna función en ello, pero no profundicé mucho en el tema, lo zanjé fácilmente con  algo semejante a una cesárea, que se suponía era realizada  por un doctor,  todas las señoras embarazadas iban al hospital, ergo, el doctor resolvía el problema con alguna técnica por el ombligo, la duda que no podía resolver era como había hecho la virgen María para tener al niño Dios si en aquellas épocas no había médicos.   La profesora Deicy se encargaría de resolverla.  Sobra decir que yo creía en la generación espontánea de los niños en las barrigas de las mamás, el papá solo cumplía funciones de proveedor de insumos comestibles y servicios del hogar.   Tamaña sorpresa me lleve cuando muy tranquilamente un mañana en clase de naturales la profe fue explicándonos como era la cosa, eso sí  muy académica y profesionalmente, al finalizar su exposición preguntó que quien tuviese dudas levantara la mano, el noventa por ciento de los que alzamos las 2 manos  fuimos los niños, mientras algunas niñas se reían con expresión de condescendencia,  yo levanté dos veces la mano para que me respondieran la misma pregunta, pues en el primer intento no entendí muy bien…




Al terminar la escuela solo regresé a ella una sola vez, uno o dos años después, y fue algo incómodo pues un grupo de profesoras que se encontraba reunida con la directora, -la profe Mercy- al escuchar mi saludo, me dijeron en tono picaron que como me había cambiado la voz, que ahora tenía la voz gruesa, de hombre.   Yo me puse colorado, solté una risa boba y seguí mi camino.  Hoy en día eso calificaría de bulling. 

El colegio fue diferente pues no había un profesor por grupo sino por materia.   Entré a formar parte de 6B, no estaba tan pequeño como para estar en 6A ni tan viejo y mañoso como para caer en 6C,  como diría alguna amiga esotérica “es que soy libra”.  El grupo de docentes de bachillerato a diferencia de la escuela era ligeramente de predominio masculino, ya era hora de abandonar el matriarcado educacional  el cual había llevado mis primeros 6 años de estudio.


La primera clase correspondería con el director de grupo, el profesor de sociales, el famoso y recordado profesor Hermes, un hombre de pelo en pecho que mostraba orgulloso por sus camisas desabotonadas casi hasta el ombligo, barriga enorme, postura altiva y mirada penetrante, reconocido por tener un carácter fuerte en ocasiones irascible, y quien enriquecería nuestro vocabulario;  El primer día nos dijo “grupo de semovientes” como ninguno sabía que era un semoviente nadie dijo nada y lo tomamos como un cumplido, luego cuando le sacábamos con facilidad el mal genio conjugaba adecuadamente el verbo,  adjetivo y preposición “hijueputa” en todas sus formas y modos.  Nos dejaba asombrados, hasta el último día de estudio el último año, la capacidad que tenía para recitar fechas, personajes históricos lugares y más, ¿Cómo carajos hacía para saber todo eso? Cuanta cosa uno preguntara a esa le tenía respuesta, por lo cual sus clases eran lo mas  amenas (al menos para el que le gustara la historia) nos enseñó a tener una mirada crítica ante la realidad, a no tragar entero, por eso mismo  mi tía no lo pasaba del todo, pues decía que él era el profesor comunista y ateo del colegio.  Para variar era el papá de Faruk otro de mis amigos de aventuras y con el cual  muy de vez en cuando salgo a tomar alguna cerveza y que como cosa curiosa hoy es profesor pero de biología. Y también era el papá de Valeska, la rubia bonita del colegio pero a la cual no todos le podía caer so riesgo de recibir una trompada de uno de aquello brazos musculosos.  Hace poco se pensionó  y vive cerca de mi casa, a unas pocas cuadras, como llevo  tiempo sin salir a tomar cerveza con Faruk hace rato no lo saludo, pero indiscutiblemente es de las personas con las cuales es ameno platicar entre madrazo y madrazo como dios manda.

Junto al algebra, el inglés era la materia que las mamás consideraban corchadoras,  este último principalmente debido al estricto método de enseñanza que había entronizado el docente encargado de dar lengua extranjera, el profesor Londoño; era toda una leyenda, todo el mundo susurraba que estaba loco, que era de mal genio y que con el fácilmente se podría perder el año.  En su primera clase sentí verdadero miedo, primero porque  iniciaba con el saludo en inglés y una oración -posiblemente el padrenuestro-  en este idioma, como éramos nuevos fue relativamente paciente en nuestras fallas pero era claro que eso no duraría mucho,  luego de unas semanas, una tarde cualquiera tomó el listado y aleatoriamente puso el dedo en alguno de los nombres allí escritos:
“polo haber, el verbo to be” 
Me levanté apretando todos los esfínteres y sin saber cómo ni donde se lo conjugue  en todos los indicativos, imperativos, subjuntivos, tiempos compuestos comunes y comunes subjetivos.  Me puso un chulito de aprobación y siguió con la lotería de la lista.  

