latecleadera

sábado, 23 de mayo de 2015

"Deseo morir por Cristo y su fe"





En la entrada principal de la casa vieja, unos cuantos centímetros  por encima del dintel, reposa tranquilo desde hace años un cuadro inmune al paso del tiempo, protegido de los descolorizantes  rayos solares, ajeno a la lluvia y posiblemente también al polvo, hogar de generaciones de arañas minúsculas de patas largas y picadura insípida.  Nunca supe quien lo puso, permanece en ese sitio desde que tengo memoria y hasta donde recuerdo nadie lo ha movido de allí.  Centrada,  entre  contrastes de blanco y negro se ve la imagen de un hombre en sus treinta y tantos  años, algo obeso, con gafas redondas y mirada fija y filosofal. 

En algún momento perdido en mi memoria pregunté a mi tía abuela quien era él; ella respondió que era el mártir de Armero, un  sacerdote que muchos años atrás había muerto a manos de gente mala, todo por aquello que aparecía bajo la foto. “deseo morir por cristo y su fe”.

En la casa se ejercía una especial devoción hacia este hombre, encontraba estampillas con su imagen  por todas partes, a tal punto que en ocasiones las utilizaba como material de construcción para los castillos y guaridas en mis juegos.  También estaba rodeado de pequeños relicarios de baja calidad que guardaban en su interior pedacitos de tela negra, según me contaba mi tía (y luego yo lo contaba a mis amigos) eran reliquias de este santo hombre y servían para todo;  eran mágicas y poderosas. Yo había visto como las sumergían en vasos con agua que luego  daban de beber a  enfermos que días después (me imagino) se levantaban de sus camas como si nada hubiese pasado.  Pero antes de continuar con todo aquello que desembocó en tizanas paranormales, sería bueno dar un repaso a la biografía de este cura.



Su nombre de pila era Pedro María Ramírez Ramos, nacido el 23 de octubre de  1899 (a comienzos de  la guerra de los mil días) de una familia conservadora del municipio de la Plata en el departamento del Huila.  Bautizado como el testarudo apóstol sobre el cual se edificó el catolicismo y como  segundo nombre el de la madre de su dios, el infante protosanto paso sus primeros años en la hacienda de sus padres, algo ajeno a las inclemencias de la guerra, posteriormente cuando entró a la adolescencia fue enviado al seminario de la población de  Elías, donde continuaría sus estudios secundarios al amparo del manto protector e ideológico del controvertido obispo Esteban Rojas  Tovar. Luego iniciaría sus estudios eclesiásticos en el seminario de Garzón  donde al poco tiempo (1920) tendría que abandonarlos por motivos de salud.  Durante 9 años estuvo de un lado para otro ejerciendo como docente en diferentes colegios de la región, combatiendo el analfabetismo brutal que había quedado de la ridícula guerra de principios de siglo, finalmente en 1929 ingresa nuevamente al seminario, en esta ocasión al de Ibagué, allí completa su plan de estudios y se ordena como  sacerdote en  1931.  

Dadas las características de su profesión, y al igual que los militares y los músicos, se la pasó de población en población haciendo lo que sabía hacer: Primero estuvo en el Chaparral, luego fue enviado a Cunday,  donde tuvo sus primeros encontrones  con grupos de pobladores rojos y herejes. En los nueve años que duró su labor en esta pueblo, curtió su espíritu para saber enfrentar  las huestes protestantes, comunistas, ateas y satánicas que como en ninguna época apabullaban la sacrosanta doctrina del catolicismo. Luego fue enviado a Fresno, tierra más amable a sus ideologías, pero donde su estancia fue fugaz, a los pocos años  fue enviado nuevamente a las  cercanías  del río Magdalena, ese maldito río que hacia revoltosos sus feligreses y fue nombrado párroco de Armero en 1946.



Eran épocas tensas, de un terror latente germinando por todas partes.  Lejos, en las altas tierras de la capital, el  magnánimo Jorge Eliecer Gaitán enfilaba sus discursos contra el gobierno conservador de turno, a punta de: 

“pueblo, por la restauración moral ¡a la carga!”,

multitudes lo aclamaban por donde pasaba, esto no dejaba de inquietar al clero, esos malditos, comunistas, ateos y masones  que con su ideología más que libertaria libertina pretendían socavar las profundas raíces de su discurso y su poder.    Mientras, en Armero, el cura Ramírez,  como tal  vez muchos curas de su época, inmerso en el discurso azul,  levantaba roncha en grupos políticos contrarios;  conocido por su carácter fuerte,  se le había visto desafiando al enemigo, ejerciendo su derecho al voto  en época de elecciones, ¿lanzaría alguna diatriba anti liberal desde su púlpito? Lo desconozco, pero dada la coyuntura y la corriente apostólica de esos años, sin contar la herencia ideológica del  obispo Rojas Tovar y como celoso defensor de su fe, era muy probable, algunos rumores decían que al dar la comunión si el feligrés era gaitanista o liberar le entregaba la hostia con la mano mirando hacia abajo o con la mano izquierda. 

