latecleadera

martes, 29 de julio de 2014

Recordando a mis amigos los curas


Para las personas que me conocen, leer este título puede sonar un poco extraño. Apóstata del cristianismo (al que considero uno de los grandes males de la humanidad)  blasfemo la mayoría de las veces, hereje en un pasado y ateo naturalista hoy (¿o naturalista ateo?).  Pero mi intención  –al menos hoy- no es entrar en controversia sobre la iglesia católica, apostólica y romana,  simplemente quiero rescatar de mi memoria un viejo personaje.


Crecí al lado de mis abuelos y tíos abuelos, conservadores a ultranza y católicos hasta el tuétano. En mis años de colegio la misa era el escenario previo para los continuos y fallidos intentos de conquista,  allí entre las bancas de madera, los cánticos, alabanzas  y las figuras de yeso de  santos, se desarrollaba una subrepticia pasarela, donde las chicas exhibían sus mejores galas y entre cuchicheos enmascarados en oraciones lanzaban miraditas cómplices a su futuro príncipe azul, luego, al terminar la ceremonia, en el tumulto que se formaba en el atrio  y posteriormente en el parque central, al amparo de la sombra de los almendros y el samán majestuoso, se concretaban las inocentes promesas de amor.  Yo nunca concrete nada, la combinación de fealdad y timidez nunca daba buenos resultados, todo se quedaba en ganas.  De modo que quise ver los toros desde la barra y en este caso desde el altar y me matricule como monaguillo. Allí  aprendí todo el protocolo litúrgico; toqué la campanilla, quemé incienso, quede en infinidad de fotos de matrimonios y bautizos, nunca me tome el vino de consagrar (pues era pecado) pero si me  saque unas cuantas monedas de la limosna (aunque  era pecado se anulaba con algún artículo del código laboral vigente que defendía los derechos salariales de los monaguillos) -gajes del oficio-.  Y en todo este mundo pude conocer a muchos sacerdotes.   Los había paranoides que veían brujos y maleficios por todos lados, que capturaban la energía del sol y al mejor estilo de pastor evangélico de tv  curaban transitoriamente enfermos en misas shows.  Existían los tacaños y regañones  que antes de dar la última y tan anhelada bendición de salida abrían un paréntesis para reprender las conductas reprochables que se le habían escapado del sermón principal, y claro para recalcar la necesaria limosna. Los había gigolos y simpáticos, con amplia fanaticada femenina que entre viejitas y quinceañeras  llenaban la mitad del templo. Estaban los de voz fuerte y discurso incendiario que recordaban las diatribas de Gaitán, los había que hablaban y no se les entendía nada o a los que se les entendía pero no decían nada. Los de pensamiento mágico,  los de arengas progresistas y también estaban los seminaristas que antes de jurar castidad hacían de las suyas con las muchachas que gustaban de su santa compañía. (Gracias a la intercesión de María santísima y las ánimas benditas,  esos curas de retorcidas inclinaciones sexuales no llegaron a la parroquia, ese lote defectuoso se distribuyó en otras partes)

domingo, 27 de julio de 2014

Entendiendo el planeta de los simios



Hace poco vi la última película del planeta de los simios.  “el planeta de los simios: confrontación” y no me sentí defraudado en absoluto, aunque esta opinión es poco objetiva, tengo un gran sesgo de  afinidad hacia dicha serie, de modo que cualquier hueso que venga impreso con el adjetivo  “simios” a mi corto parecer será súper. 

El planeta de los simios en cualquiera de sus variantes es una reflexión sobre el papel de los humanos en este planeta, la fragilidad de su supervivencia como especie, la desmitificación de su concepto de pináculo de la creación, y un recordatorio de que no somos más que simples simios tecnológicos. 

¿Y de dónde vino la idea de chimpancés parlanchines y buscapleitos?