Soy una bestia para el inglés porque el primer paso que di en la enseñanza de este idioma fue un mal paso.  Un día cualquiera a principios de aquel año escolar y mientras estábamos en su clase se presentó un altercado con uno de mis compañeros, no recuerdo muy bien cuál fue el detonante, pero la cosa se fue saliendo de proporciones y de una acción contestataria se pasó al grito, del grito al insulto y por último, entre el griterío de las niñas, a un puño en el estómago del estudiante.  Según nos decían, al enojarse al profesor Londoño se le subía la sangre a la cabeza que le calentaba la placa de platino que tenía en ella y lo hacía explotar de rabia.  La algarabía detuvo las clases por esa tarde y el profesor renunció o fue trasladado a otro colegio.  Durante unas semanas no tuvimos clases de idioma extranjero lo cual no es que nos molestara mucho pues esas horas las utilizábamos sabiamente en charlas bajo las ramas de los árboles del inmenso patio del colegio o correteando por los pasillos del bloque en el cual teníamos el salón. 

Con la nueva profesora no tuve suerte, era de apellido Houghton  y más que docente era una mujer de avanzada que estaba llenando el hueco mientras nombraban a alguien de manera permanente.  Como era de familia adinerada sus conocimientos de inglés los había obtenido posiblemente de sus propias experiencias en el extranjero, pues fue clara al decirnos que lo de ella era el inglés británico y no tanto el americano (y yo a duras penas podía conjugar el to be) era una mujer que estaba en esa etapa en la que aún siendo jóvenes  son ya maduras. Era amable, grácil, dulce, algo narizona pero bonita  y tenía un par de preciosas, redondas y firmes tetas que danzaban tras su blusa o vestido mientras recorría el salón dando la clase, nunca pude concentrarme en su presencia, solo había espacio para ver la  silueta que dibujaban esas hermosas e inalcanzables tetas.  Por desgracia o fortuna, solo estuvo unas pocas semanas, fue remplazada por otra profesora, alta, delgada, de cabello largo y oscuro y cara bonita, pero que paso sin pena ni gloria, pues no recuerdo ni su nombre,  solo estuvo como dos o tres meses y renunció.  Finalmente llegó al cargo la profesora Yubany, y llegó cuando  el año se estaba acabando, de modo que en sexto grado  de inglés poco se aprendió.  La profesora Yubany si permanecería largo tiempo; era una morena alta, de andar lento y actitud pausada.  Según el plan de estudio de esos años, ingles se vería en 6° 7° 8°, noveno y décimo serian de francés y 11° nuevamente de inglés.  Ya había perdido el primer año, de modo que me quedaban los de 7° y 8° para recuperar… pero no se logró el cometido,  como la premisa de aquellos tiempos  era pasarla bien y estudiar poco, y al descubrir que el carácter de la profe se prestaba para tomarse de ruana la clase,  por muchas canciones, trabajos de grupo, evaluaciones y dinámicas encaminadas a que domináramos algún idioma extranjero, no se obtuvo ningún  efecto. en varias ocasiones y por distintos motivos le sacamos de sus casillas; como ejemplo,  cuando tuvo a su primer hijo y al no tener con quien dejarlo, lo llevaba a clase, el pequeño infante  también clasificó dentro del grupo  “con lo que se podía recochar” y luego de algunas lágrimas, opto por la sabia decisión de no complicarse la vida tratando de enseñarnos, se limitó a dar su clase para el que quisiese aprender y punto… yo de inglés aprendí muy poco,   y lo poco que aprendí lo olvide cuando entramos a ver francés, que de paso no es que hubiese aprendido mucho, y el poco  francés difícilmente asimilado,  lo olvide cuando de nuevo vi inglés, que de antemano ya había olvidado…en síntesis me quede con el español.

La vida da vueltas, cuando inicié mis estudios universitarios terminé hospedándome en la casa de la mamá de la profe Yubany, donde vivía en una modesta habitación, acompañado también en la misma casa por mi entrañable amiga Limbania que vivía en la habitación de al lado, don José un viejito que fumaba tabaco a toda hora y un auxiliar de enfermería que sufría de epilepsia y dormía en la sala adecuada  como habitación.




