latecleadera

viernes, 14 de agosto de 2015

Mujer desnuda, golondrinas y sombras



Cuando niño en ocasiones soñaba con un sitio alejado de mi pueblo; no conocía la ciudad por ello el concepto de desorden e inmensidad aún no estaba en mi mente.

Era como recordar las escenas que a diario me inventaba en mi habitación, sobre la vieja mesa de madera, jugando con las figuritas de plástico que venían en los pasabocas.

Estaba  ubicado en una llanura, con  árboles de guayabas dispersos y solitarios, algo maltrechos por el sol y el viento.

Bien podría ser una casa, no lo recuerdo, solo llega a mi mente una gradería estrecha perdiéndose en espiral en lo profundo de la tierra.

Era una edificación subterránea, iluminada por la luz solar que se escabullía por las paredes empinadas que se iban formando tras de mí,  cubiertas de un musgo verde y suave. Un lugar frio, con la  humedad que sienten las  rocas de río.

Gotas de agua caían en  algún rincón,  y el sonido de su eco marcaba el compás de mi respiración, a lo lejos un martilleo seco brotaba de las profundidades.  Al fondo, el camino giraba abruptamente formando un ángulo de noventa grados, la oscuridad parecía emerger de aquel punto ajeno a mi vista y ocasionalmente se escapaba un resplandor rojizo de fuego atizado por un fuelle imaginario. 

A medida que me acercaba los golpes de metal contra metal eclipsaban los ecos de las gotas y los gorgojeos de las golondrinas sobre mi cabeza.  Tras esa esquina, un callejón se prolongaba por una distancia indeterminada, formando un túnel de oscuridad que desembocaba en un titilante espacio luminoso,  nunca lo atravesé, no fue por miedo, nunca sentí miedo, aun mas, sentía una extraña familiaridad,  pero el hombre que habitaba allí (posiblemente un herrero) no quería ser molestado. Yo no tenía justificación para estar en ese sitio, era un niño curioso que trataba fisgonear el trabajo de los adultos. 

Cuando asomé por la esquina,  decidido a cruzarlo y ver lo que pasaba, una voz  igual a la que escuchaba en mi cabeza cuando interpretaba cada uno de los personajes en mis juegos sobre la mesa de madera, me susurro al oído.  “No entres, él está ocupado y molesto…es un brujo poderoso.”

Nunca volví a tener aquel sueño, aunque en mis aventuras oníricas ocasionalmente veo a lo lejos aquella llanura, escucho el golpeteo del metal y un resplandor rojizo tras una pared.  Pero siempre paso de largo, siempre hay algo que hacer, siempre puedo entrar en cualquier momento…siempre despierto y antes de olvidar lo soñado me pregunto por qué no lo hice.

¿Y a qué viene todo esto?