latecleadera

martes, 10 de marzo de 2015

Déjame estudiar tu anatomía





Próximamente se estrenara (o ya se estrenó) la última superproducción del canal RCN, “sala de urgencias”, la continuación de “a corazón abierto”, donde- me imagino- seguirá la historia de nuestros estimados residentes del hospital universitaria Santa María, ya no simples estudiantes hartos de hacer rotes de suturas y tactos rectales y embriagarse cada dos días en un bar todo cuqui.  Ahora son médicos hechos y derechos, trabajando de sol a sol en quien sabe que IPS de mala muerte,  victimas del perverso sistema de salud.


Nuevamente este tipo de series nos pondrá contra la pared a todos los que de una u otra forma terminamos alzando la mano y recitando el juramente hipocrático. Nuestras esposas (y esposos) nos miraran con recelo cada noche que lleguemos a casa, pensando con quien sabe cuántas bandidas vestidas con uniforme quirúrgico (de esos con los que usualmente se ven a muchos haciendo mercado) nos  habremos revolcado en ese supuesto turno que acabamos de cumplir. Nuestros vecinos harán cuentas de los millones y millones que mensualmente devengamos, luego de hacer nada, y que ojala la Dian nos joda todo lo que pueda.  Nuestros amigos estarán prestos a preguntarnos si también nosotros sacamos corazones, hígados y riñones,  diagnosticamos síndromes inmuno cardio torácicos con aparatos láser, suturamos heridas de borrachos, arreglamos huesos sin anestesia, vacunamos niños mocosos, le tomamos la tensión a viejitos neuróticos, atendemos consulta prepagada, reanimamos cinco paciente en paro y claro…nos echamos a la muela la enfermera buenona que nos sigue a todo lado, todo eso en un mismo día.  Y por último las señoras amas de casa y ancianitas, papel y lápiz en mano prestas a apuntar cuanta enfermedad salga en este programa para preguntar en la próxima cita médica si ellas no tendrán eso y de por qué no sería mejor si les ordenáramos unas gammagrafías por si las moscas.


Ya hubiese querido yo tener como compañeras de equipo a una  Verónica Orozco, Carolina Gómez, Natalia Duran o Carolina Guerra y que estas  se tomaran unos cuantos cócteles cada noche pos turno y se prestaran para cuanta cochinada se le ocurriera a uno,


pero no, la vida quiso que las bonitas ni me distinguieran y las feas igual, que no tomara coctel sino cerveza  águila en la esquina de la facultad con los compañeros de rote  de siempre y que recibiera turno  en el  constantemente en  remodelación hospital universitario de Neiva, al lado de enfermeras en vísperas de pensión y docentes atentos a cuanta estupidez saliera de nuestra boca para asignar su respectivo turno de castigo.

Pero no vine a escribir sobre esto, solo quería dar un preámbulo para recordar esos viejos compañeros de aventuras,  principalmente de los primeros semestres de medicina;  los encuadernados, voluminosos y pesados tratados de anatomía.

La morfología fue, es y será una de las materias de miedo a las que todo estudiante de salud tendrá que enfrentar.  Algunos ansiosos y otros temerosos  ante el primer día de encuentro con su cadáver de práctica, en el salón impregnado de formol llamado anfiteatro, donde luego de vencer el morbo natural, uno terminará  encariñándose (u odiando) a su instrumento de estudio. (Recuerdo a cristabolina,  la ancianita que se pensionó en nuestro semestre, tan pequeña y tan estudiada, con su aroma característico, que finalmente se volatilizó un día cualquiera o simplemente terminó donde terminan todos los cuerpos no utilizables).  Durante días y días (principalmente los que repetimos) estuvimos frente a aquellos NN que muy a su disgusto terminaron en nuestras manos para que les disecáramos cada vena, cada arteria, cada nervio y linfático y los pintáramos pulcramente de azul, rojo, amarillo y blanco.  Ellos formaron parte de nuestra vida, algunas de sus partes nos acompañaron a casa  y su aroma fue nuestra colonia por todo aquel semestre (todo secundiparo de medicina inevitablemente huele a formol) y para guiarnos en tan noble labor,  teníamos a nuestra mano aquellos sacros libros de anatomía, la biblia del estudiante.


En mis épocas,  el libro de cabecera era la anatomía de Moore, de forro azul, con dibujitos a color y fotos con imágenes de piezas anatómicas pulcramente disecadas;  en sus hojas un cuerpo era una obra de arte, algo visualmente agradable, elegante y para completar sencillo, nada parecido   a los órganos y miembros llenos de grasa y como diría mi abuela “ñervos” que no dejaban distinguir nada de nada.


Seguía la anatomía de Gardner,  a blanco y negro, portátil y cómoda cual edición de bolsillo,  no tan fácilmente descriptiva como la Moore, pero con la ventaja de sus apuntes radiológicos clínicos  que siempre aparecían en los parciales.


Continuaba la inquietante anatomía de Latarget  en sus multifacéticos tomos, meticulosamente descriptiva, con imágenes a color tan complicadas como sus descripciones, intercalando los nombres castizos por sus originales latinos,  trastornando las leyes de la física para que lo lateral superior externo dejara de estar al lado que estábamos acostumbrados a tenerlo y pasara al otro, donde lo de abajo ya no estaba abajo ni lo de arriaba arriba.  Ese era un libro para promedios de 4.2 en adelante.


Perdida en un oscuro estante de la biblioteca,  junto a libros de inmunología que aun especulaban sobre la función del eosinofilo,  estaba la reverenciable anatomía de Testut, con sus páginas amarillas de olor a pergamino antiguo, formando una muralla de conocimiento en sus no sé cuántos tomos, pétrea, sacrosanta, con sus dibujos a mano en tinta negra  y a color, su latín fluido, y probablemente algo de griego en algún lado y dos o tres jeroglíficos egipcios perdidos en sus hojas. Más que un libro de estudio era un grimorio, y todo aquel que en su ignorancia se atreviese a leerla pagaría caro aquel sacrilegio,  lo digo por experiencia, ante la escases de libros en días previos a un parcial, a lo único que pude echar mano fue a estos dinosaurios morfológicos, podría jurar que estaba leyendo la descripción de una momia extraterrestre hallada en las ruinas babilonias.  El resultado del examen era de esperar.


También estaban los atlas de Sobotta y Netter, que servían de material de apoyo visual ante los libros anteriores y corroboraban que lo que leíamos era lo que pensábamos que era,  así el cuerpo frio sobre la mesa nos demostrara lo contrario



Y por último y solo utilizable en caso de extrema urgencia, el atlas visual del tiempo, libro que en los primeros días del semestre,  junto a un amigo,  buscamos por si era de utilidad y del cual solo rescatamos la rubia que servía de portada,  que de común acuerdo concluimos que estaba bien buena.



Ojala que en algunos de los nuevos capítulos de esta serie de galenos criollos, aparezca alguna referencia de estos monstruos del conocimiento médico,   ante tanto esperpento y truculencia sería justo  y necesario.



y por ultimo, y por políticas de la mesa directiva de latecleadera, agradezco cualquier "me gusta" "like"  o comentario que dejen por estos lares, y si no les gusta... también.