Mi primer profesor de español fue el profe Darío, siempre orgulloso de su ascendencia caleña, con un caminado que bien podría decirse que tenía su “tumbao”  aunque nunca supe si tenía gusto por la salsa o la música tropical, solo sabía que tenía una dulce atracción por el licor que dejaba entrever en los ojos grandes y rojos con los que llegaba en ocasiones a clase.  Al parecer su misión en la tierra era darnos a entender que la vida sin un diccionario no valía un carajo.  En los dos o tres años que me dio español,  la tarea principal era que cuanta palabra rara o que no conociéramos (como semoviente), la anotáramos en un papelito, buscáramos su significado y la ingresáramos a una caja debidamente organizada con separadores en orden alfabético que a final de periodo debíamos entregar.  Por algunos días lo hice, luego la cosa se fue complicando porque o bien olvidaba escribir la palabra, o si la escribía olvidaba consultar su significado, o no escuchaba palabras raras ese día, o si las escuchaba simplemente las dejaba pasar y que la cajita esperara para más rato,   y cuando el día de entrega  se acercaba, con diccionario en mano  llegaba a altas horas de la noche (en esas épocas 11 pm) transcribiendo cuanta palabra saliera al azar y rogando que el profe no leyera eso y me preguntara donde la había escuchado.  También se interesaba porque sus pupilos estuviesen al día con el acontecer noticioso del país, de modo que en cada clase y antes de iniciar al tema, aleatoriamente sacaba dos o tres alumnos para que comentaran cualquier noticia que hubiesen escuchado.  Como los noticieros no entran dentro del menú de una persona hasta después de los 30 años  y aunque mi tío abuelo al medio día colocaba “radio surcolombiana” o “todelar” donde se hacía un recorrido por los hechos de cada municipio o en las noches si no se iba a misa después del minuto de dios eran obligadas las noticias de las siete, estas a no ser que hablaran de alguna cosa curiosa entraban por un oído y salían por otro, así que para evitarme tragos amargos un día diseñe mi propia noticia para cualquier ocasión:  un asesinato irresoluto en un pueblo cualquiera de Cundinamarca.  Y en efecto me salvó.

Cada tanto en sus dos horas de clase se creaba una mini jornada cultural, donde se debía  exponer alguna cosa, bien fuera un baile, una composición musical, un poema o algo científico, lo que importaba era salir con algo, y debo confesar que fue en una de ellas donde se cometió una gran injusticia:  un grupo de amigos optó por dar una función de rajaleñas (trovas de nuestra región) yo por mi parte me incline por dar una charla sobre la evolución estelar (ñoño) que de paso tenía un pésimo sustento científico y terminaba con un despropósito que hoy día me hace dar vergüenza, pero como en tierra de ciegos el tuerto es  rey…al final cuando evaluó todos los actos, al mío le puso una nota injustamente alta y a los rajaleñas una injustamente baja, ellos  reclamaron, pero su respuesta fue que no era lo mismo una investigación de ciencia que inventar algunas coplas… todavía despierto algunas noches empapado en sudor por las pesadillas que me evocan este suceso.   Tiempo después de mi grado renunció a su puesto y se trasladó a otro municipio, escribió dos libros (o tres ¿?) uno de cuentos y otro de acrósticos, ha salido en prensa y en la tv regional promocionándolos y si mal no estoy  actualmente vive en su querido valle del cauca.

La siguiente persona que me dio español fue la profe Luz Mery,  me imagino que cuando llegó estaría rozando sus treinta años, de piel trigueña, cabello oscuro, caderas anchas y piernas firmes, que según la jerga estudiantil se resumía en “esta buena la profe” algunos compañeros no ahorraban en piropos,  y quien no suelta una risita picara de satisfacción ante uno de ellos.  Fue la primera persona que me comparo con un personaje literario, una tarde, mientras estábamos reunidos planeando una función de teatro para una actividad cultural, dijo al grupo de cuatro o cinco estudiantes que estábamos con ella, que ya sabía cuál obra representaríamos, nombró a “crónica de una muerte anunciada” a esas fechas yo aún no había leído ni un libro de García Márquez y mis compañeros tampoco.  Una de mis amigas preguntó el por qué de esa obra, y ella se acercó a mí, me miro a la cara y sonriendo dijo que mis ojos eran los ojos de Santiago Nasar.   Yo no entendí, y no recuerdo al final que fue lo que escenificamos, pero tiempo después cuando vi la película, comprendí que por inculto y pendejo había dejado pasar así porque si el piropo de la profe buenona del colegio.  Este Santiago Nasar de hoy día  desconoce el paradero de la profe Luz Mery.

Mi última profesora de español es la siempre recordada profe Gladys, de porte elegante  y algo clasista,  estaba dentro de las docentes más estrictas del colegio, ante su presencia no se toleraba el desorden, la patanería, el mal vocabulario y mucho menos la ignorancia.  Como tenía aires de feminista nos puso a leer dos libros insufribles, “amor y pedagogía” y “casa de muñecas” y luego a realizar un análisis de ellos bajo la sombra de los árboles que conducían a las canchas de futbol y básquet.  Por suerte también nos puso a leer “siervo sin tierra” donde me quedó grabada la escena del pobre mano siervo, sacando con la uña larga y sucia que tienen todos los campesinos la mosca verde que había caído en la taza de sopa que sería su almuerzo.  A pesar de que muchos de mis amigos detestaban sus clases tanto por su contenido como por quien la daba,  confieso que aunque debía permanecer atento a mis buenos modales y otros aditamentos, era una de las clases que más disfrutaba, fue ella quien me llevó a enamorarme  de las letras, quien una tarde hizo que levantara la mano como cien veces ante el silencio de mis compañeros cuando se entró a tocar la temática del comic (que horas más tarde pasaría factura dentro del grupo de amigos, cuando me increparon por algo que no hice o dije pues “como no estamos en clase de español ahí si no habla ni mierda”) y literalmente me obligo a publicar en el mural del colegio un cuento que había escrito y a participar en un concurso institucional de literatura con una adaptación de un cuento de García Márquez. Como era la amiga de la mamá de mi mejor amiga necesariamente terminamos siendo amigos, y una sonrisa espontanea me sale del alma cuando tengo noticias de ella. Ante la profesora Gladys tengo una deuda literaria inmensa.

