latecleadera

jueves, 21 de agosto de 2014

Mi primera vez.



Fue un sábado en la noche, lo recuerdo claramente. Alfonso Lizarazo acababa de rematar su programa con el típico “y la próxima semana más cuenta chistes”, a lo lejos la discoteca “mil uno” dejaba escapar  los merengues de  jossie esteban y la patrulla 15,  intercalados con el -pum pum mami mami - del general.   Mis tíos abuelos alistaban sus bacinillas para las urgencias que pudiesen llegar en la madrugada, y con parsimonia, la parsimonia típica que dan los años bien vividos, murmuraban las ultimas oraciones para antes de dormir.  Era una noche solitaria; en la calle ocasionalmente se escuchaba el motor de alguna motocicleta a toda velocidad o el ladrido fugaz de un perro prófugo.  La luna llena se desprendía del horizonte y con su luz trémula eclipsaba el titilar de miles de estrellas en un cielo despejado,  corría una brisa fría  que movía rítmicamente las ramas de los naranjos, tanto los de mi casa como  los de mis vecinos, y yo, en la cúspide de mis quince años, con las hormonas alborotadas, sentado en la oscuridad del patio de la casa,  dando buen fin a la merienda  nocturna;  pensaba que era la noche ideal para tener un cálido cuerpo de mujer al lado,  alguien a quien susurrar palabras llenas de poesía y cubrir de besos tiernos (en aquellas épocas era un romántico empedernido, defecto que con los años pude remediar).  Y mientras divagaba en elucubraciones telenovelescas… ocurrió.  En un principio su imagen paso desapercibida sobre los tejados circundantes- que con facilidad podía observar desde mi posición- luego, rápidamente rebobine aquellos escenarios que sabía de memoria, y me percate que sobraba algo,  preste mayor atención y allí la vi:  discreta, tranquila,  inmóvil - posteriormente pensaría que a la espera de ser descubierta-  y en cuestión de segundos desapareció para reaparecer algo más adelante, fulgurante, con un movimiento lento y  uniformemente rectilíneo,   tratando sagazmente de confundirse  con  todas aquellas cosas que la noche promete a sus observadores.  Un frio  de excitación recorrió mi espina dorsal, ¡lo que tanto había soñado en infinidad de ocasiones estaba ocurriendo! Aquella  esfera luminosa de color azul blanquecino, tan brillante como sirio en  una noche de luna nueva, estaba cruzando justo frente a mí, ¿a qué distancia? No lo podría saber a ciencia cierta, tal vez unos dos o tres kilómetros y no más de un centenar de metros sobre el suelo;   era mi primera vez, era la primera vez que observaba un OVNI.   La nave, pues no podría ser otra cosa, (mis  profundo conocimientos astronómicos, meteorológicos y astronáuticos descartaban que fuese algo más)  a los pocos minutos se perdió entre unas montañas lejanas, sobre las cuales se avecinaba una tormenta.

domingo, 17 de agosto de 2014

Guia de supervivencia zombi...por si las moscas..


Nada mejor para esos días en los cuales el tedio tiende a inundarlo todo,  días en los que la existencia se refleja en el espejo de la monotonía, que volverse un poco neurótico…bueno algo más de lo usual.  En este apoteósico  estado de desequilibrio mental la vida  se llena nuevamente de colores y el existir cobra variables significados, pero lo más importante, nuestra meta en este mundo  se vislumbra a nuestro alrededor.

Aprovechando la coyuntura podremos deleitarnos con saber que estamos subyugados al mandato oscuro de los illuminati, o que somos seres semejantes a hormigas en un insectario de reptilianos, niños menores de nuestros hermanos cósmicos de la hermandad blanca, trogloditas ante la confederación galáctica, o pecadores en breve espera del día del juicio final.


Pero sin ir más lejos tan solo tendremos que encender la cajita mágica, sintonizar las noticias y ver que estamos al borde del colapso. Fallaron  algunas  predicciones que científicos y visionarios daban en las décadas de los ochentas y noventas, de un futuro (el hoy) cuasi perfecto, con las enfermedades si no erradicadas si controladas, la pobreza en su mínima dimensión, el hambre solo un fantasma del pasado, carros voladores que nos llevarían a las colonias lunares, casas biosostenibles diseminadas en bosques floridos, niños jugando a la rueda en verdes prados modificados genéticamente, robots semejantes a  C-3PO con juguito de mandarina en su mano tras su dueño de estampa europea en un campo de golf (igual al mundo post apocalíptico que pintan en los panfletos los testigos de jehová). 

jueves, 7 de agosto de 2014

Marcianitos a la orden


Pensar que un punto  de tonos rojizos o anaranjados, encaramado en lo alto del firmamento, camuflado entre miles de puntos luminosos algo menores que él, otros  algo mayores que él, disipando sus tenues destellos entre las nubes andariegas.  Quien diría que este pequeño planeta  el segundo más pequeño (o tercero)  en su andar errático pudiese despertar tantas historias.

Marte desde tiempos remotos trajo tras de sí las miradas de hombres curiosos, observadores incansables, soñadores y creadores de leyendas.  Transmutándose lentamente del  lucero rebelde, sanguíneo y discreto en el dios de la guerra y la violencia, cobijándose con el aura de virilidad, fuerza,  impulsividad y deseo tal cual como lo invocan las cartas del tarot.

Pero ese marte con casco y yelmo, en actitud belicosa sobre su carruaje de guerra, emanando etéreos influjos ígneos a los que nacieron bajo su tutela,   prefiero dejarlo a los “maestros” que ven el futuro distante, que ligan amores perdidos y limpian el camino de negativas energías, todo por 15 mil pesos.

Yo prefiero el marte que sale a  altas horas de la noche, cuando las corrientes de brisa levantan el cabello, los grillos entonan melodías disonantes, los gatos observan desde tejados vecinos y las lechuzas  ululan en arboles durmientes.  Es el marte que desvela sus secretos tras los lentes de un telescopio, que durante días aparecía en mis sueños en desordenada danza cósmica, junto a júpiter o Saturno, o en coloridas escenas como laminita de álbum de chocolatina.  Cuando por primera vez pude enfocarlo con mi minúsculo catalejo,  tamaña desilusión me lleve;  quería ver que tan lejos llegaban sus casquetes polares, ver las tormentas de arena a escala planetaria y porque no, sus canales, pero no, 60 mm de diámetro solo daban para diferenciar su forma esférica y naranjada, nada más, necesitaba un aparato de mayor abertura.  Y desde ese día he pospuesto una y otra vez este nuevo encuentro…