Llegó el fatídico día, el viernes 9 de abril de 1948 a las 2 de la tarde Gaitán muere a manos de Juan Roa, 3 disparos apagan  su vida y el país se derrumba.  La noticia se extiende como pólvora por toda la geografía nacional y tras  ella una locura criminal la acompaña.  Turbas iracundas arrasan ciudades y caseríos y la sangre se escapa de miles de inocentes e ingenuos que entregan su  vida por nada.




La noticia llega a Armero y allí grupos liberales se entregan al pillaje y la destrucción, nuestro cura se encuentra dentro del templo, ante la noticia y presintiendo algo terrible, decide seleccionar ciertos documentos de importancia, quema unos y otros los entrega a la superiora del convento, sabía que pronto se habría de derramar sangre, como claramente se había dejado entrever en un suceso cuasi profético un año antes,  cuando unas gotas del vital líquido de origen incierto mancharon algunas prendas litúrgicas en una celebración eucarística. Al preguntarle sobre lo extraño del fenómeno, respondió que muy pronto alguien debería derramar su sangre por ese pueblo de impíos, amigos de los viles protestantes.

La turba llegó al templo; desbarataron algunas cosas y partieron.  Horas más tarde, después de regresar de unas visitas apostólicas  de urgencia, se internó en la capilla a orar, nuevamente la turba ebria entró al templo, despedazó lo que  había dejado intacto y buscó por cuanto rincón pudo las armas que se suponía tendría el cura escondidas en la iglesia, pues era  vox populi que por esos tiempos muchos prelados participaban más que activamente en trabajos poco santos apoyando al partido conservador, y dados los últimos acontecimientos, se oían rumores de curas disparando desde las torres de sus templos, bien sea defendiendo la casa de dios, bien sea aprovechando la oportunidad para limpiar el mundo de impíos.   

Finalmente ingresan a la capilla, allí recibe sus primeras amenazas; primero alguien le apunta con un arma de fuego, pero ante las suplicas de la madre superiora  este deja el trabajo para lugares menos santos.  El cura pide respeto ante el santísimo, como  mero macho de película mexicana, pide que se las vean con él, que ha su dios o sea el Dios de todos, lo dejen quieto.  Un hombre levanta su machete y le advierte que de esa no se salvara y abandonan el lugar.  Aprovechando el respiro,  con la colaboración de algunos parroquianos, y según dicen algunos, con dos o tres de los que habían ingresado  a desbaratar todo, recogen las cosas más sagradas que habían quedado en pie y las llevan al convento, donde pueden quedar  seguras.  El día termina, esa noche comparte su última cena con el grupo de monjas que lo acompañan,  que curiosa analogía, como la última cena de su Señor.  En medio de las ruinas apaga las  velas  sumiendo el lugar en un expectante silencio.  Dicen que poco durmió, que después de la media noche se levantó a  orar ante el altar, pidiendo fortaleza, buscando soluciones, esperando no sudar sangre, rogando por valentía para soportar ese cáliz amargo.

Amaneció el sábado 10 y  celebró la misa en la capilla de las monjas, se dan recomendaciones y se pregunta sobre el número de heridos, nadie da razón, luego sale en dirección a la cárcel, en el camino encuentra un herido agonizando, trata de confesarlo pero este se niega, luego se cruza con el alcalde y este cual Herodes, le increpa que se quede con él,  que no arriesgue más su vida en la iglesia. Pedro María responde que ni por el carajo abandonara a las monjitas y al santísimo.  