El área de biología estuvo a cargo de dos personas, la primera de ellas  fue el profesor Gustavo, que era hijo de un hermano de mi abuelo, no estoy seguro que grado exacto de parentesco  es eso, pero como ya era un señor hecho y derecho nunca tuve la conchudez de llamarlo primo, ni pariente, ni nada que fuese diferente a profe.   De todos los profesores era a mi parecer el que menos pinta de profesor tenia, parecía un simple parroquiano, de esos que tienen su finca cerca del pueblo o su tienda en una esquina y que ven pasar los años lentamente desde la tranquilidad de sus casas, y en efecto es usual verlo todos los días cuando ya el sol está cayendo, parado en la esquina que esta diagonal al templo o en una de las bancas de hierro y madera del parque, disfrutando la brisa fría que cae de la montaña, riendo de las cosas cotidianas del día junto a sus contemporáneos de rostro marcado por las arrugas que da la experiencia y las canas que deja la sabiduría.  El profesor Gustavo ya pensionado, es como una de aquellas partes sempiternas del pueblo, como la iglesia, el samán, los cerros o las casonas, uno sabe que el tiempo no todo lo arrasa y lo cambia cuando año tras año se le ve en la esquina de doña Aurita justo antes que las estrellas empiecen a titilar.




El otro profesor encargado de biología y química era el profesor Jaime, un pastuso que nunca adoptó el acento opita y como la gran mayoría de pastusos que conozco era  amable, tomando la vida con tranquilidad y presto a una charla informal.  Perteneciente al grupo de profesores de la vieja guardia del colegio, por un tiempo fue rector pero después dejó ese cargo y se limitó a dar clases. En sus manos tuvo la loable tarea de celebrar los 25 años del colegio, y se puede decir que lo logró con honores, aquella fue una semana de cultura y fiesta académica inolvidable, donde un simple colegio de pueblo por unos pocos días se vistió de universalidad. Tenía un método simple y claro para exponer sus temas y muy de vez en cuando nos llevaba al misterioso laboratorio de química y física, que años después, cuando realizaba mis estudios en la universidad comprendí que no tenía que envidiarle a muchos laboratorios  universitarios.  Él fue el director de grupo del grado 11° y quien nos graduaría como bachilleres académicos.  Ahora es vecino mío, ya está pensionado y todas las mañanas cuando salgo al trabajo lo veo en traje deportivo rumbo al gimnasio.  Cuando veo a mis antiguos profesores pienso que eso de la pensión no es tan malo como lo pintan.

El profesor Manolo era el encargado junto al profesor Hermes de darnos sociales,   en el grado sexto nos dio una materia que si mal no estoy era algo de primeros auxilios y salud. Era el esposo de la profesora Gladys, y  uno no entendía muy bien cómo eran pareja, uno esperaría que el esposo de la profe fuera un tipo algo semejante a un lord ingles con bastón, monóculo y corbatín, pero no, Manolo gustaba andar con ropa holgada, de caminar desparpajado y con algún comentario gracioso presto a salir.  Es que si uno soportaba el perfeccionismo de la profe, bien podía tomarse la vida con calma.  Después de retirarse del colegio del pueblo, si no estoy mal, terminó estudios de zootecnia o algo semejante, aun es docente y cada tanto se le ve en fotos del Facebook trabajando en proyectos agrícolas o piscícolas…envidiable vida.

Durante mis seis años de colegio solo tuve un profesor de educación física y este fue Tarsicio.   Como todo nerd, esta materia no era mi predilecta, a excepción de la vez que ganamos un campeonato de futbol y otras que con suerte cumplía todas las metas, mis notas no pasaban de 7, en ocasiones siempre rozando el peligroso 6. Odiaba la educación física porque tenía que usar pantalonetas  noventeras con  remanente de la moda ochentera que exigían mostrar  toda la pierna,  las mías blancas como la leche con pelos dispersos y flacas no eran las más bellas.  En sus rutinas gimnasticas temía partirme el cuello en alguna voltereta, las jornadas de dar cien vueltas alrededor del colegio me dejaban la boca con sabor  a sangre de lo mamado que terminaba y mi poca coordinación motriz gruesa me convertía en un tronco para jugar futbol o básquet. 