Todo nació de la mente del escritor francés  Pierre Boulle  en 1963, allí narra la historia de una pareja de astronautas que encuentra una botella en el espacio,  esta guarda un manuscrito en el cual se narra la historia de otros astronautas que en el año 2500 parten del planeta tierra hacia un planeta de la estrella Betelgeuse y en el encuentran que este está habitado por una raza de simios inteligentes y civilizados y en donde los humanos no son más que simples animalitos salvajes.  Las peripecias de los protagonistas se las dejo a los futuros lectores del libro, por cierto corto y de fácil lectura.

Debido al éxito del libro se creó toda una saga de películas, series de tv y comics, siendo las de mayor influencia las películas, hasta el momento 8.    Las primeras 5 salieron a luz entre los años 1968 y 1973, la sexta en 2001, la séptima en 2012 y la ultima en 2014.  Pero me interesan las 5 primeras, ¿Por qué? Simple, porque de ellas se desprende toda la simio manía que aún persiste en estos días.

Cuando un no existía Caracol, RCN ni el canal del congreso, de  vez en cuando salían por la tv películas  buenas, y  por allá en estos años ochentas  pude ver, no estoy seguro si siguiendo una secuencia, algunas de estas cinco  películas. 

Así que me tomare la molestia de explicarles como es la cosa con dichos miquitos.

jueves, 24 de julio de 2014

Cincuenta sombras de Grey Vs Batman


Como son las cosas, quería escribir algo sobre Batman, por sus 75 años, pero con el tejemaneje de “cincuenta sombras de Grey” me dio por comentar alguito sobre esto.  La primera vez que vi ese libro estaba en manos de una compañera de trabajo que usualmente tiene dos o tres tuercas sueltas.  Inmersa en su lectura, soltando risitas impúdicas de vez en cuando, con las pupilas dilatas y dios sabe que otro signo fisiológico de interés.   Por encima uno podría considerar que se trataba de un libro de terror o suspenso:  caratula oscura con imágenes a claroscuros, cincuenta sombras rondando por ahí;  como podrían ser los trece fantasmas de la película, los siete pecados capitales, las mil y una noches, los siete enanitos de blanca nieves y porque no, los doce apóstoles.  Y todas esas sombras rondando a una tal Grey, que podría ser un ciborg, un vampiro, un detective de la época victoriana  o un héroe renacentista.   No podía estar más equivocado.  Tome el susodicho ejemplar y empecé a repasar las primeras páginas, luego las segundas, las terceras, las del medio, las tres cuartas y las ultimas y no encontré nada que a modo de atropina dilatara mis pupilas.  La historia se asemeja  algo a la historia de Marimar y Sergio, solo que el sonido de las olas y el cantico de los pajaritos al amanecer, que remplazaban las escenas de alcoba fue cambiado por prolijas descripciones eroticosadogimnasticas.  La trama de siempre, el tipo rico y apuesto le cae a la jovencita ingenua y virgen (¿vírgenes post universitarias? Eso me suena a ciencia ficción) para terminar - como diría un amigo-  y omitiendo palabras y frases de alto calibre y contenido sexual, en aras de evitarle disgustos a las hipotéticas pero poco probables señoras que lean  esto… para terminar dándole como rata en balde. Curiosamente en algunos apartes  me sentí chismoseando el chat de Facebook de cualquier parroquiano promedio con su amiga morronga.  Y ya. 
Yo pensaba que debido al escándalo y propaganda que se le había armado a dicha trilogía, pues al que no le gusta el caldo se le dan tres platos, encontraría la obra que se  equipararía al Ulises de Joyce, a los versos satánicos de Rushdie, o al guardián entre el centeno de Salinger,  pero no, solo vi la continuación de la saga de crepúsculo, solo que en el ámbito empresarial y por qué no, la evolución de Cuauhtémoc.   Gracias a cincuenta sombras de Grey, me di cuenta que yo era  un miserable depravado, que el reguetón solo había embrutecido a las nuevas generaciones y que la poca censura en series y películas de la tv solo había adormecido sus sentidos.  Si había personas que se escandalizaban y ruborizaban con este libro, eso solo era síntoma de una nueva enfermedad y no solo en nuestra querida patria sino en todo el mundo.  La mojigatería,  hordas de mujeres (y hombres también)  a la espera de encontrar su macho alfa que les diera sopa y seco.  Es más,  si salgo a la calle y quito las variables, “apuesto” y “dueño de muchas empresas” veo a montones de greys caminando plácidamente por los andenes, ostentando esa parte de la anatomía que representa toda su capacidad de dominio,  virilidad y pasión, y no me refiero al pene, me refiero a la barriga.  Y de paso veo a multitud de anastasias, al lado de su grey  y con cara de poco bestseller.