Mientras regresa a su lugar de trabajo en la calle recibe gritos e insultos de  hombres y mujeres de mirada fiera, el guarda silencio, no es un buen momento para la réplica.  Me pregunto qué pasaría por la mente de este hombre al ver a su rebaño elevando improperios contra su persona, ¿Dónde habría cometido el error? ¿En qué punto su propia fe zanjo tan hondas diferencias que al final desencadenarían un odio tan brutal? ¿Cómo pueblerinos corrientes llegaban a este punto de rencor? O tal vez nunca formuló estas dudas, tal vez estaba tan ensimismado en su misión que no tuvo tiempo ni deseos para tergiversarla con preguntas sacrílegas.   Una vez dentro, junto con el sacristán y ante lo critica de la situación planea una ruta de escape para las monjas, estas  le responden que quien primero debe proteger su vida es él, y este contesta que cada vez que se acerca al altar y habla con su amo, este le dice que debe permanecer en su lugar;  como en los antiguos tiempos, el dios celestial desea sangre.

Escucha las noticias en la radio y  no son buenas... la violencia aumenta;  decide citar con urgencia a todas estas santas mujeres y una vez juntas les distribuye todas las hostias que quedan en el templo, previniendo que en el momento del ataque el cuerpo de Cristo sea profanado por esos condenados.  Llega el medio día, come algo suave, se interna en su capilla,  allí escribe su testamento el cual es entregado de inmediato a la madre superiora para que esta lo lleve ante el obispo, allí plasma las palabras de su epitafio: 

"al pueblo de Armero por quien quiero derramar mi sangre,  y donde deseo morir por Cristo y su fe."

El sacristán ingresa,  le dice que la chusma se está aglomerando, que es la última oportunidad para escapar, pero el repite el mensaje: 

"cada vez que le consulto a mi amito él me responde que debo permanecer aquí."

Se escuchan las primeras detonaciones en la puerta de la iglesia, Pedro María  ayuda escapar a las monjas hacia las casas vecinas,  finalmente por uno de los techos de una de las casas aparece uno de sus verdugos, Camilo Leal Bocanegra el “manoñeque”.  El cura sabe que si no se entrega las victimas serán las monjas, de  modo que le grita al hombre que no baje, el subirá a su encuentro, dando tiempo para que la última mujer escape. Se presenta ante este hombre, el cual ata  sus manos a la espalda  y lo lleva  fuera, aunque según testimonios de otras personas, incluidas el "manoñeque", antes de ser atrapado el cura desenfunda un arma que nunca pudo disparar.

Mientras salen del templo,  el padre duda y se detiene, el verdugo le dice al oído: 

“no pare padrecito que esto ya no tiene remedio”  

al salir,  uno de los del tumulto saca una pistola y apunta, "manoñeque" lo detiene “no, así no”.  En el parque central es entregado a la turba sedienta de sangre.  Según versiones encontradas, trata de entrar en razón con los que lideran el grupo, los cuales le culpan de querer acabar con la humanidad, el responde que es inocente de todo, que lo perdonen, que él es inocente. No valen suplicas,   lo patean,  le dan puños y recibe planazos de peinilla, luego alguien grita: 

“no más planazos, denle con el filo”

cumpliendo la orden  recibe el primer machetazo en su cabeza, aturdido se limpia la sangre del rostro, y exclama: 

“ padre perdónalos, todo por Cristo” 

luego recibe un segundo machetazo en el cuello de manos de  Arturo Giraldo alias “el loco”, cae de bruces, su cuerpo convulsiona, un tercer hombre descarga con fuerza una varilla y en el acto es desnucado. Muere a las 4:40 de la tarde.   El cuerpo tendido en la plaza se convierte en trofeo de guerra, mujeres que días antes eran las coperas de los negocios circundantes se acercan y le dan puntapiés, niños y jóvenes pasan y le arrojan piedras, hombres desconocidos descargan sus garrotes sobre el ensangrentado cuerpo, uno de los asesinos Alonso Cruz, levanta con orgullo su machete y grita 

“jueputa, arrodillado le di un machetazo, y esta es sangre de cura”.

El cuerpo estuvo  tendido en medio de la plaza hasta el anochecer, varios  postularon distintos desenlaces para el muerto, como la muy de moda practica de tirar las victimas políticas al río para que este las borrase de la memoria  y otros piensan en quemarlo; ninguna  tuvo mayor favorabilidad, se decidió llevarlo al cementerio, eso sí amarrado de los pies y arrastrado por todo el pueblo tirado por un carro, a modo de la historia de Aquiles y Héctor,  pero  la persona que encontraron de conductor de  una volqueta para la exhibición, no aceptó esto, solo permitió que se lo echasen en el tazón.  Así se hizo, y finalmente fue arrojado a una cuneta en la entrada del cementerio, con la previa advertencia de que si alguien se acercaba al cuerpo se las vería con ellos,   para darle veracidad a su amenaza le colocan un petardo en el maletín de los oleos que se suponía todo cura debería portar.  Luego un aguacero cayó sobre la zona y lavó la sangre del mártir.  