De actitud un poco parca, cada clase se desarrollaba entre pitos y el famoso “haber haber haber ustedes  los del rincón dejen la recochita” y para completarle el mal genio entre nosotros  rumorábamos que a los hombres los ponía a jugar futbol y a las mujeres gimnasia para verle los pantys cuando alzaban las piernas.  Cuando se enteraba de estos comentarios se enojaba aún más y nos decía que nosotros solo éramos una manada de morbosos.  Pero sí tenía algo de maldadoso, a eso de las 10:30 am, cuando el sol estaba en lo alto y en épocas de verano,  mientras el cuerpo de esos púberes y pre púberes caía en estado acidotico después de botar media volemia en sudor, trotando por la cancha, sobre matorros y piedras, rogando por un trago de agua, era usual verlo sentado a la sombra de un árbol, hablando paja con él o la estudiante con incapacidad médica, con la tablilla del listado en una mano y el cronometro en la otra mirando plácidamente cuantas vueltas nos faltaban.  Espero que cuando mi hijo entre al colegio exista un profe de su mismo corte que los haga correr y sudar de manera inclemente para que quemen toda esa grasa que prematuramente acumulan gracias a todos los artilugios tecnológicos modernos.




Por algún tipo de política estatal recibíamos una clase llamada practicas agropecuarias,  encaminada a que saliésemos preparados para afrontar los retos tecnológicos y ambientales que implicaba  la labor en el campo, aunque el cartón decía bachiller académico, que era algo así como aquel que sabe mucho  y no sabe nada;  la idea es que aunque no salimos técnicos agropecuarios ni zootecnistas ni nada semejante, si recorrimos un amplio currículo agrícola.  De la mano del profesor Orlando aprendimos sobre apicultura, cría de cerdos, manejo de gallinas, algo de topografía, manejo de suelos y un montón de cosas que ya se me olvidaron, como a muchos de mis amigos que hoy viven en la ciudad.  Nunca olvidare el trabajo que requirió  comprar una gallina vieja a una ancianita del pueblo que previamente había hecho comer infinidad de piedritas parar que pesara más, para luego pasarla al más allá para quitarle todos sus huesos y luego de un tedioso proceso armar su esqueleto que solía desbaratarse con la mirada.  El día que finalizamos el trabajo tratamos de celebrar la victoria con un delicioso plato de fideos con pollo, pero discordias propias de mujeres quinceañeras (estaba en un grupo de 4 mujeres donde yo era el único hombre) lo arruinaron todo y no quedó más remedio que salir a recorrer las calles del pueblo bajo el hermoso firmamento que nos brindaban las noches de racionamiento del gobierno Gaviria.  También me salve el último año de colegio de esta clase, en la que para preparación para los icfes dio un curso intensivo de todo, debidamente transcrito a los cuadernos (para que no olvidáramos nada) pues con una compañera fuimos los únicos que se inscribieron en razonamiento abstracto, de modo que esas horas de copiar y copiar las pasaba plácidamente ejercitando mi mente con la mirada al techo.  Durante un tiempo fue mi casi suegro (nunca pude concretar nada con una de sus hijas) y fue  la primera persona a la cual tuve que pedir permiso para que una de sus hijas saliera…por suerte fue condescendiente conmigo, me imagino que no vio en mi ningún tipo de  peligro, ya saben, lo de “friendzone”.  Como muchos de mis profes ya está pensionado  y me imagino que es de los abuelos apasionados con la tecnología pues a toda hora lo veo conectado al Facebook.

German apareció cuando se necesitó cubrir alguna plaza de algún profesor, y fue el profesor todero, llegó como coordinador de disciplina, luego vieron que no estaba hecho para eso y fue nombrado por unos meses profesor de inglés…luego llegó el de inglés y lo nombraron profesor de religión, y cuando se llenó el hueco de religión lo nombraron en lo que si tenía madera, profesor de artística. Personalmente no recuerdo muy bien que fue lo que nos enseñó, pues como me dio clases de religión, inglés y artística se me cruzan los cables y lo olvido.  Solo puedo decir que era muy buen pintor -lo es- actualmente en su tiempo libre de pensionado (otro, lo cual indica que yo ya estoy viejo) postea oleos en su perfil de Facebook, y no le quedan nada mal; también era el fotógrafo oficial del colegio, y quien conserva un voluminoso legado histórico de varias generaciones de estudiantes que pasaron por las aulas.  Como dato curioso fue en uno de los libros de su variopinta biblioteca que encontré uno que me llevaría al escabroso mundo de los magufos, en el cual estuve sumergido por unos años: “el retorno de los brujos” de   Jacques Bergier y Louis Pouwels,  años después compraría en edición de bolsillo la cual presté en algún momento y no tengo idea a quien.