Si eso es lo que ahora se llama literatura erótica, prefiero quedarme con la del pasado, la que venía en la  revista SUECA, la de versión bolsillo para estudiantes de bachillerato, debidamente embolsada como cd pirata para evitar ojos curiosos y sin dinero, eso sí era erotismo…muy perturbador y engañoso por cierto. O las coloridas y bien ilustradas historias de la revista MACHO, cuando el afro era la moda. O en caso extremo la sección “juan sin miedo” del ESPACIO y los consejos de la revista VEA.
Para terminar en estos días salió el tráiler de la película,  sé que no la voy a ver, es poco probable que se asemeje a garganta profunda o Tarzan el hombre porno, tan solo esperare que alguien  la vea,  me la cuente rápidamente y que Batman me perdone…





domingo, 20 de julio de 2014

Mis libros perdidos. Cartilla de lectura CAMINA




En los primeros años de la década de los ochentas y bajo el mandato de Belisario Betancourt se creó  la “campaña de instrucción nacional” con el fin de disminuir, si no erradicar, el peligroso analfabetismo que imperaba en nuestra nación.   Este programa de gobierno fue la continuación del archiconocido “radio Sutatenza” que saco de la ignorancia a unos cuantos abuelos.  ¿Logró o no sus expectativas?  Lo desconozco, solo sé que por cosas de la vida, las cartillas de dicha campaña   llegaron a mis manos cuando aún estaba en la escuela,  y junto a "globito mágico" y "nacho lee" se convirtieron en mis libros escolares guía.  Como toda cartilla escolar, venían con coloridos dibujos, letras grandes y problemas básicos que se repetían una y otra vez. Y de todas ellas las que más llamaban mi  atención eran las de CAMINA.  

Y que niño no inventa una historia con las imágenes e historias que allí se encontraban.


Había una mujer dibujada en una de las primeras hojas de la cartilla, amarilla por los años y roída por los ratones en uno de sus extremos.  Por alguna razón siempre prefería está  a aquella que enseñaba los números y las operaciones entre estos. En ella  los dibujos esparcidos a lo largo de sus hojas siempre mostraban  la familia de Luis  y Ana, dos campesinos que vivían en alguna lejana finca en medio de las montañas.
tenían una casa pequeña y ordenada, con árboles a su alrededor y animales de corral por todos lados. Todos los días salían a trabajar a su parcela en compañía de sus hijos, mientras el sol se levantaba y con sus rayos disueltos en los nubarrones levantaba la niebla que aun dormía sobre las hojas de las plantas al borde del camino.  Vivían humildemente pero eran felices, se les notaba en su rostro  tranquilo y las poses sueltas que adquirían sus cuerpos al atardecer, cuando llegaban de su faena.  
 Gustaban de la buena y sana comida y odiaban la ciudad,  tal vez porque  no la comprendían y no estaban acostumbrados a los sonidos del metal, porque a pesar de todo, la ciudad que visitaban era una ciudad organizada.
Ellos preferían el pueblo, pequeño, con una plaza repleta de gente jovial, perros vagabundos, niños correteando por las pocas calles y casi siempre alguna fiesta con música y chicha en el parque central.
Allí era donde llegaban con el caballo y la mula a vender su cosecha, en un floripinto mercado, luego,  antes que la noche cayera volvían a su  casa, aunque llegaran tarde y en ocasiones la lluvia los golpeara, no había nada mejor como dormir en la cama de siempre.