Como Dios tiene un humor bastante negro, frente al cementerio se encontraba la zona de tolerancia del poblado, y fueron las putas, esas mujeres de la mala vida, las únicas que con valentía  cubrieron  los restos, le dieron digna postura y rodeándolo con cuatro velas, acompañaron con oraciones y silencio aquellos despojos el resto de la noche.  Es poco probable que el cura hubiese siquiera imaginado que sería precisamente este grupo de mujeres, de las que tanto habría despotricado, quienes velarían  sus restos el día de su muerte.  Al otro día los asesinos regresan, abren un hueco en la tierra, le quitan su sotana, (ya que existía la superstición de que si de enterraba un cura con ella, este vagaría como alma en pena,  robando el sueño de sus verdugos eternamente.) Y arrojan su cuerpo al hueco para luego cubrirlo con piedras y barro,  como quien entierra un perro para completar lo ignominioso del acto, quitando el derecho arcaico de subir a los cielos acorde a las creencias  -anatemizadas pero vivientes- de los viejos tiempos.  La ley volvió al poblado 10 días después, el cuerpo fue exhumado, se realizó su necropsia, fue sepultado dignamente, se clamó  justicia, se capturaron los responsables y 21 días después del asesinato el cuerpo es llevado por sus familiares a su tierra natal.

Dicen que fueron cientos, sino miles los que de una u otra manera cometieron sacrilegio por sus acciones contra Pedro María,  pero de todos ellos solo seis fueron condenados, dos de ellos, Camilo Leal y Yesid Chavarro años después manifestarían que el fantasma del cura se paseaba con frecuencia por sus celdas. 

Décadas después, en 1985 una avalancha producto de la erupción del nevado del Ruiz arrasaría Armero, en la retorcida moral de muchos de los creyentes se pregonaría que ese era el precio que el pueblo había de pagar por aquel asesinato, como si el alma de un cura valiera  30 mil almas corrientes, extrañamente  muchas de las víctimas, aun con rastros de cenizas y lodo  se lamentarían por pertenecer a un pueblo matacuras, por ser los depositarios de la supuesta maldición (ya no perdón) que este profirió mientras era sacrificado, asegurando que de aquel pueblo no quedaría piedra sobre piedra.   Curiosamente el cementerio y el barrio de las putas no serían tocados por la fuerza de la naturaleza.



Ahora regresemos de nuevo a mi casa, a los impasibles años ochenta.  Como decía, estaba rodeado por imágenes y reliquias de este hombre, y la razón era sencilla, aparte de la fiel devoción que mi tía le profesaba, también era una “agente” comercial de una institución dedicada a conservar y promover el culto a este sacerdote,  el instituto Pedro María Ramírez Ramos, ubicado en la Plata. Cada dos meses llegaba un paquete de estampillas, cuadernillos y formularios  con los cuales mi vieja inscribía a muchas personas que llegaban a casa dispuestas a pertenecer a "la liga del mártir", el valor de la inscripción era de 2 mil pesos anuales (si la memoria no me falla) y por ello recibían: la imagen, la reliquia y una cartillita donde aparecían los milagros que el santo realizaba,  eran cerca de dos hojas llenas de pequeños estribillos que rezaban:   En acción de gracias al mártir ya que me curó de tal cosa, o gracias por la bendiciones recibidas ya que me salió tal trabajo, libró mis hijos del servicio militar y cosas por el estilo, cada uno con su beneficiario y su lugar de origen.   En algún momento sentí temor de que mi nombre apareciera en esos libritos, que dijera algo como:   gracias mártir por permitir que Fredy pasase el año en limpio, o gracias porque ya está subiendo de peso, o gracias porque se le quito la amigdalitis. por suerte la única vez que mi tía escribió algo fue para agradecer por los favores recibidos.  Es que en definitiva vivíamos en un hogar feliz, gracias claro está a la intersección del mártir que protegía la entrada de la casa, la mata de sábila que estaba en el portón, el sagrado corazón de la sala principal,  al cual se había entronizado la casa,  a la estampita de san Ignacio que evitaba que el diablo entrase a mi habitación, al cuadro de la ultima cena que bendecía nuestros alimentos, al cristo de madera sobre la cómoda que no sé muy bien para que servía pero que en definitiva tenía que servir para algo, al buda gordo y negrito sentado sobre una moneda que traía la buena suerte, al san Antonio con su niño que estaba en la nevera, a la imagen de mazinger z pegada en una de las columnas principales que quien sabe de qué nos protegía y finalmente a la cruz en la pesebrera que mantenía alejadas las dos señoras que eran brujas y que vivían en la misma cuadra.