El profesor Gilberto también hacia parte del cuerpo docente con el cual guardaba algún tipo de consanguinidad,  hijo de otro hermano de mi abuelo. Fue el coordinador de disciplina en todo el tiempo que tuve de estudiante, exceptuando los pocos días que fue relevado por German,  y a pesar que este puesto supondría cierto grado de mano fuerte y actitud totalitaria él fue todo lo contrario, un tipo con apariencia de filósofo, de espíritu humanista y siempre presto al dialogo y a la concertación, se podría decir que era el pedagogo por excelencia, y uno podría pensar que una actitud de estas no contendría las huestes de adolescentes díscolos, pero lo logró,  fue el vivo ejemplo de aquellos que promulgan que con el dialogo se pueden lograr las cosas.  Eran frecuentes sus recorridos por los pasillos y corredores del colegio, verificando que todo se encontrara en orden, y no estoy seguro si lo hacía a propósito o como una simple costumbre el tomar el manojo de llaves de todas las puertas de los salones y girarlos en el dedo índice de su mano, dando aviso a todo aquel que estuviese haciendo lo que no debía, para que  suspendiera sus fechorías o escapara del sitio del delito…algo así como “si no te vi no te acuso”.  También era el encargado de darnos la catedra de educación sexual, aun antes que el gobierno la institucionalizara, sobra resaltar la calidad de sus conferencias y la facilidad con la cual atrapaba el auditorio juvenil, si su esposa la profesora Deicy, nos había enseñado como era que se hacían los niños, él nos  enseñaba la forma responsable de no hacerlos…o hacerlos.  Es otro de mis vecinos, vive a no más de dos cuadras de mi casa y ocasionalmente lo veo pasar, me puedo considerar afortunado estoy rodeado por los viejos profes del colegio.

La profesora Nelly tuvo un paso fugaz por mi vida académica, cuando yo llegue ella ya estaba de salida,  de modo que no fue mucho lo que se pudo compartir, al parecer también había sido monja o algo semejante pero ya no portaba los hábitos.  Por un tiempo dio clases de idioma extranjero, pero a mí solo me dio clases de educación estética y dibujo. En esos años había cierta fijación por el dibujo técnico, con líneas, círculos y figuras geométricas precisas enmarcadas sobre márgenes milimétricos, como si nos preparasen para ser arquitectos, que junto con las prácticas agropecuarias nos convertiría en  algo así como arquitectos agrícolas.  La cosa era que a pesar de lo delimitado de las formas nos daba la licencia para escoger el tema a dibujar…más de una vez me reclamó muy sutilmente mis tendencia hacia figuras con cuernos y expresión diabólica
“polo Ud. otra vez dibujando diablos” 
También gustaba de la cerámica y figuras en arcilla y la única que hice que me quedo bonita fue un patito que en un principio pinte de blanco pero que según mi parecer quedaba muy simple entonces decidí pintar sus alas con el color de la bandera.
“polo para que se tiraba el patico con esos colores, Ud. si es muy chambón”. 
Cuando abandonó la docencia se dedicó a dar clases de guitarra y luego ser la “manager” de un reconocido grupo musical campesino del pueblo, los famosos “tinos”.  Nunca pudo llegar a un disco de platino o cosas por el estilo.   Donde la tiene la vida no tengo ni idea.

La profesora Lourdes fue un producto de exportación de la escuela Daniel Castro, llegó al colegio cuando yo posiblemente ya cursaba decimo u once y entró dentro del grupo de profesores orquesta, unos meses cubriendo la catedra de estética, otros meses cubriendo la catedra de religión y otros la de inglés.  De todas esos no estoy seguro cual me dio, posiblemente ninguno, posiblemente todos, lo que hay que resaltar de la profe Lourdes es su empeño en rescatar los valores folclóricos e históricos del pueblo, actividad que empezó a desarrollar tiempo después de yo haberme graduado; organizó el grupo de vigías del patrimonio, recuperó algunos tramos del camino real que cruza el poblado (junto a otros docentes y estudiantes claro está) y coordinó la edición de dos libros sobre mitos y leyendas de la región.  Aunque no comparto algunos de sus enfoques,  bien merecido tiene el título de historiadora y folclorista.  Es la mamá de una de mis amigas de colegio la cual ahora también es profesora del colegio, y de paso está relacionada con mi familia pues uno de sus hermanos es esposo de una tía, y su mamá era amiga de mi abuela y en un pueblo todos son amigos de todos y todos parecen familia de todos.  Creo que ya se pensionó y anda metida en el cuento de  las pócimas mágicas de apellido “life” en la que más de una vez  ha tratado infructuosamente de “iniciarme”.  Tal vez es con una de las profesoras con la que más tengo contacto, bien sea para invitarme a charlas de sus pócimas o enviándome mensajes de wasap con contenido magufo o mostrándome “las evidencias científicas de la existencia de Dios”.  Que bien se siente no ser olvidado por los profes.     

La hermanita Rosalba  me dio clases de religión, ya había escrito sobre ella, pero solo la reseño nuevamente porque también fue profe del colegio.