Esa era la historia que me mostraba aquella extraña mujer en la primera hoja de la cartilla, tenía la mirada  fija en aquel que la leía, aquella mirada que traspasaba unas gafas un poco burdas y sin lentes que yo le había dibujado, tenía el cabello suelto aunque corto, pero a pesar de eso se le formaba una extraña melena que parecía confundirse con las ramas de los árboles que la rodeaban.  Su vestido era largo, de dos piezas, rasgado en los bordes de la falda,  con un corte simple que dejaba entrever  un cuerpo flaco y escueto.   Tenía sus brazos abiertos  semejantes a las imágenes de los santos en pleno éxtasis  y una de sus manos sostenía lo que parecía ser una regla o simplemente una vara de esas que se encuentran en el suelo.  Un riachuelo corría a sus espaldas y alimentaba un bosque espeso, repleto de desconocidas criaturas, dudo fuesen peligrosas.  No podría saberse con precisión quien o en el peor de los casos que era ella. Obviamente no era de la familia de Luis, pues si lo fuera, sería la tía loca  y este no permitiría que uno de sus familiares viviera en esta precaria condición, perdida en el bosque. Tampoco era del poblado cercano a la finca, muy mística para ellos y era poco probable fuese de la ciudad, muy agreste para ser de allí. 
Ella, esa mujer, era ajena a la historia, aunque formaba parte de ella, era su preámbulo, su profeta díscola, la maestra de ceremonias de la función mayor, de la función de la vida normal y feliz.  Era como un ángel, sin serlo, pues por aquella mirada un trazo  de divinidad  se escapaba de su ser.  Era eso, un espíritu del bosque, de esos que la gente confunde con brujas o demonios, un espíritu de hierba.

domingo, 13 de julio de 2014

Yo zombie



Tendría yo unos 8 años; en el pueblo no había cine ni nada que se le asemejase, algunos parroquianos con ínfulas de empresarios traían películas de la capital en formato beta y en un salón pequeño que servía de oficina de despacho de buses y chivas las exhibían  en un televisor a color de 32 pulgadas. El precio de la entrada nunca lo supe, nunca me dejaban entrar, pero por una rendija de una ventana, junto con algunos amigos, nos alternábamos para ver  películas como Rambo o Cobra.  En una de aquellas oportunidades, ya caída la noche,  pegado al vidrio tratando de distinguir algo en aquella minúscula pantalla, el dueño del local se acercó, me miro con recelo y me dijo –entre chino, pero se queda callado-  en silencio y algo asustado (si mis abuelos se enteraban que estaba  viendo esas cosas que solo mostraban indecencias, el castigo estaba asegurado) me senté en el suelo, junto a unas veinte personas  y disfrute de la función.  El nombre de la cinta “dejad que los muertos descansen en paz” o al menos eso fue lo que entendí  al que estaba a mi lado. Ese fue mi primer contacto con el mundo de los zombis, en ella, un hombre llamado  Martin, luego de morir por   la radiación de una maquinaria industrial se transformaba en un tenebroso y desgarbado ser, sediento de carne humana que acechaba a los habitantes de la región. A medida que trascurría la película por cada mordida que daba y cada brazo o pierna que digería, su víctima se convertía en un muerto viviente mas, extendiéndose la plaga en una orgía de sangre y canibalismo, para finalmente, luego de una lucha a muerte con los sobrevivientes, quedar solo y morir definitivamente a manos de su esposa en lo profundo de una cripta.


