latecleadera

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Si el toreo es arte, el canibalismo es gastronomía.



Me cuesta imaginar como en un remoto pasado, un grupo de homínidos cazadores  armados con palos y piedras hicieron frente a una manada de uros imponentes; cuernos contra pulgares, bufidos contra gritos, al final el cuerpo yermo de una de aquellas bestias y el jolgorio y la algarabía de los protohumanos. Pasarían los siglos y las crías de ambas especies irían sellando la extraña relación que se desprendió de aquel encuentro violento.  Los simios perdieron el pelo, aumentaron de estatura y tecnificaron sus primitivas herramientas, nacería el homo sapiens y este se auto proclamaría el rey del mundo, la razón y fin de la creación.  Los cornudos cuadrúpedos continuarían pastando en las planicies, rumiando apacibles mientras el simio alteraba su mundo, lo alteraba a él, y lo convertía en un animal dócil, lo domesticaba.  Por los  10 000 AC  cuando la humanidad dejo de ser una manada más y entro en la historia, el toro estuvo a su lado; con su fuerza quebró la tierra para el sembradío, con su piel cubrió sus cuerpos y hogares, con su leche (siendo más exactos de la vaca) alimento las crías flemáticas e indefensas y para completar regalo su mierda para abonos y paredes.  El hombre, animal débil y escueto, deslumbrado por su fuerza lo elevo a condición de dios, lo entronizo en las estrellas del firmamento, lo convirtió en pieza indispensable de lo que más tarde llamaría arte.  Quedaron invictas ante las embestidas del tiempo las estatuas de dioses toros alados mesopotámicos, los frescos etruscos y cretenses donde gráciles hombres saltaban sobre los lomos bovinos mientras mujeres esbeltas con sus tetas al aire los elogiaban. Quedaría el minotauro producto del bizarro romance entre el toro de creta y Pasifae;  quedaría el becerro de oro que despertaría los celos patológicos del maniaco Yahveh, quedaría Zeus transformado en toro y montando lujurioso a Europa;  el  Apis egipcio, la vaca madre nórdica Audhumla, las vacas sagradas de la india (simples encarnaciones divinas.) Curiosamente utilizo al mismo animal como ofrenda ante estos mismos dioses, nacerían los sacrificios, las hecatombes.     La mala suerte cayó sobre el estúpido rumiante, que sin saber cómo ni cuando entro a formar parte del rito de sangre, su vida fue la moneda con la que se pagaba el equilibrio prestado de las fuerzas celestiales.

martes, 2 de septiembre de 2014

Awesome mix Vol. 1



Guardaba cierto recelo ante la película, pero luego de las buenas referencias que dieran varios de mis compañeros de trabajo finalmente opte por irme de plan de cine junto a mi esposa y mi hijo, como siempre emulando la bárbara costumbre gringa de engullir una abrumadora cantidad de maíz pira (palomitas de maíz dice mi hijo) y la versión extra grande de Coca-Cola necesaria para estimular la meada a  mitad de la función.

No me arrepiento en absoluto, los guardianes de la galaxia, desconocidos para mi hasta ese momento (el universo Marvel es tan grande que vaya uno a saber que  puede encontrar escondido) llenaron todas mis expectativas para una película de superhéroes y ciencia ficción.  Tiene todo lo que un buen friki puede buscar: héroes proscritos, razas extraterrestres muy semejantes entre sí, señores oscuros buscando  dominar el universo, fuentes de poder ilimitado y alienígenas sexys con quien sabe que variante  anatómica que les de ese “toque único”. No es una historia nueva, a los pocos minutos uno tiene la idea  de cómo va terminar, sus personajes son bien delineados sin necesidad de crear salidas argumentales imprevisibles ni nada por el estilo; pero es tan semejante a las historias que uno se armaba de niño, cuando se jugaba con los muñequitos de yupi y chitos,  que al mejor estilo de Amparo Grisales bien  podría  estirar el brazo y decir “me erice”, eso sin contar las ambientaciones  que rememoraban en algunos momentos escenas de la guerra de las galaxias o en el colmo del desorden neuronal, a escenas de He-Man o a Skeletor camuflado en el villano de la historia.  Pero por encima de todo estaba la banda sonora,  simplemente sobria, majestuosa, asombrosa.  Y en  StarLord con sus audífonos de diadema  nos vimos reflejados todos y cada uno de los musicómanos de los ochentas y noventas. Una transitoria taquicardia supra ventricular me dio cuando al inicio,  el  pequeño Peter Quill escuchaba en su walkman (radio caminador decía pacheco en el precio es correcto) una melodía que había estado perdida por varios años en las remotas circunvoluciones musicales de mi cerebro.  Y al amparo de  “i am not in love”  de 10 cc, fue llevado por los crueles  devastadores  a las profundidades galácticas.