La hermana Mercedes hacía parte del grupo de monjas de la congregación del divino amor, las mismas que manejaba el ancianato, el internado y el kínder, fue del grupo primigenio que aterrizó con el padre Carmine Carrato y compañera de la hermana Vicenzina, aunque ella no era italiana sino nicaragüense. Fue la encargada de darme clases de religión (se suponía) filosofía y educación sexual…si,  a mí me dio educación sexual una monja y sinceramente no se quien sentiría más vergüenza, si ella exponiendo esos temas pecaminosos o yo exponiendo a la clase el tema de investigación “poluciones nocturnas”  ¿Cómo decirle a una monja que eso es lo que le pasa a uno cuando se está muy arrecho y al no aguantar el cuerpo tanta abstinencia justificado con un sueño erótico termina uno lavando cobijas a eso de la media noche?. En el área de filosofía no fue mejor, su método de estudio lo explicó de esta manera:
 “yo para que algo se me grabe lo que hago es leerlo una vez, y luego otra vez y luego otra vez hasta que me lo memorizo”
Y lo aplicó con todas las de la ley a sus alumnos, sus clases eran un dictado eterno de filósofos, fechas, orígenes y un resumen de sus pensamientos…y así a lo largo de todo el año, escribir y escribir  hasta que por saturación se nos quedara algo en la cabeza…de filosofía no aprendí ni pito, lo poco que se lo he aprendido ahora cuando en ocasiones me engarzo con creyentes en foros  de debate.  De todas las monjas fue la más allegada a mi casa, amiga íntima de mi tía hasta el último día de su vida, fue la encargada de velar por ella en mi ausencia sirviéndole de  consuelo espiritual, cargó a mi hijo mayor el día de su bautismo y en muy contadas ocasiones se acercó a  darme algún consejo a sabiendas de mi actitud ante su religión,  no se iba con rodeos, iba al punto: “tienes que estar pendiente de tal cosa” o “está atento con tal otra” nada de predicas baratas, todos sus reclamos o sugerencia iban encaminados a asuntos prácticos. 


Por muy poco creyente que sea y por mucho que despotrique del catolicismo tengo que reconocer que este grupo de mujeres vestidas de blanco fueron el fiel ejemplo del ideal que profesan los cristianos, mujeres que entregaron sus vidas al servicio de una comunidad de una manera desinteresada, alegre, con el único deseo de alcanzar el bienestar de sus congéneres, aun sobrepasando todos sus defectos, dieron lo mejor de sí a cambio de nada.  De aquellas primeras “hermanitas” recuerdo a la madre Dina, a sor Vicencina encargada del kínder, sor Victoria del internado, sor Inés del ancianato, sor Lucia del grupo de acólitos y sor Mercedes en el colegio, llegaron muchas más,  unas se fueron, otras murieron, otras aún están en su casa en la parte de atrás del templo,  actualmente quedan a lo mucho dos o tres que me miran con recelo pues las malas lenguas dicen que me volví evangélico (¿?) y se escuchan rumores de que posiblemente salgan definitivamente del pueblo, sería una lástima, y también es una lástima la indiferencia de generaciones que crecieron bajo su tutela.  Lo último que supe de la hermanita Mercedes es que fue llevada a un sitio de retiro para monjas, carcomida por los años.

Cuando el profesor Jaime dejó el cargo de rector fue remplazado por la profesora Martha una mujer cuya corpulencia  se resaltaba aún más con la moda de las hombreras remanente de los ochentas, a pesar de su carácter jovial irradiaba respeto, aunque nunca nos dio clases, pues no era su función, si estuvo íntimamente relacionada con todos los estudiantes, diariamente dos o tres terminaban en su oficina cuando las cosas pasaban de castaño a oscuro. No sé cómo será en otros colegios, pero ella gustaba  estar en cuanta actividad, paseo, fiesta o excursión se pudiese, de modo que fue una presencia constante a lo largo de toda nuestra vida académica. Aún recuerdo la cara de felicidad cuando en grado once llegó con los resultados del icfes, los cuales ese año habían tenido un notorio ascenso, me imagino que una victoria de los estudiantes es una victoria del rector.  Actualmente no sé si está trabajando o ya es pensionada, pero de vez en cuando me la encuentro por las calles de la ciudad y su sonrisa y abrazo efusivo y sincero no se pasan por alto.




Mi primer profesor de matemáticas fue el profesor Alfonso Flórez, con acento opita marcado, voz fuerte y  una fácil inclinación al mal genio,  me imagino que si hubiese retrocedido una o dos décadas,   habría sido uno de aquellos docentes que sin ningún remordimiento habrían tomado su regla y la habrían hecho estallar en la espalda de cualquier alumno despistado, pero como eso de la violencia y la letra con sangre ya estaba pasando de moda se limitaba a dar dos o tres regaños y seguir con la clase. Era el papá de uno de los cinco compañeros  con los cuales me gradué  y está pensionado viviendo en una finca en un pueblo  cerca de la capital, o al menos eso fue lo que me dijo uno de sus hijos que es cura y que antes de despedirse me preguntó por  el blog, yo le contesté que iba bien, escribiendo de vez en cuando, y desde la puerta me lanzó una mirada de “impío del carajo ya me puedo imaginar las cosas que escribe”.