¿Qué diablos le pasaba por la mente al tipo que me dejo entrar? no lo sé, tal vez quería darme una lección para que nunca más estuviese pegado  a su ventana, pero el plan no le funciono.  Aunque he de señalar que por varias noches no dormí tranquilo, contando las cuadras que habían desde mi casa hasta el cementerio, triplicando las oraciones que mi tía abuela me había enseñado para antes de acostarme y encomendando a cuanto santo o ángel conocía para que por sus infinitas virtudes y bondades evitaran que los muertos  salieran de sus tumbas y si salían pasaran de largo por mi calle, las de mis familiares y amigos. Por algunos meses tuve pesadillas en las que hordas de muertos atacaban mi casa y en las que conocidos y familiares se convertían es estos monstruos.  Algún erudito psicólogo podría decir que quede traumado, pero no, luego de esa película no perdía la ocasión para ver otra del mismo tipo; se me revolvían las entrañas cuando salían escenas de explicito gore y nuevamente pasaba por las noches de poco sueño, oraciones prolongadas y una mayor confianza en mis aliados celestiales. Al mejor estilo del adulto que promete nunca más volver a tomar en pleno apogeo del guayabo para días después terminar emparrandado,  yo pasaba tragos amargos pero valientemente aceptaba nuevos retos. ¿La razón de esto? no la sé, alguna neurona neurótica o esquizofrénica en alguna circunvolución inconclusa, de las mismas que producen emos, punks, cristianos fanáticos y seguidores de Herbalife.


¿Dónde nacen los zombis?

La primera referencia que podríamos dar de un zombi como tal podría venir de la antigua Mesopotamia, cuando la diosa de los muertos Ereshkigal, luego de sufrir una pena de amor a causa de Nergal hace que este regrese a su lado después de proferir estas tiernas palabras de reconciliación:

“haré que los muertos asciendan y devoren a los vivos, haré que allí arriba haya más muertos que vivos”

Así quien no se enamora.

Luego vendrían  los ritos y cultos funerarios encargados de enviar el alma de los muertos al más allá y evitar que ronden por el mundo de los vivos, pero ese cuento era con el alma, al cuerpo lo dejaban quieto en su natural descomposición.

Adelantándonos en el tiempo la concepción del zombi fue tomando forma gracias a la tradición vudú y la cultura haitiana, allí la mezcla de temores y prejuicios del hombre blanco, junto con los ritos  funerarios, de sangre y la esclavitud dieron nacimiento a lo que sería el “muerto viviente” solo que este  era un sirviente más, una deformación del  esclavo de las plantaciones de caña, una macabra analogía de la denigración de la condición humana.

Luego en los años 30 llego el cine y con ellas las primeras cintas del genero Z, iniciando con “la legión de los hombres sin alma (1932)” “los muertos andantes (1936)” “yo anduve con un zombi (1949)” y “plan nueve del espacio exterior (1959)” esta última catalogada como una de las peores películas en la historia del cine, y en efecto lo es, pero igual es estupenda.

Después en 1968 llego el padre de la cultura zombi al que todo buen fanático del cine tipo B y su subgénero Z debe nombrar con respeto:  George A. Romero. Con “la noche de los muertos vivientes” dio vida al muerto viviente caníbal y bestial, comandado solo por sus instintos básicos de hambre y furia y por supuesto al escenario que se desprendía del actuar de estos seres, el temido apocalipsis zombi. Después de todas sus  películas la cultura zombi adquirió forma y se convirtió en la empresa de entretenimiento que es hoy.  De allí partió la figura típica del cadáver de andar lento, arrastrando su extinta humanidad hecha pedazos en busca de carne y posteriormente cerebros que calmen su dolor. Luego llegarían las hordas brutales y cazadoras, el zombi que persigue sus víctimas dejando escapar macabros gruñidos y gemidos (el amanecer de los muertos y the walking dead tanto el comic como la serie de tv) por ultimo ya se abandonan las pequeñas poblaciones o ciudades y se centra todo en el apocalipsis zombi, el fin del mundo tal como lo conocemos a manos de seres tan depredadores como nosotros.