Una vez al año viajamos a la Plata, en bus mochilero por carretera destapada, con un calor infernal, mareado y vomitando hasta el alma, en compañía de mis abuelos y algún tío de mi edad, y una vez allí nos quedábamos en un hotel en el centro del pueblo, al lado del parque, donde habían orquídeas por montón, hotel  que años después, ya como médico, utilizaría para hospedarme mientras trabajaba de lunes a viernes en consulta externa;  ya las orquídeas eran escasas y estaban maltrechas, la habitación era pequeña, bastante modesta, con una clara comunicación sonora con las habitaciones contiguas de catres chillones y mujeres jadeantes. En realidad era un hotel de mala muerte, como me lo hizo entender uno de mis colegas cuando dije que me quedaba allí, pero no me importaba, me traía buenos recuerdos. 

Volviendo al cuento, en esos días salía de la mano con mis tíos abuelos a visitar el instituto museo del mártir de Armero, donde se exponían  distintas cosas de uso personal del cura, y donde en vitrinas aparecían trocitos de pulmón, hígado, páncreas, bofe, hueso y más porquerías, que fieles creyentes habían expulsado por algún agujero, producto de la intersección del santo para sanarlos.  En esas épocas fue lo más cercano a un laboratorio de patología que pude encontrar.  Allí también mi tía entregaba sus afiliaciones, sus reportes de milagros, el dinero recolectado claro está, y recibía más y más papelería que inundaría mi habitación y que serviría en algún momento para hacer avioncitos de papel.  Luego visitábamos la tumba, cosa que recuerdo vagamente pues la romería era tanta, que cansado por tanto ajetreo y bullicio ya poco interesado estaba,   para finalmente después de dos días de misas, peregrinaciones y mercados en galería regresar por la misma carretera, en el mismo bus, mareado hasta los tuétanos, pisando papel periódico y mirando a lo lejos para no vomitar,  entrar de nuevo  al hogar dulce hogar donde todo retornaría a la normalidad.

Pasaron los años y nuevos integrantes del emporio celestial aparecieron: un muchachito de cachetes rubicundos, rubio,  oji azul,  con vestidito rosado y elevando las manos cobijaría todos los seguidores del mártir de Armero, robaría su clientela, y por ser el hijo de Dios sería más milagroso, luego llegaría santa Martha patrona de los imposibles, que terminaría arrebatando los últimos reductos de estudiantes y desempleados que le eran fieles.  La liga del mártir de Armero desapareció, o al menos no volví a tener noticias de ella, mi tía ya entrada en años confundía los miles con centavos, y más que  milagros ajenos estaba más interesada en su propia salud, no volvió a recibir  estampitas y extrañamente se volvió escéptica de las reliquias, dudó que esos trocitos de tela fueran milagrosos,  en muchas limpiezas que hicimos a la casa, decenas sino centenares de esas reliquias terminaron en la basura, hay que reconocer que al pobre cura le acabaron la ropa, recortándola   hasta el límite,  y vaya sí que tenía ropa. Y dejándose llevar por la moda, en el corredor principal puso un mini altar y en el un muñequito que inequívocamente decía “yo reinare”



Con los años el mártir fue declarado siervo de Dios, título que dudo le importe al cura, este donde este, pero que según tengo entendido servirá para ser nombrado posteriormente beato y por ultimo santo, todo dependiendo de la buena producción de milagros y el marketing  necrológico que los devotos hagan en su nombre.   Espero volver al museo  y visitar su tumba, que al parecer esta en competencia de méritos con una del cementerio central de Neiva,  de un  contrincante de ideología y de moral, el renco Saúl Quintero, guerrillero de la época de la violencia y según datos fidedignos matón de siete suelas.  Espero pararme frente a su lapida, dejar una flor y darle las gracias por cuidar mi casa solitaria... algo netamente simbólico.  Ojala no sea nombrado santo antes de mi visita, los mercaderes de fe  elevaran los costos, cobraran por todo y la multitud fanática me dejara como cuando niño, solo con deseos de querer salir de allí.