El siguiente profesor de matemáticas y afines (algebra, trigonometría y mas) fue el profesor Molano,  reconocido por sus novedosos métodos de enseñanza  que mezclaban dinámicas, juegos mentales y problemas prácticos que no necesariamente hacían más fácil su materia pero si muy llevadera. Su premisa era despertar la mente de sus pupilos, hacer que de esta salieran ideas y que con la ayuda de los números resolvieran problemas prácticos.  Solía formar grupos de 3 o 4 estudiantes y que estos se apersonaran de el a lo largo del año, a tal punto de ser necesario crearle slogan y bandera, el mío era “los depredadores” por aquello de la película “depredador”, no fuimos tan salvajes como el personaje pero tampoco quedamos tan mal, es que había compañeros que tenían una facilidad brutal para ganar las competencias entre grupos,  resolviendo problemas y ecuaciones contrarreloj y realizando los famosos ejercicios de “cuanto es 2 más 3 por 5 más 10 menos 20 por 8 más 3 menos 100 más 100 por 2 por 3 por 1 por 5 más 2” y ganaba el que diera el resultado correcto  en los 5 segundos restantes, creo que le di a dos de esos retos y uno fue de pura chiripa. En definitiva era imposible quedarse dormido en sus clases y menos perder la concentración.  Desconozco si todavía ejerce como docente, cierto día lo encontré en un ascensor de la clínica, estábamos solos los dos, no se si no me reconoció, yo llevaba una barba de varios días  y algo he cambiado desde mis años de colegio (según opinión de muchas damas para mejor)  yo tampoco le hable, lo vi tan ensimismado, tan ajeno al mundo que lo rodeaba que preferí guardar silencio,  es que uno cuando entra a una clínica no lo hace por cosas agradables.  De él también me queda una anécdota: en cierta ocasión, en clase, mientras nos proyectaba el futuro de su hijo,  comentaba que él le había dicho que lo mejor era que fuese médico, pues a final de cuentas la gente a toda hora se enfermaba, pero  su hijo había contestado  que prefería ser abogado. No era de su mayor agrado pero era su decisión y había que respetársela, además  era una buena carrera.  La vida en ocasiones tuerce los caminos de formas que uno no piensa, y cambió drásticamente los planes de su hijo…  curioso ver  como se necesitó que pasase una generación para que aquello que se dijo aquel día se hiciera realidad, sería su  nieto quien con todos las ganas terminara realizando el deseo de su padre.  Hijo de una de mis amigas de colegio, estudia derecho, parece que ama lo que hace y que día se metió en aguas pantanosas debatiendo sobre religión con quien esto escribe.  Jóvenes díscolos los de hoy en día.




El ultimo profesor de la lista y el ultimo profesor de matemáticas fue el profesor Odilio, hombre de hablar pausado, caminar tranquilo,  que sabía tomarse la vida con calma, a pesar de dar la apariencia de  hombre pasivo, era todo lo contrario, fue quien trajo la tecnología informática al colegio, por no decir al pueblo, quien cacharreaba con su PC vetusta, cuando solo existía el insufrible D.O.S o Linux, al punto de ser el encargado de sistematizar los informes académicos, en unas tiras de papel verde pálido, donde quedaban claros los puntajes, promedios y puestos de cada estudiante.  Fue también el profesor con el cual,  en bus mochilero y por carretera destapada  viajamos  de excursión a San Agustín cuando cursaba noveno grado, quien con la mayor naturalidad del mundo me abonó unas décimas a la nota de algebra de un periodo para que no la perdiera  y quien cada vez que armábamos el desorden en clase nos decía con su tono lento y bajo que algún día comprenderíamos que la vida no solo era recocha y estupidez.  Amante de los artilugios tecnológicos rescató varios recuerdos de mi infancia que se encontraban encerrados en unos videos en formato beta, y luego de abandonar su trabajo de profesor se dedicó a rescatar la memoria visual y cultural del pueblo que lo había visto nacer.  A pesar que la diabetes lo fue consumiendo poco a poco nunca se dio por vencido y supo disfrutar su pensión al máximo, gozando  los placeres que da el dedicar el tiempo a uno mismo y a quienes se ama, y aunque sus riñones le jugaron una mala pasada y lo arrinconaron  a la diálisis, supo ganarse la lotería de la vida con un trasplante, y en el último minuto, cuando  ya había superado todos los obstáculos, cuando la línea de victoria estaba a dos pasos,  la parca mayor  cortó el hilo que lo tenía atado a este mundo.  Junto a Hermes, Jaime y Gilberto era otro de mis vecinos  y murió hace pocas semanas.  Esa noche, antes que llevaran sus restos a la tierra que siempre había amado,  fui a darle el último saludo, el adiós necesario e inevitable. 




31 años después de aquella mañana de lluvia y desconcierto en el salón del kínder en mi primer día de clase,  fui yo quien tuve que acercarme a la mujer que en ese entonces me había entregado  aquel juguete de trapo para que no cayera en llanto, y de la mejor forma que mi natural parquedad me permitió, devolverle ese gesto de cariño ahora que ella era quien tenía que soportar el desconcierto.  Odilio era el esposo de la profesora Nohora, la primera profesora de las muchas que han pasado por mi vida.