¿Por qué llama tanto la atención este género de “terror”? será porque el zombi,  al igual que en los tiempos de esclavitud en Haití, es una analogía del hombre moderno, esclavo de un mundo fabricado para generar dinero a costa de la “vida” y libertad del individuo.  Será porque nos sentimos humanos sutilmente deshumanizados, hormigas más dentro del hormiguero, sirvientes sin voluntad de la tecnología y el mercado ¡Muertos vivientes! Y tal vez por eso mismo, es que la imagen del apocalipsis zombi tan pulcramente detallada en la industria del entretenimiento solo refleja nuestra esperanza de un mundo nuevo, la caída del status quo a manos de sus mismos creadores  convertidos en depredadores máximos.

Que irónico que en la representación de la muerte esté reflejada la esperanza… bueno, son solo ideas mías.


lunes, 7 de julio de 2014

Espadas magicas y no tan magicas


Por alguna razón estos artilugios siempre han ejercido un extraño poder sobre todo hombre y niño, ¿quién no ha deseado tener en sus manos una fulgurante y letal espada? y con ella entablar senda batalla, bien sea con un único y experimentado maestro de la lucha, donde luego de minutos interminables de sablazos, saltos por el aire, chispas al chocar el metal y muestras de una habilidad sobrenatural, el oponente termine con la hoja atravesando su pecho hasta la empuñadura y exhalando alguna frase reveladora y trascendental antes de su muerte.  O en el otro caso, estar con ella en pleno campo de batalla, ante un muro de enemigos bestiales y sedientos de sangre y romper sus filas mientras brazos, piernas y cabezas saltan por los aires victimas de nuestra fuerza y agilidad descomunal y el filo mortal de nuestra compañera.

Las espadas siempre traen a flote ese guerrero nórdico brutal enclavado en lo más profundo de nuestra esencia chibcha. Su hoja que con un zumbido corta el aire,  por algún desconocido proceso óculo testicular libera torrentes de testosterona  asesina en nuestro torrente sanguíneo y activa la circunvolución infantilus que queda en alguna parte perdida del cerebro.

Las espadas tienen el poder de volvernos nuevamente niños. (Con las mujeres no sé si funcionara, personalmente no conozco a señoritas que quieran cortar cabezas o agarrarse a planazos en una batalla decisiva, aunque existen excepciones como Xena o Sonia la guerrera)

Por desgracia (o fortuna) nacimos en un mundo en donde la espada solo sirve de decoración (los casos que se ven por internet,  del uso de las espadas en el medio oriente digamos que no aplican a la regla) y lo que personalmente vi que más se asemeje a una de aquellas batallas es la pelea de dos borrachos en el pueblo con peinilla en mano dando planazos sin ninguna elegancia y con un poncho enredado en el antebrazo como escudo, pero a pesar de todo no dejan de  ser sobrecogedoras esas escenas.

De vez en cuando me da por consultar en internet sobre venta de espadas; hay unas de lo más regias, otras muy floripintas y otras aterradoramente fascinantes como las katanas japonesas de la china. Por desgracia y aplicando la canción de Jhonny Rivera, no soy un hombre soltero, y si un día llego a aparecer con una de esas en la casa, con esa misma me dan en la cabeza por gastarme la plata en cosas innecesarias y sin utilidad (aunque si pueden ser útiles; si un ladrón entra a la casa puede terminar ensartado en esta, y en los diarios aparecería el titular, “muere ladrón atravesado por una espada” –épico-.  Aunque otro diario local pondría de titular “ladrón fue por lana y le dieron chumbimba con un machete”) de modo que a no ser que me encuentre algún tesoro antiguo debajo de la casa del pueblo y saque de allí alguna espada española de la época de la conquista, o me gane la rifa de una espada medieval pro fondos para el paseo de algún grupo del colegio, tendré que posponer mis inclinaciones vikingas para dentro de unos años, cuando ya no haya niños en la casa que se puedan cortar con su filo.

Así que dejando tanto parloteo a un lado, demos un breve repaso sobre las espadas más famosas del  mundo.

-Excalibur:  la legendaria espada del rey Arturo forjada en Avalon y obsequiada por la dama del lago, Arturo adquirió el derecho a llevarla luego de sacarla de la  piedra en la cual Merlín la había incrustado.

-La espada del augurio: perteneciente al rey de Thundera o a su sucesor en este caso Leon-O.  Tenía en su empuñadura el ojo de Thundera, y con ella se podía ver más allá de lo evidente, disparaba rayos, se encogía de tamaño,  volaba a las manos de su señor y cuando León-O estaba en problemas votaba un rayo de luz a modo de señal de auxilio a los otros thundercats.

-espada de He man: era una espada mágica que servía de puente canalizador entre el poder de greyskull y Adam,  para transformarlo en He man y quitarle lo maricon a Kringer (¿contenía aquella espada la cura contra el homosexualismo que tanto cristiano radical busca?) como toda espada mágica despedía rayos, protegía con campos de fuerza y era indestructible.

-la espada Atlántida: fue la espada con la que Conan el barbaro mutilo a unos cuantos prójimos, de diseño sobrio servía como stiker para pegar en los cuadernos de colegio y protegía contra revisiones de tareas imprevistas, para poseerla se necesitaban dos años de gimnasio, anabolizantes y mucha proteína.

-la espada de Gryffindor: con ella Harry potter mato el basilisco y luego con ella pudo destruir uno de los horrocrux, salía de un sombrero parlanchín y como que no hacía nada más.

-Narsil Anduril: como Narsil fue la espada que utilizo Elendil para cortar el dedo de Sauron y arrebatarle el anillo mágico (la empuñadura para ser preciso) luego fue forjada nuevamente por los elfos, bautizada como Anduril y entregada a Aragorn para que fuese utilizada en la guerra del anillo.

-la espada de Duncan MacLeod: no tenía nada de particular pero por su filo cayeron un montón de cabezas de inmortales.

-Los sables de luz: son el arma de los jedi, solo ellos tienen el poder para usarlos, cuando se mueven producen un sonido como de motor de licuadora fallando y se pueden guardar en el bolsillo, ya que tienen un botón de apagado.

-Frostmourne: usada por el príncipe Arthas  en el mundo de warcraf, con cada episodio aumentaba de poder, con ella mato a su padre y lo acompaño siendo el rey Lich.

- la katana de Michonne: es el vivo ejemplo de lo útil que puede ser una espada ante un eventual apocalipsis zombi, con su hoja mato centenares de muertos vivos  ¿?

-la espada de William Wallace: expuesta en un museo de Irlanda, con ella Mel Gibson. ..Perdón wallace mato unos cuantos ingleses de mierda. Imposible de usar por latinos (mide 168 cm)

-la espada de Bolívar: se la robo el M19 el 17 de enero de 1974 y fue devuelta al gobierno colombiano el 31 de enero de 1991,  reposa en la quinta de bolívar, aunque algunas malas lenguas dicen que yace junto a Hugo Chávez  en su féretro en la luna.

- el chipote chillón: no es una espada pero el chapulín colorado la usa como tal y con eso basta. 




miércoles, 2 de julio de 2014

Mis libros perdidos. La familia mumin en invierno



Me gustan los libros infantiles.  Nunca me contaron un cuento al dormir y tampoco me gustaría que lo hubiesen hecho, ¿qué atención prestaría a la historia  con los ojos a media asta y la mente divagando en los territorios de Morfeo?  Tuve la suerte de disfrutar todas esas narraciones al amparo de la soledad y la penumbra de la biblioteca del pueblo.   Recuerdo que  habían dos: la del colegio, llena de libros de texto, enciclopedias, mapas, pupitres viejos, balones pinchados y cuanto desecho reutilizable se diera en cada año,  algo semejante a un cuarto de san alejo gigante, siempre ocupada por tres o cuatro estudiantes transcribiendo la tarea del libro al cuaderno con kilométrico azul con tapa mordisqueada y al lado el  lapicero rojo para los títulos en mayúscula. En la entrada la bibliotecaria menuda y amable, con sus gafas colgando del puente de la nariz, sentada en su escritorio, siempre ocupada, siempre llenando formatos de quien sabe que, y a su lado aquel molesto e insoportable invento producto de alguna mente psicorrigida y sádica, el mueble metálico donde se guardaban las fichas bibliográficas, apiladas y  apretujadas, llenas de códigos insoportables, donde encriptados estaban los títulos de los libros que uno podría necesitar.

La segunda era la biblioteca municipal, la mayoría del tiempo solitaria, con mesas como las que se utilizaban en el kínder, sillas para enanos y cinco estantes repletos de libros. ¿Quién los donó  o  compró? es un misterio, solo sé que quien quiera que haya sido  le quedo eternamente agradecido, allí tuve mi primer encuentro con Herge, Tolkien, Asimov, Michael Ende, Bradbury, Edgar rice y muchos que se me escapan.  Y para volver al tema de los cuentos infantiles, allí entre los tomos de los cuentos de editorial  EKARE (la única que recuerdo) y otros más, encontré un pequeño libro azul, no era el libro infantil estándar; grande, con historias sencillas,  prolijamente ilustrados y de pocas páginas,  este tenía más letras que dibujos y una escasa pero considerable cantidad de hojas que llevaban a  dejarlo siempre en lista de espera para años posteriores.  Finalmente lo leí, si la memoria no me falla cursaba décimo, luego lo volví a leer en vacaciones, luego en once  y  nuevamente en vacaciones, para esas fechas ya era un libro corto que se podía sacar perfectamente en dos días, después por cosas del destino, el librito terminó en mi casa, finalmente en el mismo espacio que ocuparon las fotocopias de farmacología y los libros de cirugía en mis épocas universitarias. Su nombre: LA FAMILIA MUMIN EN INVIERNO
Una novela infantil  producto de la mente prodigiosa de la finlandesa Tove Jansson.  Allí se narra la historia de los mumin, pequeños trols semejantes a hipopótamos, y en este caso particular, del pequeño Mumin que despierta de repente en invierno cuando todos deberían estar hibernando y descubre que mientras ellos duermen su casa es habitaba por decenas de seres misteriosos y divertidos, habitantes del invierno y la noche, que como entes de una dimensión alterna, son residentes corrientes de su hogar por aquellas épocas del año.  De este modo el pequeño Mumin cambia su rol de niño a adulto y se convierte en el “señor de la casa” tratando  conservar el orden ante las peripecias de los extraños inquilinos y de paso, tratando que estos se sientan lo mejor posible en aquel lugar.  Es un libro mágico, absorbente, en ocasiones misterioso y según la susceptibilidad del lector terrorífico.  Con  personajes de miradas penetrantes y flautas de melodías preámbulo de primavera (Manrico)
 filósofos y nostálgicos con camisas a rayas (tutiki)
o solitarios y oscuros como la Bu que busca el calor del fuego para apaciguar su frío interior.


La familia mumin en inverno según dicen fue la historia en la que Tove dio un giro narrativo, saliendo de las ideas sencillas e infantiles de  obras anteriores (la familia mumin, la llegada del cometa, las memorias de papa mumin, una noche de san juan bastante loca) dando a cada personaje una mayor profundidad.

Cuando estaba a punto de terminar mi carrera, lo regale a un antiguo amor del pasado (valga la redundancia) quien conociendo mis manías bibliófilas sugirió “algo” para el tedio; craso error, los mumin no son para el tedio, tal vez debería haberle regalado algo de Coelho o Cuauhtémoc, cuando años después, quise remediar mi error, pregunté por él, me respondió que nunca lo había leído, que eso era para niños y que no tenía ni idea  donde podría estar.  

Los mumin son para leer en días de invierno, mientras las gotas repiquetean en el techo, los arboles mecen sus ramas llenas de humedad o simplemente en una noche de frío, en la cama, bajo las cobijas calienticas, sin bullicio ni televisor, como mucho, acompañado del sonido de un grillo noctambulo y la mirada furtiva de un niño curioso.